¿Qué significa ser un escritor en un país
situado en la periferia del mundo, en un lugar donde el término capitalismo
salvaje definitivamente no es una metáfora? Para mí, la escritura es
compromiso. No es posible renunciar al hecho de habitar los umbrales del siglo
XXI, de escribir en portugués, de vivir en un territorio llamado Brasil. Se habla
de globalización, pero las fronteras cayeron para las mercancías; no para el
tránsito de la gente. Proclamar nuestra singularidad es una forma de resistir
al intento autoritario de aplanar las diferencias.
El más grande dilema del ser humano en
todos los tiempos ha sido precisamente ese: el de lidiar con la dicotomía
yo-otro. Porque, aunque la afirmación de nuestra subjetividad se verifique a
través del reconocimiento del otro (es la alteridad la que nos confiere el
sentido de existir), el otro es también aquel que puede aniquilarnos... Y si la
Humanidad se edifica en este movimiento pendular entre el aglutinamiento y la
dispersión, la historia de Brasil se ha venido afirmando casi exclusivamente
sobre la negación explícita del otro por medio de la violencia y de la
indiferencia.
Nacimos bajo la égida del genocidio. De los
cuatro millones de indígenas que existían en 1500, quedan hoy unos 900 mil,
parte de ellos viviendo en condiciones miserables en asentamientos al borde de
las carreteras o incluso en favelas en las grandes ciudades. Siempre se
menciona, como signo de la tolerancia nacional, la llamada democracia racial
brasileña, mito corriente según el cual no se diezmó, sino que se asimiló, a
los autóctonos. Este eufemismo, sin embargo, sólo sirve para ocultar un hecho
indiscutible: si nuestra población es mestiza, eso se debe al cruce de hombres
europeos con mujeres indígenas o africanas, o sea: la asimilación se dio a través
de la violación de las nativas y negras por parte de los colonizadores blancos.
Hasta mediados del siglo XIX, cinco
millones de africanos negros fueron aprisionados y llevados a la fuerza a
Brasil. Cuando en 1888 se abolió la esclavitud, no se hizo ningún esfuerzo para
proporcionar condiciones de vida digna a los ex cautivos. Así, hasta el día de
hoy, 125 años después, la gran mayoría de los afrodescendientes sigue confinada
a la base de la pirámide social: rara vez se les ve entre los médicos, dentistas,
abogados, ingenieros, ejecutivos, periodistas, artistas plásticos, cineastas o
escritores.
Invisible, arrinconada por los bajos
salarios y destituida de las prerrogativas primarias de la ciudadanía
(vivienda, transporte, esparcimiento, educación y salud de calidad), la mayor
parte de los brasileños siempre ha sido una pieza desechable en el engranaje
que mueve la economía: el 75% de toda la riqueza se encuentra en las manos del
10% de la población blanca y sólo 46 mil personas poseen la mitad de las tierras
del país. Históricamente habituados a tener sólo deberes, nunca derechos,
sucumbimos bajo una extraña sensación de no pertenencia: en Brasil, lo que es
de todos no es de nadie...
Conviviendo con una terrible sensación de
impunidad, porque la cárcel sólo funciona para los que no tienen dinero para
pagar buenos abogados, surge la intolerancia. El que vive en el desamparo de
una vida al margen, sin que la sociedad le reconozca su condición de ser
humano, reacciona en relación con el otro negándole también esa condición. Como
no vemos al otro, el otro no nos ve. Y así acumulamos nuestros odios: el
semejante se convierte en enemigo.
La tasa de homicidios en Brasil llega a 20
asesinatos por cada 100 mil habitantes, lo que equivale a 37 mil personas muertas
al año, número tres veces mayor al promedio mundial. Y quien más se expone a la
violencia no son los ricos, que se enclaustran tras los altos muros de
condominios cerrados, protegidos por mallas electrificadas, seguridad privada y
vigilancia electrónica, sino los pobres confinados a favelas y barrios de la
periferia, a merced de narcotraficantes y policías corruptos.
Machistas, ocupamos un vergonzoso séptimo
lugar entre los países con mayor número de víctimas de violencia doméstica, con
un saldo, en la última década, de 45 mil mujeres asesinadas. Cobardes, en 2012
acumulamos más de 120 mil denuncias de maltrato contra niños y adolescentes. Y
es sabido que, tanto en relación con las mujeres como con los niños y
adolescentes, esos números siempre son subestimados.
Hipócritas, los casos de intolerancia hacia
la orientación sexual revelan, ejemplarmente, nuestra naturaleza. El sitio
donde se realiza la parada gay más importante del mundo, que llega a reunir más
de tres millones de participantes, la Avenida Paulista, en São Paulo, es el
mismo que concentra el mayor número de ataques homofóbicos en la ciudad.
Y aquí tocamos un punto neurálgico: no es casualidad
que la población carcelaria brasileña (alrededor de 550 mil personas) esté
formada primordialmente por jóvenes de entre 18 y 34 años, pobres, negros y con
bajo nivel educativo.
El sistema educativo ha sido, a lo largo de
la historia, uno de los mecanismos más eficaces para mantener el abismo que
separa a ricos y pobres. Ocupamos los últimos lugares en el ranking que evalúa
el desempeño escolar en el mundo: alrededor del 9% de la población sigue siendo
analfabeta y un 20% se clasifica como analfabeta funcional; o sea, uno de cada
tres brasileños adultos no es capaz de leer e interpretar los textos más sencillos.
La perpetuación de la ignorancia como
instrumento de dominio, marca registrada de la élite que permaneció en el poder
hasta hace muy poco, puede medirse. El mercado editorial brasileño mueve
anualmente unos 2.2 mil millones de dólares, y el 35% de este total lo
representan compras del gobierno federal destinadas a alimentar bibliotecas
públicas y escolares. Sin embargo, seguimos leyendo poco, menos de cuatro
libros al año en promedio, y en todo el país sólo hay una librería por cada 63
mil habitantes, y aún así, concentradas en las capitales y grandes ciudades de
provincia.
Pero hemos avanzado.
La mayor victoria de mi generación fue el
restablecimiento de la democracia: ya llevamos 28 años continuos, poco, es
cierto, pero se trata del período más extenso de vigencia del estado de derecho
en toda la historia de Brasil. Con la estabilidad política y económica, hemos
venido acumulando conquistas sociales desde el fin de la dictadura militar,
siendo la más significativa de ellas, sin duda alguna, la disminución expresiva
de la miseria: la impresionante cantidad de 42 millones de personas ascendió
socialmente en la última década. Innegable, también, la importancia de la
implementación de mecanismos de transferencia de ingresos, como las bolsas-família, o de inclusión, como las
cuotas raciales para ingresar en las universidades públicas.
Desgraciadamente, sin embargo, pese a todos
los esfuerzos, es inmenso el peso de nuestro legado de 500 años de desmanes.
Seguimos siendo un país donde la vivienda, la educación, la salud, la cultura y
el esparcimiento no son derechos de todos, sino privilegios de algunos. Donde
la capacidad de ir y venir en cualquier momento y a cualquier hora no puede
ejercerse, porque faltan condiciones de seguridad pública. Donde incluso la
necesidad de trabajar a cambio de un salario mínimo equivalente a unos 300
dólares mensuales enfrenta obstáculos elementales como la falta de transporte
adecuado. Donde el respeto al medio ambiente no existe. Donde nos hemos
acostumbrado todos a burlar las leyes.
Somos un país paradójico.
Unas veces Brasil se presenta como una
región exótica, de playas paradisiacas, bosques edénicos, carnaval, capoeira y
futbol; otras, como un lugar execrable, de violencia urbana, explotación de la
prostitución infantil, falta de respeto a los derechos humanos y desdén por la
naturaleza. Unas veces se le festeja como uno de los países mejor preparados
para ocupar un lugar protagónico en el mundo (amplios recursos naturales,
agricultura, ganadería e indústrias diversas, enorme potencial de crecimiento
de producción y consumo), y otras veces se le relega a un eterno papel
accesorio, de proveedor de materias primas y productos fabricados con mano de
obra barata, por falta de capacidad para administrar su propia riqueza.
Ahora somos la séptima economía del
planeta. Y seguimos en tercer lugar entre los más desiguales del mundo...
Vuelvo, entonces, a la pregunta inicial:
¿qué significa habitar esa región situada en la periferia del mundo, escribir
en portugués para lectores casi inexistentes, luchar, en fin, todos los días
por construir, en medio de las adversidades, un sentido para la vida?
Yo creo, quizá incluso ingenuamente, en el
papel transformador de la literatura. Hijo de una lavandera analfabeta y de un
vendedor de palomitas semianalfabeta, yo mismo vendedor de palomitas, cajero de
un bar, despachador de una mercería, obrero textil, tornero mecánico, gerente
de una lonchería, vi cómo se modificaba mi destino mediante el contacto, aunque
fortuito, con los libros. Y si la lectura de un libro puede alterar el rumbo de
la vida de una persona, y la sociedad está hecha de personas, entonces la
literatura puede cambiar a la sociedad. En nuestros tiempos, de exacerbado
apego al narcisimo y culto extremo al individualismo, aquel que nos resulta
extraño, y que por lo tanto debería despertar en nosotros la fascinación por el
reconocimiento mutuo, se ve, más que nunca, como amenaza. Le damos la espalda
al otro (llámese inmigrante, pobre, negro, indígena, mujer, u homosexual) en un
intento de preservarnos, olvidando que, de esta manera, hacemos implotar
nuestra propia condición de existir. Sucumbimos a la soledad y al egoísmo y nos
negamos a nosotros mismos. Para contraponerme a eso, escribo: quiero afectar al
lector, modificarlo, para transformar el mundo. Es una utopía, lo sé, pero yo
me alimento de utopías. Porque pienso que el destino último de todo ser humano
debería ser únicamente este: el de alcanzar la felicidad en la Tierra. Aquí y
ahora.
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