viernes, 4 de febrero de 2022

Gestalt - Hilda Hilst


 


 

 

Absorto, centrado en el nudo de las trigonometrías, meditando múltiples cuadriláteros, centrado él mismo en el cuadrado del cuarto, las superficies de cal, los triángulos de acrílico, pendiendo en el espacio de unos hilos finos los polígonos, Isaiah, el matemático, ceño lanuginoso, se inquietó cuando descubrió al cerdo. Oscura, blanda, su lisura, en los muslos diminutas rugosidades, existiendo en ronquidos, en cortos trotes gordos, torpes, el ser del cerdo estaba allí. Y porque el cerdo estaba efectivamente allí, pensarlo le parecía lógico a Isaiah, y empezó por pensar spinozismos: "entre dos cosas que nada tienen en común entre sí, no puede una ser causa de la otra". Pero, poco a poco, remirando con apetencia pensante la hociquez y oscuridades del cerdo, le pareció inadecuado para su propio instante el Spinoza citado aquí arriba, se acercó y, de cuclillas, ojo-avizor, ensayó pequeñas frases chuecas, memorioso: si acaso estás aquí, dentro de mi evidencia, en este cuarto, actuando en mi propia circunstancia, y efectivamente estás y actúas, dime por qué. En las cuatro patas una tensión muy estirada, en las blanduras de la garganta ruidos chiquitos, gorjeantes, el cerdo de Isaiah se abstuvo de responder a tales rigorismos, pero hociqueó de Isaiah los zapatos, posó nalgas y ancas con cierta timidez y cuando el hombre trató de alisarlo como se hace con los gatos, con los perros, salió disparado otra vez en un correr gordo, torpe, y desde allá desde la otra esquina de nuevo una tensión muy estirada y ruidos chiquitos, gorjeantes. Bueno, ahí está. Maíz, papas, una lata de agua y lamento mucho que no haya tierra para un chapuzón más hondo, de hocico. Retomó dígitos, figuras, hipótesis, progresiones, anotaba sus cálculos con tinta morada, ceremoniosa, canónica, pulcro episcopal Isaiah, limpió excremento del cerdo, muy sobrio, humildoso, sobrio ahora también el cerdo un poco triste restregándose en los rincones, un tierno aguarse en los ojos y, por eso, Isaiah se acordó de sí mismo, niño, y del lamento de su padre al verlo. Immer krank parece, immer krank, siempre enfermo parece, siempre enfermo, eso decía su padre en su lengua. Está enfermo, ¿no, Hilde? Hilde, su madre, sonreía, Ach nein, es pequeño, es un niño, y cuando aún somos así siempre algo tememos, no está enfermo, Karl, es el miedo. Isaiah fue endulzando su voz, te voy a poner un nombre, ven, no te haré más preguntas, ven, y él fue, el cerdo, su anca tremulosa rozó las pantorrillas de Isaiah, Isaiah se agachó, redondo de caricias fue entibiando la lisura del cuero, y mimos y palabras, y entonces descubrió que era una cerda, el cerdo. He de decirles que en regocijo convivió con Hilde toda su vida. Le puso el nombre de su madre en homenaje a aquella frase remota: siempre algo tememos. Y la mañana de un domingo celebró sus esponsales. Un paréntesis he de permitirme antes de acabar: Isaiah fue plena, visceral, lindamente feliz. Hilde también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario