4. Mundo animal:
Porfiria
Cuando los rottweilers alcanzaron la
perfección en la caza de felinos en el bosque que colindaba con el lago, el
taxista se dio cuenta de que necesitaban nuevos oponentes. Los perros ya no
tardaban ni un minuto en alcanzar a los gatos, ni siquiera cuando los soltaban
al mismo tiempo, según afirmó en su testimonio. Parecía que habían desarrollado
un sentido colectivo de percepción de la caza y cada uno de los tres perros
seleccionaba a la víctima que perseguiría en cuanto la liberaran del costal de yute.
Esa elección nunca coincidía, y los perros salían disparados, cada uno en pos
de la presa seleccionada. Cada noche de luna llena, probaban que se habían convertido
en máquinas predadoras: un solo perro de doce patas y tres mandíbulas comandado
por el taxista. Eran de una objetividad letal en su arranque, y el taxista
estaba muy orgulloso de ellos. Se trataba de una sensación que nunca había
sentido, no muy distinta a la que experimenta un técnico deportivo en relación
con sus atletas, confesó. Esto llevó al taxista a considerar cuál debía ser el
próximo paso en la educación de los perros. Los gatos ya habían llegado a su
límite. Los rottweilers ansiaban nuevos desafíos. Necesitaban un animal más
grande que perseguir, pero el taxista no tenía idea de qué animal podría ser. Quizá
otro perro, pero dudaba que pudiera encontrar alguno que hiciera frente solo a
los rottweilers. Su orgullo colindaba con la soberbia. Entonces buscó por los
pequeños ranchos, en los alrededores de los caminos vecinales que recorría en su
taxi en las horas libres. Fue así como descubrió el criadero de carneros.
Durante algún tiempo, el taxista rondó los corrales del rancho, observando la
agilidad de los animales cuando se reproducían o luchaban entre sí para
cortejar a las hembras. El taxista consideró que aquella era la solución ideal.
Una noche en que se sentía particularmente temerario, invadió el cerco donde
pernoctaban los animales. Un impetuoso macho con cuernos en espiral le había
llamado la atención.
Antes del paseo en el parque Noturama, el
último intento de la Sra. X de salir de casa acompañada por la criatura se
había dado la noche de navidad de hacía dos años. Era la época de las
competencias de alumbrado decorativo entre los barrios, afirmó en su
testimonio. En el fondo, aquello no tenía nada que ver con el espíritu
navideño, y la Sra. X lo sabía mejor que nadie. Nada de eso pasaba de una
disputa por el premio concedido por la delegación a la mejor decoración
navideña. Una verdadera guerra navideña que entraba en conflicto con el
nacimiento de Nuestro Señor. Una vil disputa por dinero, corrupción de los
valores cristianos. No obstante, ofrecía el pretexto ideal para un paseo. A fin
de cuentas, ¿qué podría inventar ella para convencer a la criatura de salir a
la calle? Aquel era un buen motivo. Si fueran otros tiempos, los de su
infancia, una época tan lejana en que las vitrinas de las tiendas seguían
iluminadas hasta altas horas de la noche en las calles comerciales, y los
maniquíes tan distinguidos con sus trajes de fiesta, ellas podrían pasear en
paz y admirar los aparadores y las parejas de novios de entonces. Pero ahora la
gente le tenía miedo a la violencia, y había migrado a los centros comerciales.
A ella nunca le pasó siquiera por la cabeza llevar a la criatura a un lugar de
esos, claro, pese a que en algunos se aceptaba la presencia de animales. Sería
una distracción que les encantaría, sin duda, y podrían comprar la ropa nueva
que necesitaban. No pasaba de un anhelo bobo o entonces, quizá, de una
pesadilla concreta. Un serio desacato de su parte, pensaba ella. A fin de
cuentas, su contrato con la empresa administradora exigía que no salieran bajo
ningún motivo. Aquella noche, las dos caminaron por las calles de Higienópolis
y presenciaron cientos de miles de lucecitas parpadeando y confundiéndose con
las estrellas y satélites del cielo. La criatura no había visto nunca nada
semejante. La gente pasaba y se sorprendía mucho ante aquella figura toda
encapuchada en una noche tan cálida, pero era tarde y tampoco había tanta gente
en la calle. Entonces la Sra. X compró dos hot
dogs en el puesto de la esquina y ambas se acomodaron tranquilas en la
primera banca vacía que encontraron bajo la sombra de los pinos de la plaza
Buenos Aires. Estaban hambrientas después de la caminata. La criatura se batió
de cátsup, y su boca parecía estar cubierta de sangre. En poco tiempo, apareció
una vieja que alimentaba a los gatos de la plaza. Tras quejarse de que sus
hijos estaban desapareciendo porque alguien los estaba envenenando, la vieja
dijo algunas palabras amables y, acercándose, levantó inesperadamente la punta
del gorro de la criatura para verle mejor la cara. A partir de ese instante,
todo salió mal. La vieja se asustó con lo que vio. Dio un grito. Otras mujeres
que alimentaban a los gatos llegaron para ver qué sucedía. En pocos segundos se
formó una pequeña multitud. Todos señalaban las falanges amputadas de los dedos
de la criatura, que se había quitado los guantes de cuero para comer y que
también acabó asustándose. El cátsup, la sangre. Alguien dijo que aquello se
había comido sus propios dedos. La Sra. X, entonces, tomó a la paciente en
brazos por primera vez desde el día en que la había conocido y, con trabajos, atravesó
el portón de la plaza mientras la criatura ocultaba la llaga abierta en su
frente contra su hombro. En ese instante, al sentir otra vez un fuerte olor a
flores, la Sra. X pensó que la criatura, tal vez, era una santa.
Tras integrarse al grupo de jóvenes de la
parroquia de San Kim Degun, el repartidor empezó a verse rechazado por sus
compañeros del mercado coreano. Al igual que él, todos provenían de familias
pobres y lo acusaban de traicionar sus orígenes. Le decían que era un adulador
de ricos, un interesado. No sirvió de mucho que el chico inventara que su nueva
novia le exigía que fuera a la iglesia. Los muchachos soltaron una carcajada y
empezaron a aislarlo. A hacerle el hielo, como se dice o se solía decir entre
adolecentes. Las cosas no han cambiado tanto en este mundo. Yo mismo lo sentí
en mi piel rojiza. Solo, entre dos grupos a los que no pertenecía, el
repartidor empezó a sentirse desdichado. En la parroquia había llegado la
temporada de ensayos de los cánticos que debían interpretarse en misa con la
banda, y el repartidor no sólo no tocaba ningún instrumento, sino que era muy
desafinado. En el fondo no soportaba aquellas canciones medio gospel, medio sertanejas, con coreografías de k-pop.
El repartidor prefería escuchar metal en su mp3, según dijo en su
testimonio. Pero de alguna manera ya lo satisfacía la cercanía de la chica de
la que se había enamorado al compartir el púlpito mientras seleccionaban
versículos de la Biblia. Podía admirar de cerca aquellos dedos largos y tan
blancos pasando las páginas con una práctica que él, simplemente, no tenía.
Entre discretos codazos, los demás muchachos del grupo de jóvenes notaron el
interés excesivo del repartidor por la chica. Entonces, cuando el ensayo se
acababa y todos se iban en sus carrazos, el repartidor caminaba solo hacia la
parada del autobús. En el camino, se detenía frente al caserón de la calle
Talmud Thorá y se quedaba observando el teatro de sombras en las ventanas,
único testigo de la vida que existía ahí dentro, mientras el resto del barrio
dormía. Podía ver el extremo celo de la Sra. X en su trabajo nocturno. Su
subir y bajar de escaleras para atender a la paciente. A veces, la Sra. X la
cargaba con tanta delicadeza que parecía a punto de romperse, según afirmó en su testimonio.
2.
El caserón de la calle Talmud Thorá empezó
a atraer al joven repartidor del mercado coreano como un parque de diversiones
encendido las noches de domingo. Cuando salía en bicicleta para atender
pedidos, se dejaba estar viendo las ventanas en espera de que la criatura
apareciera. No obstante, durante el día sólo lograba ver cortinas cerradas y
nada más: el caserón parecía rodeado de un silencio poco común que lo aislaba
del ruido de los comercios del barrio. Era como si aquel lugar estuviera
hundido en un sueño tibio y profundo, y quizá era eso lo que lo atraía hacia
allí a media tarde. En la calle había otras casas de dos pisos no muy
distintas, pero en aquella había algo extraño, aunque el muchacho no sabía
decir exactamente qué. Sin duda era que permanecía cerrada todo el día y, tal
vez, el hecho de que sus paredes, al contrario de las de las otras casas de
la calle, no habían vuelto a pintarse desde que la habían construido. El
repartidor notó que las legumbres que llevaba en la canasta de su bicicleta
empezaban a marchitarse ya adquirir un extraño aspecto alienígena. Entonces,
cuando iba a dar la primera pedaleada, divisó a los judíos que había visto en
el teatro abandonado. Los dos hombres se acercaban. Al principio, el repartidor
imaginó que caminaban hacia él, y casi salió corriendo cuesta abajo. Pero, para
alivio suyo, tocaron el timbre del caserón y esperaron un instante hasta que
les abrieran. Entonces entraron. El repartidor no pudo ver quién les abrió,
pero imaginó que se trataba de la Sra. X. Los dos hombres permanecieron una
media hora en el interior de la residencia, de acuerdo con el testimonio del
repartidor, y ese tiempo fue más que suficiente para arruinar por completo las
legumbres de su entrega, lo cual le valió un descuento en el salario, además de
una reprimenda de aquellas por parte de su patrón, que amenazó con despedirlo.
Con el episodio de la propiedad rural, el
taxista descubrió que capturar gatos callejeros en el patio de la fábrica
abandonada era mucho más simple que hacer lo mismo con un carnero macho. Pese a que estaba todo
magullado, logró, después de algún tiempo, dominar al animal y
sedarlo. Entonces lo acomodó como pudo en la cajuela. Fueron necesarias dos
semanas para que el carnero se recuperara de las heridas autoinfligidas en el
exiguo interior de la cajuela en que lo habían encerrado, porque el taxista
calculó mal la dosis de tranquilizante y el animal se despertó a la mitad del trayecto.
En cuanto el taxista soltó al carnero en el terreno de la fábrica, los perros
empezaron a ladrar. Sus aullidos y ladridos continuaron a lo largo de los días
que el carnero vagó suelto por la fábrica, librando el patio de malas hierbas.
Como quería verlo recuperado pronto, el taxista compró suplementos alimenticios
en una tienda de productos veterinarios. Intrigado por el destino de los suplementos,
el vendedor le preguntó qué tipo de animal iba a alimentar, pero no obtuvo
respuesta. De esta manera, el carnero se recuperó y pronto exhibía ya el
antiguo vigor que el taxista había observado en la propiedad rural. Debía ser
un campeón de ferias agropecuarias o algo así, reflexionó en su testimonio,
quizá un semental. Era, sin duda, un animal valeroso. La noche de la caza del
carnero, el taxista tuvo trabajo. Como no sería posible llevar a la víctima y a
los tres rottweilers en un solo viaje, tuvo que transportar antes al
carnero. Tras la permanencia del animal en el patio de la fábrica, ya podía
acercarse a él sin mayores problemas. Aquella noche, lo lazó y lo sedó,
acomodándolo otra vez en la cajuela. Después condujo hasta el bosque que estaba
cerca del lago. Allí sacó al carnero del coche y lo amarró de un árbol. El
sitio era yermo, y él no creía que alguien fuera a aparecerse por ahí mientras
iba por los perros. El tiempo que dedicaría al regreso, sumado al nuevo
trayecto de la fábrica hasta el bosque, no superaría una hora. Estaba, claro,
la posibilidad de que algún animal salvaje encontrara al carnero amarrado e
indefenso. Pero incluso aquello era improbable. Hacía mucho tiempo que los
grandes predadores se habían extinguido en aquella región, lo cual era ideal
para el entrenamiento en el bosque. Los perros tenían que conocer un ambiente
parecido al de Nocturama. Entonces el taxista fue por sus rottweilers, que lo
esperaban excitadísimos. Al instalarse en el asiento trasero del automóvil, sin
embargo, los tres guardaron silencio. Parecían presentir la diversión que los
esperaba. Vistos por el retrovisor, no eran más que tres sombras cuyos ojos
brillaban en la oscuridad, y sus dientes blancos y afilados reflejaban las
luces de los postes que pasaban. Los peatones que por ventura los vieran,
podrían perfectamente confundirlos con niños.
i exposición mundial de retratos del
leopardo de las nieves - episodio tres, en el que un joven y bravío
leopardo de las nieves, cautivado por la voz humana, da inicio a su guerra
contra sus enemigos los perros.
Érase
una vez un leopardo de las nieves que, contra todo pronóstico, se enamoró de la
voz humana. En pos de una tribu nómada, abandonó la montaña donde había nacido
y se acostumbró a andar a rastras entre la vegetación baja de la estepa para
que no lo descubrieran. El leopardo de las nieves se alimentaba de restos de
comida que los hombres del campamento dejaban atrás y de pequeños animales que
vivían por allí en abundancia, como liebres y otros roedores. Su esfuerzo por
escuchar el canto de la mujer se redobló la mañana en que sepultaron a su niño.
Al incinerar el cuerpo del pequeño, la voz de su madre se elevó por encima del
humo y de las nubes, despedazando el corazón de todos los presentes, incluso el
de la fiera. Al escuchar aquel sonido, el leopardo de las nieves admitió de
inmediato la innegable superioridad humana sobre los demás animales. Pese a
toda su fragilidad física y moral, aquellos pobres seres quebradizos y de humor
inestable eran capaces de cantar con una melancolía extraordinaria. Nada podía
hacer frente a su tristeza. Aquel canto era una afirmación de una belleza
irrefutable, superior a la infinitud de las montañas Altai, de donde él venía,
y aún mayor que la velocidad de los vientos y el brillo del sol y la
invencibilidad de las flores. El leopardo de las nieves estaba atado a aquella
mujer y a su voz. Pero llegó el verano y los humanos desmontaron el
campamento. Entre lágrimas que aún no se habían secado del todo y la tragedia
de su pérdida, la mujer desarmó su tienda e instaló las pertenencias de su
familia a lomos de una mula. Y entonces la tribu nómada partió. Aturdido, el
leopardo de las nieves no tuvo más alternativa que seguirla. Abandonó sin
pestañear el paisaje ruso, creo, de la taiga a la que había pertenecido desde
siempre, admirando por última vez el pico de la montaña donde había nacido, allá
lejos. La travesía de la estepa fue la prueba más difícil de su vida. Los
rigores del sol y de la tundra seca. ¡Qué difícil fue! No había qué comer, y
tenía que disputarse con la manada de perros de la tribu las sobras que dejaban
los humanos. En el trayecto, el leopardo de las nieves hizo trizas a varios de
aquellos animales inferiores y ruidosos, cuyos gruñidos representaban el
extremo opuesto de la voz humana. Despedazó a patadas sus mandíbulas y los
devoró cuando no lograron escapar. Odiaba a los perros, pues, al contrario de
las panteras, éstos atacaban a sus enemigos no en busca de carne, sino de
huesos. Aquellos pobres animales veían a la grandiosa Tierra como un Gran Hueso
sin tuétano, al que tenían que alimentar con más fósiles, y por eso luchaban
contra el leopardo de las nieves. Despreciaban su carne y sólo querían chuparle
la espina dorsal como si se tratara de una vil paleta helada. Pero no fueron
rivales para el leopardo de las nieves.
De ninguna manera. La guerra contra los perros fue la primera de su vida y
también su despedida de la infancia.

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