São Paulo, 25 de julio de 1880
Mi querido Lúcio,
Recibí tu tarjeta fechada el 28 del mes pasado.
No puedo negarte lo que me pides, porque antes prefiero que me tachen de ridículo por referir verdades pueriles que me conciernen, a que me consideren vanidoso y fatuo por ocultarlas, avergonzado. Aquí tienes las notas que me pides, y que siempre me he sabido de memoria.
Nací en la ciudad de San Salvador, capital de la provincia de Bahia, en una casona de la calle de Bângala, que formaba un ángulo interno, en escuadra, a la derecha de quien sale del atrio de la Palma, con la parroquia de Sant'Ana, el 21 de junio de 1830, hacia las 7 de la mañana, y me bautizaron 8 años después en la iglesia matriz del Sacramento de la ciudad de Itaparica.
Soy hijo natural de una negra africana libre, de la Costa de la Mina (de la nación nagô), llamada Luiza Mahin, pagana, que siempre rechazó el bautismo y la doctrina católica.
Mi madre era baja de estatura, delgada, hermosa; su color era de un negro retinto y sin brillo. Tenía los dientes blanquísimos como la nieve, era muy altiva, geniuda, impaciente y vengativa.
Se dedicaba al comercio: era vendedora, muy laboriosa y, más de una vez, en Bahia, se la llevaron presa bajo sospecha de involucrarse en planes de insurrecciones de esclavos que no tuvieron efecto.
Era muy activa. En 1837, después de la Sabinada, en Bahía, vino a Rio de Janeiro y nunca volvió. La busqué en 1847, 1856 y 1861 en Rio, sin éxito. Em 1862 supe, por unos negros de minas que la conocían y que me dieron datos fidedignos, que en compañía de unos mulatos agitadores había sido presa en una casa de juego en 1838 y que, luego, tanto ella como sus compañeros habían desaparecido. Era opinión de mis informantes que esos “amotinados” habían sido expulsados por el gobierno que, en ese tiempo, trataba con rigor a los africanos libres, considerados provocadores.
No pude llegar a saber nada más de ella. Ese año de 1861, cuando volvía a São Paulo por una comisión del gobierno, en la villa de Caçapava, le dediqué los versos que te envío con esta carta.
No me atrevo a afirmar que mi padre fuera blanco, porque tales afirmaciones en este país constituyen un grave atentado a la verdad en lo que concierne a la melindrosa presunción de los colores humanos. Era hidalgo y pertenecía a una de las principales familias de Bahía, de origen portugués. Debo ahorrarle a su infeliz memoria una injuria dolorosa y lo hago ocultando su nombre.
Era rico y, en ese tiempo, muy cuidadoso conmigo: me crió en sus brazos. Fue revolucionario en 1837. Amaba las diversiones de la pesca y de la caza, apreciaba mucho los buenos caballos, usaba bien las armas y mucho mejor la baraja, amaba las fiestas y las diversiones: despilfarró la abundante herencia que le había dejado una tía en 1836 y, reducido a la pobreza extrema, el 10 de noviembre de 1840, en compañía de Luiz Cândido Quintela, su amigo inseparable y hospedero, que vivía de las rentas de una casa de juego en la ciudad de Bahia, establecida en un caserón donde se jugaban loterías [...], me vendió como esclavo suyo a bordo del mercante “Saraiva”.
Llegando a Rio de Janeiro en ese mismo barco, días después de que partió cargado de esclavos, fui, con muchos otros, a casa de un portugués que fabricaba cirios, de nombre Vieira, dueño de una tienda de velas [...]. Era un comerciante de estatura baja, circunspecto y enérgico, que recibía esclavos de Bahía por comisión. Tenía un hijo travieso que estudiaba en un colegio y creo que tres hijas ya crecidas, muy bondadosas, dulces y compasivas, principalmente la mayor. La señora Vieira era una perfecta matrona: un ejemplo de candor y de piedad. Tenía yo 10 años. Ella y sus hijas se encariñaron conmigo inmediatamente. Eran las cinco de la tarde cuando entré en su casa. Me mandaron lavar; me pusieron una camisa y una falda de la hija menor, me dieron de cenar y me mandaron a dormir con una mulata de nombre Felicia, que era la mucama.
Siempre que recuerdo a esta buena señora y a sus hijas, los ojos se me llenan de lágrimas, porque echo de menos el amor y los cuidados con que me acogieron durante algunos días.
Salí de allí derramando un llanto copioso, y todas ellas, también sentidas, me vieron partir.
¡Oh! Hay episodios dolorosos en mi vida que valen más que las tristes leyendas de la vida amarga de los mártires.
En esta casa, en diciembre de 1840, me vendieron al comerciante y contrabandista teniente Antônio Pereira Cardoso, ese mismo que, hace unos 8 o 10 años, siendo hacendado del municipio de Lorena en esta provincia, al verse arrestado por matar de hambre a algunos esclavos, en la cárcel y ya mayor de 70 años, se suicidó con un tiro de pistola en el cráneo.
Este teniente Antônio Pereira Cardoso me compró en un lote de ciento y tantos esclavos y nos trajo a todos -pues éste era su negocio- a vender a esta provincia.
Como ya dije, tenía sólo 10 años e hice a pie todo el viaje de Santos a Campinas.
Se interesaron por mí muchos compradores en São Paulo, en Jundiaí y en Campinas; y todos me rechazaban, como se rechazan las cosas malas, por el simple hecho de ser “bahiano”.
¡Vaya que me valió, el defecto!
El último que me rechazó fue el venerando y simpático anciano Francisco Egídio de Sousa Aranha. [...] Éste, después de mostrar interés por mí, me dijo, acariciándome:
—Serás un buen paje para mis niños. ¿Dónde naciste?
—En Bahía —contesté.
—¿Bahiano? —respondió sorprendido el excelente viejo— Entonces no te quiero ni de chiste. De por sí está mal que te vendan tan chico.
Rechazado por “poco valioso” junto con otro esclavo de Bahía, de nombre José, zapatero, volví a casa del Sr. Cardoso en esta ciudad, en la calle del Comercio, No. 2, primer piso, cerca de la iglesia de la Misericordia.
Ahí aprendí los oficios del despensero, zapatero, lavandero y remendón.
Ahí aprendí los oficios del despensero, zapatero, lavandero y remendón.
En 1847, cuando tenía 17 años, llegó a vivir a casa del Sr. Cardoso, como huésped, para estudiar humanidades, tras dejar la ciudad de Campinas donde vivía, el niño Antônio Rodrigues do Prado Júnior, que hoy es licenciado en derecho, ex-magistrado de elevados méritos y reside en Mogi-Guassu, donde tiene una hacienda.
Entablamos íntima amistad, como hermanos queridos, y él comenzó a enseñarme las primeras letras.
En 1848, sabiendo leer y sumar un poco, y habiendo obtenido con ardides y en secreto pruebas irrefutables de mi libertad, salí huyendo de la casa del teniente Antônio Pereira Cardoso, que, por cierto, me profesaba la más alta estima, y entré al ejército. Serví hasta 1854, seis años: llegué a cabo de escuadra graduado, y me dieron de baja después de que el consejo me procesara, acusándome de supuesta insubordinación, cuando en realidad me había limitado a amenazar a un oficial insolente que me insultó y que supo contenerse.
Estuve entonces preso 39 días, del 1º de julio al 9 de agosto. Pasaba los días leyendo y por las noches sufría insomnios; y continuamente tenía frente a los ojos la imagen de mi querida madre. Una noche —eran más de las dos— dormitaba y, en sueños, vi que la llevaban presa. Me pareció oír que me llamaba de lejos.
Di un grito, despavorido, y salté de la litera. Los compañeros se sobresaltaron; corrí a las rejas y metí la cabeza entre los barrotes.
El corredor de la cárcel era solitario, silencioso, largo y lóbrego, apenas alumbrado por la luz amarillenta de una linterna ahumada.
Volví a mi tarima, conté lo ocurrido a mis curiosos colegas; ellos me narraron también hechos semejantes. Me hundí en la nostalgia, lloré y me quedé dormido.
Durante mi tiempo en el ejército, en las horas libres, me hice copista; escribía para la oficina del escribano, el mayor Benedito Antônio Coelho Neto, que se hizo mi amigo, y que hoy, por sus méritos, desempeña el cargo de oficial mayor de la Secretaría de Gobierno. Fui también su ordenanza, en calidad de amanuense del gabinete del excelentísimo Sr. Consejero Francisco Maria de Souza Furtado de Mendonça, que aquí ejerció durante muchos años, con aplauso y admiración general del público, altos cargos en la administración, en la policía y en la judicatura, y que es catedrático de la Facultad de Derecho. Por mi carácter, por mi actividad y mi comportamiento, conquisté su estima y protección, y las buenas lecciones de letras y de civismo que conservo con orgullo.
En 1856, después de haber servido como escribano ante diversas autoridades policiacas, me nombraron amanuense de la Secretaría de Policía, donde serví hasta 1868, época en que “por turbulento y sedicioso” los conservadores, que entonces habían subido al poder, me despidieron “por el bien del servicio público”. El acta de despido la emitió el licenciado Antônio Manuel dos Reis, mi amigo particular, entonces secretario de policía, y la firmó el excelentísimo licenciado Vicente Ferreira da Silva Bueno que, por este y otros actos semejantes, fue nombrado desembargador de la relación de la Corte.
La turbulencia consistía en que yo formaba parte del Partido Liberal; y, tanto en la prensa como en las urnas, pugnaba por la victoria de mis ideas y promovía procesos a favor de personas libres criminalmente esclavizadas. Auxiliaba lícitamente, en la medida de mis posibilidades, las fugas de esclavos, porque detesto el cautiverio y a todos los señores, sobre todo a los reyes.
Desde que me hice soldado, comencé a ser hombre; porque hasta los 10 años fui niño; de los 10 a los 18 fui esclavo.
Hice versos; escribí para muchos periódicos; colaboré en otros, tanto literarios como políticos, y redacté algunos.
Ahora llego al período en que, querido Lúcio, nos encontramos en el "Ipiranga", en la calle del Carmo; tú como tipógrafo, poeta, traductor y folletinista principiante; yo como simple aprendiz de compositor, de donde salí al foro y a la tribuna, y de donde saco el pan para mí y para los míos, que son todos los pobres, todos los infelices; y para los míseros esclavos, de entre quienes he arrancado a las garras del crimen a más de 500.
He aquí lo que puedo decirte, a las prisas, sin importancia y sin valor, salvo para ti, que me estimas de verdad.
He aquí lo que puedo decirte, a las prisas, sin importancia y sin valor, salvo para ti, que me estimas de verdad.
Tu Luiz

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