Tengo una leve manía por la limpieza. Digo "leve" porque creo que está bajo control. Tengo preferencias y métodos de operación, pero no tengo bloqueos que me estorben o me impidan llevar una vida normal. Si me lavo las manos cada vez que me den ganas, lo haré unas treinta veces al día. Sin embargo, si me obligan, puedo estar todo un día sin lavármelas, aunque eso me molesta bastante.
Hace unos seis o siete años llegué a la conclusión de que leer el periódico en papel me ensuciaba mucho las manos. Eso empezó a molestarme a tal punto que, en determinado momento, preferí simplemente ya no leerlo, sólo para que los dedos no se me ensuciaran con aquella sustancia negra. Un día, finalmente, alguien mencionó la existencia de unos guantecitos japoneses específicos para este fin: manipular el periódico sin ensuciarse los dedos. Los encontré en una tienda del barrio de Liberdade y de inmediato compré diez paquetes. Costaban un ojo de la cara, pero durante años fue lo que me permitió tener tranquilidad durante la lectura.
Hoy las cosas son distintas. Leo las noticias en internet. Una vez por noche, rocío un spray antiséptico en el teclado de la computadora, sólo para satisfacer mi neurosis obsesiva. También tengo una pequeña aspiradora de polvo y un desinfectante de manos. Con eso me las arreglo.
Todos los días, entre la media noche y la una de la mañana, después de leer mis notas del día, prendo la computadora. Primero reviso mis cuentas de e-mail. Respondo los mensajes que exigen una atención inmediata. Enseguida paso al resto. Una vez que respondo todo lo que podía responder, por lo general hacia la una y media de la mañana, empiezo con los periódicos online.
A veces, dependiendo de la hora en la que me voy a la cama, puedo leer las ediciones del día siguiente. Cuando eso pasa, tengo la ventaja de despertar con los periódicos del día ya leídos. La desventaja es que, durante el día, ninguna noticia me sorprende mucho, porque ya estoy enterado del noticiario. Pero por lo menos eso me da tiempo libre para otras actividades.
Esa lectura al principio de la madrugada me relaja. La luz de la pantalla me va hipnotizando. Voy apagándome poco a poco. No soy el único que usa la lectura como un inductor del sueño. Mucha gente lo hace. Entre las dos y las dos y cuarto, desconecto la computadora, me levanto, me cepillo los dientes y me acuesto.
El problema es que, a veces, algunas noticias son tan malas que, en lugar de inducir al sueño, provocan inquietud y angustia.
La primera vez que una noticia me pareció tan perturbadora que me impidió dormir fue el Once de Septiembre. La cobertura detallada de los ataques a Nueva York me perturbó profundamente. Hoy, el recuerdo de toda aquella destrucción se ha disipado. Pero creo que nunca olvidaré lo que sentí .Pasé la noche en blanco, con imágenes y pensamientos que no podía digerir.
La segunda vez que sentí algo parecido, que me impidió por completo dormir, fue hace más o menos un año, en febrero de 2011. Estaba a punto de apagar la computadora cuando me topé con la siguiente noticia:
La mañana del pasado miércoles, la policía de Nueva York encontró el cuerpo de Sergio Yacoubian, hijo del empresario Salomão Yacoubian. Sergio tenía veintitrés años y vivía en Manhattan, donde era dueño de un restaurante. El brasileño cayó del cuarto piso de su casa en el barrio de West Village. La policía cree que pudo haber sido víctima de homicidio, aunque todavía no se señalan sospechosos. Contactada por este diario en São Paulo, la familia no quiso dar declaraciones.Tal vez por algún mecanismo de defensa inconsciente, no relacioné inmediatamente a la víctima con mi expaciente. La sonoridad del nombre me era familiar, pero necesité algunos segundos para hacer el vínculo entre aquel brasileño muerto en Manhattan y Sergio Y, a quien había dado de alta hacía unas semanas.
La noticia me dejó atónito. Mi impulso inicial fue negar el vínculo. Quise creer que se trataba de un homónimo con la misma edad y la misma profesión. Había sido mi paciente. Su madre me había contado que estaba bien. Tenía todo para ser feliz. Era joven. Seguro que no era él.
Pero sí era él.
En general, enterarme de la muerte de una persona mayor de edad no me conmueve. Como médico, concibo bien la noción de que la edad hace que el cuerpo degenere y muera. Para mí es evidente que la vida conduce a la muerte. Para mí es fácil aceptarlo.
El cuerpo del viejo ya tuvo tiempo para las experiencias fundamentales de la vida. La muerte de quien tuvo tiempo para vivir no debe causar pesar. No es que no lamente la pérdida de la persona, pero la muerte de un anciano no me conmociona tanto. Todo mundo se va a morir. Sólo es cuestión de precedencia.
En contrapartida, me cuesta mucho trabajo asimilar la muerte de un joven. Me conmuevo cuando me sé de vidas que terminaron incompletas. Las muertes de los jóvenes ocurren por enfermedades incurables, accidentes de tránsito que podrían evitarse; en general están rodeadas de indignación. Aunque se den plácidamente, son siempre violentas.
Pero las víctimas jóvenes de asesinatos, además de prematuramente, mueren, por si fuera poco con miedo. Y morir joven con miedo es la peor forma de morir, porque la muerte mira a la víctima a los ojos y es reconocida. El que muere tiene tiempo de ver llegar a la muerte y de entender que va a morir.
El cadáver del muchacho con miedo hallado en el patio de su casa en Manhattan y el cuerpo de mi expaciente coincidían en nombre, en nacionalidad y en ADN. Vivían en la misma ciudad. Tenían la misma edad. No había diferencias.
Por internet, intenté investigar sobre el crimen en los periódicos neoyorquinos, pero no tuve resultados. La muerte sólo había sido digna de una pequeña nota en un periódico poco importante de la ciudad. Era el único registro.
Sergio Y., de veintitrés años de edad, brasileño, titulado en gastronomía, tal vez promisorio dueño de un restaurante, expaciente del dr. Armando, había muerto asesinado en Manhattan.
Mi paciente de dieciocho años, heredero único de Salomão Yacoubian, se va a Nueva York a estudiar gastronomía y acaba asesinado quién sabe por quién o por qué. En pocas palabras, fue esa la cadena de hechos que primero se articuló en mi cabeza.
A continuación vinieron las preguntas. ¿Qué habrá pasado? ¿Se habrá metido con las drogas? ¿Quién lo habría matado? ¿Un amigo? ¿Un asaltante? ¿Una novia? ¿Un empleado? ¿Como es que un paciente que sale optimista de mi consultorio llega a eso? ¿Cuáles fueron las etapas previas a su muerte en el extranjero?
Ante la falta de respuestas, la muerte de Sergio no tenía sentido para mí. No podía pensar en otra cosa. Las circunstancias de aquella muerte se convirtieron en mi obsesión.
La verdad es que sabía muy poco. No contaba con elementos suficientes para responder de manera satisfactoria a las preguntas que tenía sobre el asesinato. Sabía que la muerte había sido infligida, que no había sido natural. Más allá de eso no podría deducir nada, sólo imaginar.
En los días que siguieron, busqué información sobre la muerte de Sergio Y. en la prensa, pero no encontré nada.
Cuatro días después de la noticia que me dejó despierto el resto de la noche, encontré la siguiente esquela, que se había publicado en los dos principales periódicos de São Paulo:
Tereza y Salomão Yacoubian cumplen con el doloroso deber de comunicar el fallecimiento de su hijo SERGIO EMÍLIO YACOUBIAN, ocurrido el 2 de febrero en la ciudad de Nueva York. Se celebrará una misa de difuntos el 9 de febrero a las 11:00 en la Iglesia Apostólica Armenia de Brasil, en la avenida Santos Dumont No. 55, centro, en la ciudad de São Paulo.
Ahora sé que, mientras yo me retorcía con preguntas sin respuesta, Tereza y Salomão habían ido a Nueva York, acompañados por su abogado, a reclamar el cuerpo de su hijo.
La policía neoyorquina tardó cinco días en autorizar el envío del cuerpo a Brasil. El ataúd salió del aeropuerto directamente al cementerio, donde sólo los familiares más cercanos asistieron al sepelio. Bajo la tierra, Sergio Y. podría, finalmente, desaparecer, cediendo su espacio en el mundo a otra persona.
Elegí un traje gris muy oscuro, casi negro, para ir a la misa. Me puse una camisa social blanca y una corbata morada, color de luto, para transmitir un aire de solemnidad, en mi opinión adecuado ante la expresión física de la muerte. Era un día de sol, y yo llevaba lentes oscuros. Ocupé uno de los últimos bancos de la iglesia, con la cabeza vacía, esperando, escuchando al padre recitar las palabras de la liturgia, levantándome y sentándome de acuerdo con lo que hacían los demás.
Sólo una vez, durante la misa, mi mirada se cruzó con la de Tereza. Ella me miró a los ojos, rápida pero profundamente, durante dos segundos. Después, llevó sus ojos al infinito. En la misa, Tereza no veía a nadie. Ahí, el bien que yo le había hecho a Sergio Y. ya no representaba nada.
Cuando la misa acabó, antes de salir, me acerqué al altar para dar mi pésame.
"Gracias por venir", dijo, sin levantar los ojos.
"No podía dejar de venir. Lo quería mucho", respondí.
Me apretó la mano derecha con las dos manos. Sacudió la cabeza con tristeza, siempre con los ojos bajos. Le tendía la mano a Salomão, que me saludó por protocolo, sin reconocerme exactamente.
Antes de salir de la iglesia, sentí una necesidad urgente de lavarme las manos. En el lavabo del baño, junto a la sacristía, con las manos enjabonadas, tuve una casi alucinación. Súbitamente, em vino la impresión de que mis manos estaban sucias de sangre. Sentía sangre en las palmas, en las uñas, entre los dedos. Bajo el agua de la llave, con mucho jabón, logré poco a poco quitarme esa sangre imaginaria.
Un poco después de eso empecé a tener pesadillas frecuentes, relacionadas las varias dudas que aún tenía sobre la muerte de Sergio Y.
De las personas con las que había platicado –dos amigos de la familia, a los que yo también conocía – pude saber muy poco. Ni siquiera descubrí las circunstancias generales del episodio. Lo único que sabía era que lo habían asesinado. Seguía sin saber cuál había sido el autor, y cuáles sus causas.
Pensé en hablarle por teléfono a Tereza. De ella, tal vez, podría sacar alguna información que me ayudara a satisfacer la curiosidad pantagruélica que sentía sobre la muerte de su hijo y que ya empezaba a molestarme.
Pese a mi deseo, al final no le hablé. No podría ser lo suficientemente cínico. No me arrepentí. En aquel momento, hice lo que me pareció correcto, pero el hecho es que seguí totalmente a oscuras, sin saber nada respecto al asesinato de Sergio Y.
Me volví obsesivo. Durante horas seguidas componía una serie de escenarios con caídas desde las ventanas, con la cara de miedo de Sergio, vestido de chef, con la cabeza sangrando, cubierto de nieve, en el jardín de su casa.
Empecé a despertar en plena noche y perdí completamente el apetito. Dos semanas después del inicio de estos síntomas, se me ocurrió una forma de hallar respuestas para mis preguntas más básicas sobre el caso. Mi pensamiento era el siguiente:
Sergio había sido asesinado en su casa en el West Village. Según la noticia del periódico, la policía de Manhattan llevaba a cabo una investigación del asesinato. Las respuestas que yo buscaba se encontrarían, por lo tanto, en las conclusiones de las investigaciones.
Tal vez la policía ya conocía incluso las circunstancias de la muerte de Sergio Y. Ya sabía quién lo había matado y por qué razones. De haberse concluido la investigación, yo podría tener acceso a por lo menos algunas respuestas.
En algún lugar del sistema judicial de Manhattan debían constar los registros del supuesto homicidio. De haberse procedido contra algún sospechoso, existirían también datos sobre el proceso judicial. Con suerte, hasta habría declaraciones de testigos. En los registros de la justicia neoyorquina era donde saciaría mi curiosidad sobre las circunstancias de la muerte de Sergio Y.
Texto original en portugués: Vidal Porto, Alexandre, Sergio Y. vai à América,
São Paulo, Companhia das Letras, 2014, pp. 57-64
Foto: Ryan Stevenson (tomada de aquí)

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