martes, 27 de agosto de 2013

Tres prólogos de José de Alencar





Prólogo a O guarani


Prima mía,

le gustó a usted mi relato y ahora me pide una novela. Cree que puedo lograr algo en esa rama de la literatura.
Está usted equivocada; cuando se narra aquello que nos ha impresionado profundamente, es el corazón el que habla; cuando se expresa lo que otros sintieron o pueden sentir, habla la memoria o la imaginación.
Ésta puede equivocarse, puede exagerarse, pero el corazón es siempre verdadero. No dice sino lo que ha sentido, y el sentimiento, cualquiera que éste sea, tiene su belleza.
En consecuencia, no me considero acreditado para escribir una novela, pese a haber hecho una de mi vida.
No obstante, para satisfacerla a usted, quiero aprovechar mis horas de trabajo copiando y rejuveneciendo un viejo manuscrito que encontré en un armario de esta casa cuando la compré.
Estaba abandonado y casi completamente destruido por la humedad y por la polilla, esa eterna roedora que ya desde antes del diluvio se había trepado al arca de Noé y así pudo huir del cataclisma.
Le advierto que encontrará escenas que no son comunes actualmente. No las condene desde la primera lectura antes de leer las demás, que las explican.
Le envío la primera parte de mi manuscrito, que Carlota y yo hemos descifrado durante los largos saraos de nuestras noches de invierno, pues aquí oscurece a las cinco de la tarde.
Adiós.
Minas, 12 de diciembre.

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Al lector

Cuando este libro se publicó, en 1857, se dijo que aquella primera edición era una prueba tipográfica que quizá algún día el autor se dispondría a revisar.
Esta nueva edición debería satisfacer el empeño que la extrema benevolencia del público lector, tan escaso aún, convirtió en un bien ante el cual debo estar agradecido.
El autor se fió de sí mismo más de lo debido. Al releer la obra, pasados los años, le pareció tan malo e incorrecto cuanto había escrito, que para corregirlo adecuadamente sería necesario escribirlo de nuevo. Le falta el tiempo para ello, y le sobra el tedio a esa labor ingrata.
Se limitó, pues, a hacer pequeñas enmiendas que no alteraran el esquema de la obra y toleraran el desaliño de un estilo aceptable.

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Prólogo a la primera edición de Iracema


Amigo mío.

este libro, naturalmente, lo encontrará en su pintoresco lugar del valle, en su dulce hogar, poblado por una numerosa prole, y por la alegría y la esperanza de la pareja.
Imagino que es la hora más ardiente de la siesta.
El sol a plomo dispara rayos de fuego sobre las arenas natales; las aves enmudecen; las plantas languidecen. La naturaleza sufre la influencia de la poderosa irradiación tropical, que produce el diamante y el genio, las dos expansiones más brillantes del poder creador.
Los niños juegan en la sombra del porche con pequeños huesos de reses que representan al ganado. Así jugaba yo, hace tantos años, en otra hacienda, no muy lejos de la suya. El ama de casa, tierna e incansable, manda abrir un coco verde o prepara una sabrosa crema de burití para refrescar a su esposo, que acaba de volver de su excursión por la hacienda y ahora reposa meciéndose en la suave y agradable hamaca.
Abra entonces este librito, que le llega imprevistamente de la capital. Recorra sus páginas para alejar su espíritu de las cosas graves que lo ocupan.
Quizá me opaque el amor de su nido, o me engañen las reminiscencias de la infancia, recién reavivadas. De no ser así, creo que, al abrir el pequeño volumen, sentirá usted una ondanada del mismo aroma silvestre y bravío que le viene del valle. Lo impregna la brisa que ha pasado entre las flores de la carnaúba y entre el ramaje de las aroeiras en flor.
Esa ondanada es la inspiración de la patria que vuelve a sí misma, ahora y siempre, como el infante que vuelve continuamente la mirada hacia el rostro materno que le sonríe.
El libro es cearense. Fue concebido en el Ceará, bajo la limpidez de ese cielo azul cristalino, y después vertido en el corazón, lleno de los recuerdos vivaces de una imaginación virgen. Lo escribí para que lo leyeran allá, en el porche de la casa rústica o en la fresca sombra del pomar, bajo el dulce arrullo de la hamaca, entre los murmullos del viento que crepita en la arena o susurra entre las hojas de los cocoteros.
Hacia allá, pues, lo envío: a su cuna.
Pero enviado así, por un hijo ausente que ya es un extraño para muchos, que ha sido olvidado quizá por sus pocos amigos y a quien sólo recuerdan por el incesante desafecto ¿cuál será la suerte de este libro?
No ha de temer que le falte hospitalidad. Las auras de nuestros campos parecen tan impregnadas de esa virtud primitiva que no habita allí ninguna raza que no la inspire con el hálito vital. Temo, no obstante, que el libro sea recibido como extranjero y huésped en la tierra de los míos.
No obstante, si al abordar las playas del Mocoripe es acogido por el buen cearense y apreciado por sus hermanos aún más en la adversidad que en los tiempos prósperos, estoy seguro de que el hijo de mi alma hallará en la tierra de su padre la intimidad y el calor de la familia.
El nombre de otros hijos ennoblece a nuestra provincia en la política y en la ciencia; entre ellos, mi nombre, hoy borrado, aunque lo portaba brillantemente quien primero lo ostentó.
En este preciso momento, la espada heroica de tan bravo cearense va segando en el campo de batalla una amplia mies de gloria. Quien no puede ilustrar a su tierra natal, canta sus leyendas, sin metro, con la ruda tonada de sus antiguos hijos.

Acoja, pues, esta primera muestra para ofrecerla a nuestros patricios, a quienes está dedicada.
Esta petición fue una de las razones que me impulsaron a dirigirle el libro; el otro lo conocerá una vez que lo haya leído.
Muchas cosas podría yo decir sobre el asunto, que quizá debería anteponer a la lectura de la obra, para prevenir la sorpresa de algunos y responder a las observaciones o reparos de otros.
Pero siempre he sido contrario a los prólogos; en mi opinión, hacen a la obra lo mismo que el pájaro a la fruta antes de la cosecha: le roban las primicias del sabor literario. Por ello reservo mis observaciones para el último momento.
Me hallará usted de nuevo en la última página, y entonces conversaremos a gusto, con más libertad de la que tendríamos en este frontispicio del libro, donde la etiqueta obliga a recibir al público con la gravedad y reverencia debidas a tan digno señor.

Rio de Janeiro, mayo de 1865
J. de Alencar

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Carta al Dr. Jaguaribe

Heme aquí de nuevo, conforme había prometido.
Ha leído ya el libro y las notas que lo acompañan; conversemos pues.
Conversemos sin ceremonia, con toda familiaridad, como si cada cual estuviera tendido en su hamaca, al vaivén de una lánguida mecedora que invitara a dulces charlas.
Si algún lector curioso se pone a escuchar, dejémoslo. No por eso debemos cambiar el tono pedestre de la intimidad por la frase garrida de los salones.
Sin más.
Recordará usted aquella noche en que, al entrar en mi casa, hace cuatro años, me halló haciendo anotaciones en un libro. Era aquél un período importante, pues una nueva legislatura, hija de una nueva ley, sesionaba por primera vez; y el país tenía los ojos puestos en ella, pues esperaba iniciativas generosas para mejorar la situación.

Estaba yo ya medio desilusionado de las cosas, y más de los hombres; y buscaba por ello, en la lectura, diversión para la tristeza que me infundía el estado de la patria entorpecida por la indiferencia. Consideraba, no obstante, que usted, político de antiguo y mejor cuño, se preocupaba poco por las cosas literarias, no por menosprecio, sino por vocación.
La conversación que entonces entablamos mostró cuán equivocado estaba; descubrí un hombre culto y amigo de la literatura amena; y juntos leímos algunos pasajes de la obra, que tenía, y no ha perdido aún, pretensiones de poema.
Fue así como vio usted, y fue así como le esbocé entonces, a grandes rasgos, una historia heroica que tiene como tema las tradiciones de los indígenas brasileños y sus costumbres. No había yo pensado jamás en dedicarme a ese tipo de literatura, del que me abstuve siempre una vez que pasaron los primeros y fugaces arrobos de la juventud. Una prosa mediocre puede ser tolerable y estimarse incluso por el quilate de la idea; pero el verso mediocre es lo peor que puede endilgársele al peor de los lectores.
Cometí la imprudencia, cuando escribí algunas cartas sobre la confederación de los Tamoios, de decir: “las tradiciones de los indígenas dan material para un gran poema que quizá algún día se presente sin ruido ni aparato, como modesto fruto de las vigilias.”
Esto bastó para que supusieran que el escritor se refería a sí mismo y que tenía ya entre manos el poema; varias personas me preguntaron por él. Lo que esto me infundió fueron bríos literarios. Sin calcular las fuerzas mínimas necesarias para una empresa tan grande que absorbió a dos ilustres poetas, tracé el plan de la obra y la comencé casi con tanto vigor que la llevé de golpe hasta el cuarto canto.
Este aliento se sostuvo durante unos cinco meses, pero se debilitó; y voy a confesarle el motivo.
Desde los primeros tiempos, cuado comenzaron mis primeras inquietudes literarias, una especie de instinto impulsaba mi imaginación hacia la raza indígena salvaje. Digo instinto, porque no tenía yo entonces suficientes estudios como para apreciar debidamente la nacionalidad de una literatura; era simple placer lo que me deleitaba en la lectura de crónicas y memorias antiguas.
Más tarde, cuando ya discernía mejor las cosas, leía las producciones que se publicaban sobre el tema indígena; no realizaban ellas la poesía nacional, tal como me parecía en el estudio de la vida salvaje de los autóctonos brasileños. Muchos pecaban por el abuso de los términos indígenas acumulados unos sobre otros, lo que no sólo rompía la armonía de la lengua portuguesa, sino que perturbaba la inteligibilidad del texto. Otras eran primorosas en estilo y ricas en bellas imágenes, pero les faltaba cierta rudeza ingenua de pensamiento y expresión, que debía ser propia del lenguaje de los indígenas.
Gonçalve Dias es el poeta nacional por excelencia; nadie rivaliza con él en la opulencia de la imaginación, en la fina labor del verso, en el conocimiento de la naturaleza brasileña y de las costumbres salvajes. En sus poemas americanos aprovechó muchas de las más lindas tradiciones de los indígenas; y en su poema inconcluso de los Timbiras se proponía describir la epopeya brasileña.
No obstante, los salvajes de su poema hablan un lenguaje clásico, cosa que criticó otro poeta de gran estro, el Dr. Bernardo Guimarães; expresan ideas propias del hombre civilizado, que no es verosímil que tuvieran quienes vivían en estado de naturaleza.
Sin duda, el poeta brasileño tiene que traducir en su lengua las ideas, aunque sean rudas y groseras, de los indios; pero en esa traducción radica la gran dificultad: es necesario que la lengua civilizada se amolde en la medida de lo posible a la sencillez primitiva de la lengua bárbara y no presente las imágenes y pensamientos indígenas sino mediante términos y frases que le parezcan naturales al lector en boca de un salvaje.
El conocimiento de la lengua indígena es el mejor criterio para la nacionalidad de la literatura. No sólo nos da el verdadero estilo, sino las imágenes poéticas del salvaje, sus modos de pensar, las tendencias de su espíritu, e incluso las más mínimas particularidades de su vida.
Es en esta fuente donde debe beber el poeta brasileño: es de ella de donde debe salir el verdadero poema nacional, tal como yo lo concibo.
Cometiendo, por lo tanto, el gran atrevimiento, aproveché la ocasión de realizar las ideas que me flotaban en el espíritu y no constituían aún un plan fijo. La reflexión las consolidó y robusteció.
En la parte escrita de la obra fueron vertidas de manera abundante. Si la investigación laboriosa de las bellezas nativas, basada en diccionarios imperfectos y espurios, agotaba el espíritu, la satisfacción de cultivar esas flores agrestes de la poesía brasileña lo deleitaba. Un día, no obstante, fatigado por la constante y sostenida meditación o análisis que empleaba para descubrir la etimología de algún vocablo, me asaltó un temor.
Todo este ímprobo trabajo que a veces representaba una sola palabra, ¿se tomaría en cuenta? ¿Sabrían que esta pieza de oro fino había sido desenterrada del profundo sustrato bajo el que duerme una raza extinta? ¿O pensarían acaso que la había hallado en la superficie y sacado a la luz gracias a la fácil inspiración?
Y sobre éste, vino otro temor.
La imagen o pensamiento, esmerilados con tanto trabajo ¿serían apreciados en su justo valor por la mayoría de los lectores? ¿No los creerían inferiores a cualquiera de las imágenes en boga que se usan en la literatura moderna?
Se me ocurre un ejemplo extraído de este libro. Los indígenas llamaban al guía, al señor de los caminos, piguara. La belleza de la expresión salvaje en su traducción literal y etimológica me parece bien evidente. No decían conocedor del camino, aunque tuvieran un término propio - couab - porque esa frase no expresaría la energía de su pensamiento. El camino en estado salvaje no existe; no es cosa del saber; se hace en ocasión de la marcha a través de la selva o del campo, y en cierta dirección; quien lo tiene y lo da es realmente señor del camino.
¿No es hermoso? ¿No hay allí una joya de la poesía nacional?
Pues habrá quien prefiera la expresión “rey del camino”, aunque no hubiera en Brasil reyes, ni la más mínima idea de semejante institución. Otros se inclinarán por la palabra “guía” como la opción más simple y natural en portugués, aunque no corresponda al pensamiento del salvaje.
Ahora bien, escribir un poema que tendría que alargarse, corriendo el riesgo de que no se le entendiera o, de entendérsele, no se le apreciara, desanimaría al más robusto talento; ¡cuanto más a mi mediocridad! ¿Qué hacer? ¿Llenar el libro de cursivas que lo volverían golpeado, y de notas que nadie lee? ¿Publicar la obra parcialmente para que los conocedores profirieran el veredicto literario? ¿Leerla a un círculo selecto, que emitiera un juicio ilustrado?
Todos estos medios tenían sus desventajas, y todos fueron rechazados. El primero afearía el libro; el segundo lo partiría en trozos; el tercero no le serviría para la ceremoniosa benevolencia de los censores. Lo que me pareció mejor y más acertado fue desviar el espíritu de esa obra y marcarle nuevos rumbos.
Pero no se abandona así un libro comenzado, por malo que sea. En esas páginas, llenas de borrones y tachones, duerme la larva del pensamiento, que puede ser ninfa de alas doradas si la inspiración fecunda el grosero capullo. En las diversas pausas que lo distraen de sus ocupaciones, mi espíritu vuelve, pues, al libro, donde están aún incubados, y seguirán estándolo, unos dos mil versos heroicos.

Dependiendo de la benevolencia o la serenidad de mi consciencia, a veces me parecen hermosos y dignos de ver la luz; en otras ocasiones me parecen vulgares, monótonos, e inferiores a cuanta mala prosa he puesto sobre papel. Si bien el amor paterno termina por ablandar este rigor, no obstante no desvanece jamás mi temor de “perder inútilmente el tiempo haciendo versos para palurdos”.
En uno de esos retornos del espíritu a la obra comenzada, se me ocurrió hacer un experimento en prosa. El verso, por su dignidad y nobleza, carece de cierta flexibilidad de la expresión que, no obstante, no le va mal a la prosa más elevada. La elasticidad de la frase permitiría entonces que se emplearan con más claridad las imágenes indígenas, de tal manera que no pasaran inadvertidas. Por otro lado, se conocería el efecto que tendría el verso por el efecto que tuviera la prosa.
El tema para el experimento estaba decidido de antemano. Cuando, en 1848, volví a ver nuestra tierra natal, tuve la idea de aprovechar sus leyendas y tradiciones en alguna obra literaria. Ya en Sao Paulo había comenzado una biografía de Camarao. Su juventud, la heroica amistad que lo vinculaba con Soares Moreno, la bravura y lealtad de Jacaúna, aliado de los portugueses, y sus guerras contra el célebre Mel Redondo. Ahí estaba el tema. Le faltaba el perfume que se vierte sobre las pasiones del hombre y de la mujer.
Conoce usted ahora el otro motivo que me impulsó a dirigirle este libro; necesitaba decir todas estas cosas, explicar cómo y por qué escribí Iracema. Y ¿con quién conversaría mejor sobre eso que con un testigo de mi trabajo, el único, de entre muy pocos, que respira ahora las brisas cearenses?
Este libro es, pues, un ensayo o, más bien, una muestra. Verá realizadas en él mis ideas sobre la literatura nacional, y encontrará ahí poesía enteramente brasileña, extraída de la lengua de los salvajes. La etimología de los nombres de las diversas localidades y ciertas formas de expresión extraídas de la composición de las palabras son originales.
Comprende usted que no podía yo derramar de manera abundante estas riquezas en el librito ahora publicado, porque quedarían desfloradas en la obra de mayor envergadura, que entonces sólo tendría la novedad de la fábula. No obstante, hay allí de sobra para alimentar la crítica y servir de base al juicio de los entendidos.
Si al público lector le gusta esta forma literaria, que en mi opinión tiene algún atractivo, entonces haré un esfuerzo para llevar a su fin el poema comenzado, aunque el verso haya perdido mucho de su primitivo encanto. Si, no obstante, el libro es acusado de desorden e Iracema encuentra la usual indiferencia que va acogiendo lo bueno y lo malo con la misma complacencia, cuando no lo acoge con silencio desdeñoso e ingrato, en este caso el autor renunciará a este otro género literario, como ya renunció al teatro. Y los versos, como las comedias, pasarán al cajón de los papeles viejos, reliquias autobiográficas.
Una vez concluido el libro, y cuando lo leí ya armado en la imprenta, noté cierto exceso de comparaciones, repetición de ciertas imágenes, desaliño en el estilo de los últimos capítulos. También me parece que debí conservar los nombres de las localidades  en su versión actual, aunque corrupta.
Si la obra tiene una segunda edición, se corregirán estos y otros defectos que le descubran los entendidos.


Agosto de 1865


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Prólogo a Ubirajara


Este libro es hermano de Iracema.

Lo he llamado leyenda, como al otro. Ningún título responde mejor en propiedad y modestia a las tradiciones de la patria indígena.
Quien por distracción recorra estas páginas, si no ha estudiado con alma brasileña la cuna de nuestra nacionalidad, se extrañará, entre otras cosas, ante la magnanimidad que rezuma el drama salvaje y marca su vigoroso relieve.
¿Cómo admitir que unos bárbaros, como nos han pintado a los indígenas, brutos y caníbales, más parecidos a las fieras que a los hombres, fueran susceptibles de estos bríos nativos que realzan la dignidad del rey de la creación?
Los historiadores, cronistas y viajeros de la primera época, si no es que de todo el período colonial, deben leerse a la luz de una crítica severa. Es indispensable, sobre todo, separar los hechos comprobados de las fábulas a las que sirvieron de mote y de las apreciaciones a las que los sujetaban sus espíritus cerrados, demasiado imbuidos de una ríspida intolerancia.
Hombres cultos, hijos de una sociedad vieja y curtida a lo largo de los siglos, querían esos forasteros hallar en los indígenas de un mundo nuevo y aislado de la civilización universal una perfecta conformidad de ideas y costumbres.
No recordaban, o no sabían, que ellos mismos provenían de bárbaros aún más feroces y groseros que los salvajes americanos.
Muchos espíritus graves y bastante ilustrados tuvieron esto en cuenta al escribir la historia desde un punto de vista más amplio y filosófico.
Entre muchos, citaré un ejemplo. Barlaeus, al referirse a las justas que entablaban entre sí los salvajes para obtener en premio de su valor a la virgen más hermosa, no dejó de añadir este comentario: - finis spectantium est voluptas.
Narrados con este pesimismo, las escenas de caballería, los torneos y justas, no pasarían de maniobras inspiradas  por la sensualidad. Nada resistiría a la censura o al ridículo.
Semejantes, si no es que más groseras, son las apreciaciones de otros escritores acerca de las costumbres de los indígenas. Las cosas más poéticas, los trazos más generosos y caballerescos del carácter de los salvajes, los sentimientos más nobles de esos hijos de la naturaleza son tergiversados por un lenguaje impropio, cuando no se achacan a los indígenas las extravagancias de una imaginación desvergonzada.
Importa aún señalar que eran dos las clases de hombres que brindaban la información acerca de los indígenas: la de los misioneros y la de los aventureros. En pugna una con la otra, ambas estaban de acuerdo en este punto: el de figurarse a los salvajes como fieras humanas. Los misioneros encarecían por este medio la importancia de su catequesis; los aventureros procuraban justificar la crueldad con que trataban a los indios.



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