Capítulo I – De una idea mirífica
Cuenta un viejo manuscrito benedictino que el Diablo, cierto
día, tuvo la idea de fundar una iglesia. Aunque sus ganancias eran continuas y
grandes, se sentía humillado por el papel independiente que llevaba siglos
ejerciendo, sin organización, sin reglas, sin cánones, sin ritual, sin nada.
Vivía, por así decirlo, de los remanentes divinos, de los descuidos y obsequios
humanos. Nada fijo, nada regular. ¿Por qué no iba a tener él su iglesia? Una
iglesia del Diablo sería el medio eficaz de combatir a las otras religiones y
destruirlas de una vez por todas.
—Sea pues, una iglesia —concluyó—.
Escritura contra Escritura, breviario contra breviario. Tendré mi misa, con
vino y pan en abundancia, mis prédicas, bulas, novenas y todo el demás aparato
eclesiástico. Mi credo será el núcleo universal de los espíritus; mi iglesia, una tienda de Abraham. Y además, mientras las otras religiones se combaten y se
dividen, mi iglesia será única; no me toparé ni con Mahoma ni con Lutero. Hay
muchos modos de afirmar; hay sólo uno de negarlo todo.
Diciendo esto, el Diablo meneó la cabeza y
extendió los brazos con un gesto magnífico y varonil. Luego se acordó de visitar
a Dios para comunicarle la idea y desafiarlo. Alzó los ojos inflamados de odio,
ásperos de venganza, y se dijo:
—Vamos, ha llegado el momento.
Y rápido, batiendo sus alas con tanto estruendo que estremeció a todas las provincias del abismo, despegó de la sombra hacia el
azul infinito.
Capítulo II — Entre Dios y el Diablo
Dios acogía a un anciano, cuando el Diablo llegó al cielo.
Los serafines que enguirnaldaban al recién llegado se detuvieron al instante, y
el Diablo se quedó en la entrada con los ojos puestos en el Señor.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó
éste.
—No vengo por vuestro siervo Fausto —respondió
el Diablo riendo—, sino por todos los Faustos del siglo y de los siglos.
—Explícate.
—Señor, la explicación es fácil. Pero
permitid que os diga esto: acoged primero a ese buen anciano, dadle el mejor
lugar, ordenad que las cítaras y laúdes más afinados lo reciban con los más
divinos coros...
—¿Sabes lo que hizo? —preguntó
el Señor, con los ojos llenos de dulzura.
—No, pero probablemente es uno de los
últimos que vendrán aquí. Dentro de no mucho tiempo, el cielo estará como una
casa vacía debido a su precio, que es elevado. Voy a edificar una pensión
barata; en dos palabras, voy a fundar una iglesia. Estoy cansado de mi
desorganización, de mi reinado causal y adventicio. Es tiempo de alcanzar una
victoria final y completa. Así que vine a decíroslo con lealtad, para que no me
acuséis de simulación... Es una buena idea, ¿no os parece?
—Viniste a decírmelo, no a legitimarlo —advirtió
el Señor.
—Tenéis razón —acudió el Diablo—. Pero
al amor propio le gusta escuchar el aplauso de los maestros. Cierto es que en
este caso sería el aplauso de un maestro derrotado, y semejante exigencia...
Señor, bajo a la tierra. Voy a poner mi primera piedra.
—Ve.
—¿Queréis que venga a anunciaros la
conclusión de la obra?
—No hace falta. Me bastará con que me
digas desde ya por qué motivo, cansado desde hace tanto tiempo de tu
desorganización, no habías pensado hasta ahora en fundar una iglesia.
El Diablo sonrió con cierto aire de
escarnio y triunfo. Tenía alguna idea cruel en el espíritu, algún reparo
picante en la alforja de la memoria, algo que, en ese breve instante de la
eternidad, lo hacía creerse superior a Dios mismo. Pero contuvo la risa y dijo:
—Sólo ahora concluí una observación que
comencé hace algunos siglos, y es que las virtudes, hijas del cielo, son en
gran número comparables a reinas cuyo manto de terciopelo rematara en puntas de
algodón. Ahora bien, yo me propongo jalarlas por esas puntas y traerlas todas a mi
iglesia; tras ellas vendrán las de seda pura.
—¡Viejo retórico! —murmuró el Señor.
—Mirad bien. Muchos cuerpos que se
arrodillan a vuestros pies en los templos del mundo traen puestos los polisones
de la sala y de la calle, los rostros se maquillan con el mismo polvo, las
sábanas huelen a los mismos olores, las pupilas centellean de curiosidad y
devoción entre el libro santo y el bigote del pecado. Mirad el ardor —la
indiferencia, al menos— con que ese caballero inscribe en letras públicas los beneficios que
liberalmente distribuye— sean éstos ropa o botas, o monedas, o cualesquiera de
esas materias necesarias para la vida... Pero no quiero que parezca que me
detengo en pequeñeces; no hablaré, por ejemplo, de la placidez con que ese juez
de hermandad, en las procesiones, lleva piadosamente en el pecho vuestro amor y
una manda... Hablaré de asuntos más elevados...
Entonces los serafines agitaron las alas pesadas
de hastío y de sueño. Miguel y Gabriel dirigieron al Señor una mirada de
súplica. Dios interrumpió al Diablo.
—Eres vulgar, que es lo peor que puede sucederle
a un espíritu de tu especie —le replicó el Señor—. Todo lo que dices o digas lo
han dicho y redicho los moralistas del mundo. Es un tema trillado. Si no tienes
fuerza ni originalidad para renovar un tema trillado, será mejor que te calles
y te retires. Mira: todas mis legiones muestran en el rostro signos vivos del
tedio que les infundes. Incluso este anciano parece mareado. ¿Y sabes qué hizo?
—Ya os dije que no.
—Después de una vida honesta, tuvo una muerte
sublime. En medio de un naufragio, iba a salvarse en una tabla. Pero vio a una
pareja de novios en la flor de la vida, que ya se debatían con la muerte. Les
dio la tabla de salvación y se hundió en la eternidad. Sin público: el agua y,
arriba, el cielo. ¿Dónde ves, aquí, las puntas de algodón?
—Señor, yo soy, como sabéis, el espíritu que
niega.
—¿Niegas esta muerte?
—Lo niego todo. La misantropía puede tomar el
aspecto de la caridad. Dar la vida por otros, para un misántropo, significa, de
hecho, aborrecerlos...
—¡Retórico y sutil! —exclamó el Señor— Anda, anda,
funda tu iglesia; llama a todas las virtudes, recoge todas las puntas, convoca
a todos los hombres... Ve, anda, anda.
En vano, el Diablo intentó proferir algo más.
Dios le había impuesto silencio; los serafines, a una señal divina, llenaron el
cielo con las armonías de sus cánticos. El Diablo sintió, de repente, que se
encontraba en el aire; plegó las alas y, como un rayo, cayó sobre la tierra.
Capítulo III — La buena nueva a los hombres
Una vez en la tierra, el Diablo no perdió un minuto. Se
apresuró a meterse en la cogulla benedictina, como hábito de buena fama, y se
puso a difundir una doctrina nueva y extraordinaria con una voz que retumbaba
en las entrañas del siglo. Prometía a sus discípulos y fieles las delicias de
la tierra, todas las glorias, los deleites más íntimos. Confesaba que era el
Diablo; pero lo confesaba para rectificar la noción que los hombres tenían de
él y desmentir las historias que contaban a su respecto las viejas beatas.
—Sí, soy el Diablo —repetía—. No
el diablo de las noches sulfúreas, de los cuentos somníferos, el terror de los
niños, sino el diablo verdadero y único, el genio mismo de la naturaleza, a
quien le pusieron ese nombre para ahuyentarlo del corazón de los hombres.
Miradme aquí, gentil y airoso. Soy vuestro verdadero padre. Vamos: tomad ese
nombre, inventado para mi desdoro, haced de él un trofeo y un estandarte, y yo
os daré todo, todo, todo, todo, todo...
Así hablaba, al principio para excitar el
entusiasmo, espabilar a los indiferentes, congregar, en suma, las multitudes a
sus pies. Y éstas llegaron; y en cuanto llegaron, el Diablo pasó a definir su
doctrina. La doctrina era la que podía ser en la boca de un espíritu de
negación. Eso en cuanto a substancia, porque en cuanto a forma, era unas veces
sutil, otras cínica y deslavada.
Clamaba él que las virtudes aceptadas
debían ser sustituidas por otras, que eran las naturales y legítimas. La
soberbia, la lujuria, la pereza fueron rehabilitadas, y lo mismo la avaricia,
que declaró ser, ni más ni menos, la madre de la economía, con la única
diferencia de que la madre era robusta y la hija, escuálida. La mejor defensa
de la ira era la existencia de Homero; sin el furor de Aquiles, no habría Iliada: “Canta, musa, la cólera de del
pelida Aquiles”... Lo mismo dijo la gula, que produjo las mejores páginas de
Rabelais, y muchos buenos versos del Hissope;
virtud tan superior, que nadie recuerda las batallas de Lúculo, sino sus cenas:
fue la gula la que realmente lo hizo inmortal. Pero, aún haciendo a un lado
estas razones de orden literario o histórico, para no exponer sino el valor
intrínseco de esa virtud, ¿quién negaría que es mucho mejor sentir en la boca y
en el vientre los buenos manjares, en gran copia, que los malos bocados o la
saliva del ayuno? Por su parte, el Diablo prometía sustituir la viña del Señor,
expresión metafórica, por la viña del Diablo, locución directa y verdadera,
pues no faltaría nunca a los suyos el fruto de las más bellas cepas del mundo.
En cuanto a la envidia, pregonó fríamente que se trataba de la virtud
principal, origen de prosperidades infinitas; virtud preciosa, que llegaba a
suplir a todas las demás, incluso al talento mismo.
Las turbas corrían tras él entusiasmadas.
El diablo les inculcaba, con grandes golpes de elocuencia, todo el nuevo orden
de cosas, alterando la noción de las mismas, haciendo que amaran las perversas
y detestaran las sanas.
Nada más curioso, por ejemplo, que su
forma de definir el fraude. Lo llamaba el brazo izquierdo del hombre; el brazo
derecho era la fuerza. Y concluía: Muchos hombres son zurdos, eso es todo. Ahora
bien, él no exigía que todos fueran zurdos; no era exclusivista. Que unos
fueran zurdos, otros diestros: a todos los aceptaría, menos a los que no fueran
nada. La demostración, no obstante, más rigurosa y profunda, fue la de la
venalidad. Un casuista de aquel tiempo llegó a confesar que constituía un
monumento de la lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un
derecho superior a todos los derechos. Si puedes vender tu casa o tu vaca, tu
zapato, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica y legal, pero
que, en todo caso, están fuera de ti, ¿cómo no vas a poder vender tu opinión,
tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia consciencia,
esto es, son tú mismo? Negarlo sería caer en el absurdo y la contradicción.
Pues, ¿no hay mujeres que venden su cabello?, ¿no puede un hombre vender una
parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? Y la sangre y el
cabello, partes físicas, ¿van a tener un privilegio que se le niega al
carácter, a la fracción moral del hombre? Demostrando así el principio, el
Diablo no tardó en exponer las ventajas de orden temporal o pecuniario. Después,
mostró también que, en vistas del prejuicio social, convendría disimular el
ejercicio de un derecho tan legítimo, lo cual equivaldría a ejercer al mismo
tiempo la venalidad y la hipocresía, esto es, a merecer por partida doble.
Y subía, y bajaba, lo examinaba todo, lo
rectificaba todo. Como es evidente, combatió el perdón de las ofensas y otras
máximas de suavidad y cordialidad. No prohibió formalmente la calumnia
gratuita, pero indujo a ejercerla mediante retribución, ya fuese pecuniaria o
de otra especie. En aquellos casos en los que, no obstante, la calumnia fuera
una expansión imperiosa de la fuerza imaginativa, y nada más, prohibía la
recepción de cualquier salario, pues sería como recibir un pago por la transpiración.
Todas las formas de respeto fueron condenadas por él, como elementos posibles
de un cierto decoro social y personal, salvo el interés, como única excepción.
Pero esta misma excepción se suprimió pronto, porque se consideró que el
interés, al convertir el respeto en simple adulación, era el sentimiento
aplicado en vez de aquél.
Para rematar su obra, el Diablo consideró que
le correspondía erradicar toda la solidaridad humana. En efecto, el amor al
prójimo era un obstáculo grave para la nueva institución. El Diablo mostró que
esta regla era una simple invención de los parásitos y negociantes insolventes.
No se debía profesar al prójimo sino indiferencia; en algunos casos, odio o
desprecio. Llegó incluso a demostrar que la noción de prójimo era errónea, y
citaba esta frase de un padre de Nápoles, el fino y letrado Galiani, que
escribía a una de las marquesas del antiguo régimen: “¡Maldito sea el prójimo!
¡El prójimo no existe!”. El
único caso en que permitía que se amara al prójimo era cuando se trataba de
amar a las damas ajenas, porque esa especie de amor tenía la particularidad de
no ser otra cosa que el amor del individuo por sí mismo. Y como a algunos
discípulos les parecía que semejante explicación, por metafísica, escapaba a la
comprensión de las turbas, el Diablo recurrió a un apólogo:
—Cien personas toman las acciones de un
banco para las operaciones comunes, pero en realidad a cada accionista no le
preocupan mas que sus propios dividendos. Eso es lo que sucede con los
adúlteros.
Este apólogo se incluyó en el libro de la
sabiduría.
Capítulo IV — Puntas y puntas
La previsión del Diablo se verificó. Todas las virtudes cuya capa de terciopelo
acababa en puntas de algodón, una vez jaladas por las puntas, mandaban la capa
a las ortigas e iban a alistarse en la nueva iglesia. Tras ellas fueron
llegando las demás, y el tiempo bendijo a la institución. La iglesia se había
fundado; la doctrina se propagaba, no había región del globo que no la
conociera, lengua a la que no se tradujera, raza que no la amara. El Diablo dio
gritos de triunfo.
Pero un día, largos años después, el
Diablo notó que muchos de sus fieles, a escondidas, practicaban las antiguas
virtudes. No las practicaban todas, ni del todo, sino algunas, por partes y,
como digo, en secreto. Había glotones que se recogían a comer frugalmente tres
o cuatro veces al año, precisamente en los días de precepto católico; muchos
avaros daban limosnas por la noche o en las calles poco transitadas; varios
dilapidadores del erario restituían pequeñas cantidades; los embusteros
hablaban una que otra vez con el corazón en la mano, pero con la misma cara de
disimulo, para hacer creer que estaban estafando a los demás.
El descubrimiento asombró al Diablo. Se
dio a la tarea a investigar más directamente el mal, y pudo ver que estaba muy
propagado. Algunos casos eran incluso incomprensibles, como el de un farmacéutico
de Levante que había envenenado largamente a una generación entera y, con el
producto de las drogas, socorría a los hijos de las víctimas. En el Cairo
encontró a un perfecto ladrón de camellos que se cubría la cara para ir a las
mezquitas. El diablo se topó con él a la entrada de una, le echó en cara su
proceder; él lo negó, diciendo que iba allí a robarle el camello a un dragomán,
se lo robó, en efecto, a la vista del Diablo, y fue a regalárselo a un muecín,
que rezó por él a Alá. El manuscrito benedictino cita muchos otros
descubrimientos extraordinarios, entre ellos éste, que desorientó por completo
al Diablo. Uno de sus mejores apóstoles era un calabrés, varón de cincuenta
años, insigne falsificador de documentos, que poseía una hermosa casa en la llanura
romana, lienzos, estatuas, una biblioteca, etc. Era el fraude en persona:
llegaba a meterse en la cama para no confesar que estaba sano. Pues ese hombre
no sólo no hacía trampa en el juego, sino que incluso daba gratificaciones a sus
criados. Habiéndose granjeado la amistad de un canónigo, iba todas las semanas
a confesarse con él en una capilla solitaria; y, aunque no le revelaba ninguna
de sus acciones secretas, se santiguaba dos veces, al arrodillarse y al
levantarse. El diablo casi no pudo creer tamaña alevosía. Pero no había lugar a
dudas: el caso era verdadero.
No se detuvo un instante. El pasmo no le
dio tiempo de reflexionar, comparar y concluir a partir del espectáculo
presente alguna analogía con el pasado. Voló otra vez al cielo, trémulo de
rabia, ansioso por conocer la causa secreta de tan singular fenómeno. Dios lo
escuchó con infinita complacencia; no lo interrumpió, no lo reprendió, ni
siquiera se mostró triunfal ante aquella agonía satánica. Posó los ojos en él y
le dijo:
—¿Qué quieres, mi pobre Diablo? Las capas de
algodón tienen ahora puntas de seda, como las de terciopelo tuvieron puntas de
algodón. ¿Qué quieres? Es la eterna contradicción humana.
[1] Texto en portugués: Machado de Assis, Joaquim Maria, “A
igreja do Diabo”, en: Machado de Assis, Contos,
uma antologia, (comp.: John Gledson), São Paulo, Companhia das Letras,
1998, vol. 2, pp. 11-19.

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