El jueves 21 de febrero se presentará mi traducción de la novela El Ateneo, de Raul Pompeia.
El libro, escrito en 1888, se tradujo en el contexto del seminario de traducción literaria de la Cátedra Guimaraes Rosa de la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM) y contó con el apoyo de la Embajada de Brasil en México. La traducción, impresa a dos tintas (negro y sepia) y editada por la misma Facultad bajo el cuidado de Maurício López Valdés, incluye todas las ilustraciones que el autor preparó para la edición definitiva.
El Ateneo es una de las novelas más importantes del siglo XIX brasileño y, extrañamente, es poco conocida fuera de Brasil. Su autor, que tenía al momento de escribirla 25 años, estaba profundamente comprometido con las causas abolicionista y republicana, que no siempre iban de la mano en esa época. Especie de niño prodigo, publicó su primera novela a la edad de 17, y no dejó de escribir para la prensa sino hasta el momento de suicidio, a los 33. Sin embargo, podría decirse que su estilo mejoró sensiblemente y alcanzó sus momentos más altos a partir de 1883, cuando entró en contacto con la obra de Baudelaire.
El Ateneo constituye una crítica feroz contra la sociedad aristocrática del Segundo Imperio brasileño, encarnada en un internado cuyo discurso pedagógico, moral y político es desenmascarado por el implacable sarcasmo del autor.
Pompeia fue el autor de los primeros poemas en prosa en la historia de la literatura brasileña (Cançoes sem metro) y estaba convencido de que la novela debía avecinarse a la poesía. Afirmaba que es "imposible hacer de un monocordio una orquesta” y así, en El Ateneo se encuentra un surtido de estilos que debe siempre entenderse como una opción lúcida del autor, aunque el estilo que más resalta, quizá por su dificultad y erudición, es el de los momentos delirantes, en que Pompeia alcanza una complejidad única en la literatura brasileña de la época. Mário de Andrade no duda en calificar como “barroco” este abigarramiento del estilo.
Cuando se lee a Raul Pompeia conviene tener en cuenta sus propias afirmaciones acerca de la dificultad del discurso y la intervención de la dimensión poética en la prosa:
La cuestión de la simplicidad viene del prejuicio, desacreditado actualmente, de que la prosa literaria está excluida de los privilegios de la metrificación de los versos: la franqueza, el impudor del alma, sólo pueden hacerse oír en la estrofa como a través de la ventanita convenientemente enrejada de un confesionario. No: la prosa tiene que ser elocuente para ser artística, tal como los versos. Y no se vaya a creer que la elocuencia es tan sólo el ardor turbulento de los meridionales, expresión abundante y violenta; es también, y más difícilmente, lo que se denomina, en particular, poesía.
A continuación un pequeño extracto de la obra.
Para leer más textos de Pompeia, chequen Los gatos y los perros, La batalla de los libros, fragmento de un texto abolicionista y El mal de Don Quijote
Ángela tenía
unos veinte años, pero parecía mayor por el desarrollo de sus proporciones. Grande,
rolliza, sanguínea y fogosa, era uno de esos ejemplares excesivos del sexo que
parecen manifiestamente conformados para ser esposas de la multitud, protestas
revolucionarias contra el monopolio del tálamo.
De modales
desenvueltos, como el ditirambo del amor efímero, vacía como las estatuas
huecas, sin sentimientos, material y estúpida, poseía, sin embargo, el secreto
satánico de cargar sus amplios ojos de sepia y oro, de animar en su rostro
tales expresiones que se diría que le vivía en la cara un alma de superficie,
potente, capaz de los más altos martirios de la ternura y de interpretar los
más trágicos poemas de la dedicación.
Le gustaba
arremangarse para mostrar los brazos, un lujo de blancura, brazos perfectos de
princesa que daban qué pensar al humilde plumero que empuñaba por la mañana.
Expuesta a la luz del sol, el color blanco de su rostro se había revestido de
un moreno cálido, un tono fugitivo de magnolias marchitas, invulnerable a los
rigores del aire libre, como debe haber sido otrora la epidermis de Ceres.
Aunque le hirieran la tez los dardos corrosivos de la insolación, sólo le
afloraba al rostro un rubor más bello, y el sol no le quitaba a su carne más
juventud que a la tierra misma: bajo la calcinación de los ardores, una
primavera de rosas.
Conciente de su
hermosura, Ángela abusaba.
Y era imposible
librarse. Comenzaba con un juego de virtud. Se secaba con un aire de seriedad
los labios húmedos; los párpados, de largas pestañas, bajaban sobre sus ojos,
sobre su rostro, visera impenetrable del pudor. Invitaba a la adoración
recogiendo sobre sus hombros el manto de la candidez, refugiándose en la
indiferencia hierática de las vestales. Luego, un leve dejo de sonrisa ingenua,
con los ojos cerrados todavía: gradación de infantilidad que reemplazaba a la
vestal por una niña esquiva y tímida que reía volviendo la cara. Los ojos, por
fin, se aventuraban por el rabillo: temeridad de novia posible, nada más, y
volvían a su insistente retraimiento. Luego, la contemplación confiada: la
novela entera, línea por línea, de una virginidad. Hasta que, de pronto, ¡mi
castísimo Barreto! Aquella virtud, aquella dulzura, aquella esquiva candidez,
aquella nubilidad melancólica, aquella fisionomía honesta, pesarosa quizá de
ser amable, se hendía en dos batientes de puerta mágica y rodaba en explosión
el sabbat de las lascivias.
Sus ojos reían destilando una lágrima de deseo; sus narinas jadeaban,
aleteaban trémulas por intervalos, con la vivacidad espasmódica del amor de las
aves; sus labios, animados por convulsiones de tétanos, balbuceaban desafíos,
prometiendo la sumisión de una cachorra y la dulzura de los sueños orientales.
Dominaba entonces por la oferta abusiva, repentina; se abatía en la humillación postrera para atraer desde abajo, como los vértigos. Allí estaba, echada en
tierra, la prostitución de la vestal, el himeneo de la doncella, la deturpación
de la inocente: tres servilismos reclamando un dueño; ¡apetito para esta orgía
rara y sin comensales!
No discriminaba
amores. Era de todos, como los elementos. Y, como los elementos, no sentía
culpa por sus desórdenes y depredaciones. Se franqueaba a la concurrencia.
Había lugar para todos a la sombra de su cabellera castaña, capaz de vestir sus
copiosas formas, abundante, perpetuamente seca, esa cabellera que Ángela
sacudía al correr como polvo de heno.



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