jueves, 20 de julio de 2017

La segunda vida - Machado de Assis





Monseñor Caldas interrumpió el relato del desconocido:

—¿Me permite? Sólo un momento.


Se levantó, fue al interior de la casa, llamó al viejo negro que lo servía y le dijo en voz baja:


—João, ve ahí a la estación de guardias urbanos, habla con el comandante de mi parte y pídele que venga con uno o dos hombres para librarme de un chiflado. Anda, ve deprisa.

Y volviendo a la sala:


—Listo —dijo—. Podemos continuar.


—Como iba diciéndole a Su Reverendísima, morí el día veinte de marzo de 1860 a las cinco cuarenta y tres minutos de la mañana. Tenía entonces sesenta y ocho años de edad. Mi alma voló por el espacio hasta perder de vista la Tierra, dejando muy abajo a la luna, las estrellas y el sol; se internó finalmente en un espacio en el que ya no había nada, estaba iluminado tan sólo por una luz difusa. Seguí subiendo, y comencé a ver un puntito más luminoso, lejos, muy lejos. El punto creció, se hizo sol. Me metí por allí sin arder, porque las almas son incombustibles. ¿La suya se ha quemado alguna vez?

—No, señor.

—Son incombustibles. Fui subiendo, subiendo; a la distancia de cuarenta mil leguas, escuché una música deliciosa y, en cuanto llegué a las cinco mil leguas, descendió un enjambre de almas que me transportó en un palanquín hecho de éter y de plumas. Al poco tiempo entré en el nuevo sol, que es el planeta de los virtuosos de la tierra. No soy poeta, monseñor; no osaría describirle las magnificencias de aquella estancia divina. Y aun si fuera poeta no podría, haciendo uso del lenguaje humano, transmitirle la emoción de la grandeza, del deslumbramiento, de la felicidad, los éxtasis, las melodías, los arrojos de luz y de colores, una cosa indefinible e incomprensible. Tendría usted que verla. Allá adentro me enteré de que conmigo se completaba otro millar de almas; tal era el motivo de las fiestas extraordinarias que me dispensaron, y que duraron dos siglos o, según nuestro cómputo, cuarenta y ocho horas. Al final, concluidas las fiestas, me invitaron a volver a la tierra para cumplir con una nueva vida: era el privilegio de cada alma que cerraba el millar. Respondí negándome, agradecido, pero no era posible negarse. Era una ley eterna. La única libertad que me dieron fue la de elegir el receptáculo: podía nacer príncipe o conductor de transporte colectivo. ¿Qué hacer? ¿Qué hubiera hecho Su Reverendísima en mi lugar?

—No podría saberlo; depende...

—Tiene razón; depende de las circunstancias. Pero imagine que las mías eran tales que no me daba gusto volver aquí. Fui víctima de la inexperiencia, monseñor, tuve una mala vejez por esa razón. Entonces recordé lo que siempre había oído decir a mi padre y a otras personas mayores cuando veían algún muchacho: “¡Quién me diera tener su edad, sabiendo lo que sé hoy!” Lo recordé y declaré que me resultaba indiferente nacer mendigo o potentado, con tal de nacer con experiencia. No imagina usted la risa universal con que me escucharon. Job, que allí preside la provincia de los pacientes, me dijo que semejante deseo era un disparate; pero yo insistí y vencí. Poco después, resbalé por el espacio. Tardé nueve meses en atravesarlo hasta caer en los brazos de un ama de leche y me llamé José Maria. ¿Su Reverendísima se llama Romualdo, no?

—Sí, señor: Romualdo de Sousa Caldas.


—¿No será pariente del padre Sousa Caldas?


—No, señor.


—Buen poeta, el padre Caldas. La poesía es un don; yo nunca he podido componer ni una décima. Pero vamos a lo que importa. Le contaré primero lo que me sucedió; después le diré qué es lo que espero de Su Reverendísima. Aunque si me permitiera fumar... 

Monseñor Caldas hizo un gesto de asentimiento, sin perder de vista el bastón que José Maria mantenía atravesado sobre las piernas. Éste lió lentamente un cigarro. Era un hombre de treinta y pocos años, pálido, con una mirada unas veces suave y apagada; otras, inquieta y centelleante. Se le había aparecido allí, cuando el padre acababa de comer y le había pedido audiencia para un asunto grave y urgente. Monseñor lo hizo entrar y sentarse; pasados diez minutos, comprendió que estaba ante un lunático. Perdonaba la incoherencia de sus ideas o el asombro de sus invenciones; podrían servirle incluso de materia de estudio. Pero el desconocido había tenido un asomo de rabia que le había metido miedo al pacato clérigo. ¿Qué podrían hacer él y el negro, ambos viejos, contra cualquier agresión de un hombre fuerte y loco? Mientras esperaba el auxilio policiaco, monseñor Caldas se deshacía en sonrisas y asentimientos, se sorprendía con él y se alegraba con él, política útil con los locos, las mujeres y los potentados. José Maria encendió finalmente el cigarro y continuó:

—Renací el cinco de enero de 1861. No le diré nada de mi nueva niñez, porque entonces la experiencia no tuvo más que una forma instintiva. Mamaba poco; lloraba menos de lo que podía para que no me dieran sopapos. Empecé a caminar tarde, por miedo de caerme, y de ahí me vino una cierta debilidad en las piernas. Correr y rodar, trepar árboles, saltar muros, intercambiar golpes, nada de eso hice, por temor a las contusiones y a la sangre. Para serle franco, tuve una infancia aburrida, y la escuela no lo fue menos. Me llamaban tonto y blandengue. En efecto, vivía huyendo de todo. Y créame: durante ese tiempo no resbalé, pero tampoco corría nunca. Le doy mi palabra, fue un tiempo de hastío; y, si comparo las cabezas rotas de otro tiempo con el tedio actual, antes las cabezas rotas. Crecí, me convertí en un joven, llegué a la etapa de los amores... No se asuste; seré casto como la primera cena. ¿Su Reverendísima sabe lo que es una cena de jóvenes hombres y mujeres?

—¿Cómo quiere que sepa...?

—Tenía diecinueve años —continuó José Maria— y no imagina el asombro de mis amigos cuando declaré que estaba listo para ir a una de esas cenas... Nadie esperaba semejante cosa de un joven tan cauteloso, que huía de todo, de acostarse tarde, de dormir en exceso, de caminar a solas durante las horas muertas, que vivía, por así decirlo, dando tanteos. Fui a la cena: era en el Jardín Botánico, una cosa espléndida. Comida, vino, luces, flores, la alegría de muchachos, los ojos de las damas y, por si fuera poco, un apetito de veinte años. ¿Me creerá si le digo que no comí nada? El recuerdo de tres indigestiones sufridas cuarenta años antes, en mi primera vida, me hizo contenerme. Mentí diciendo que estaba indispuesto. Una de las damas vino a sentarse a mi derecha para curarme; otra se levantó también y se me acercó por la izquierda con el mismo fin. “Tú lo curas de un lado, yo lo curo del otro”, dijeron. Eran joviales, frescas, astutas, y tenían fama de devorar el corazón y la vida de los jóvenes. Le confieso que tuve miedo y me retraje. Ellas hicieron de todo, de todo; pero fue en vano. Volví a casa en la mañana enamorado de ambas, sin ninguna de ellas y muerto de hambre. ¿Qué le parece? —concluyó José Maria poniéndose las manos sobre las rodillas y arqueando los codos hacia afuera.

—En efecto...

—No le diré nada más: Su Reverendísima adivinará el resto. Mi segunda vida es así, una juventud expansiva e impetuosa frenada por una experiencia virtual y tradicional. Vivo como Eurico, atado a su propio cadáver... No, no es una buena comparación. ¿Cómo diría usted que vivo?

—Soy poco imaginativo. Supongo que vive como un pájaro, agitando las alas y amarrado por los pies...

—Exacto. ¿Poco imaginativo? Dio con la fórmula: eso es, precisamente. Un pájaro, un gran pájaro, agitando las alas, así...

José Maria se puso de pie y sacudió los brazos a manera de alas. Al ponerse de pie, el bastón cayó al suelo, pero él no hizo caso. Siguió agitando los brazos parado frente al padre y diciendo que eso era, precisamente: un pájaro, un gran pájaro... Cada vez que se golpeaba los muslos con los brazos, levantaba los talones, imprimiéndole a su cuerpo un movimiento cadencioso, y mantenía los pies unidos para representar que estaban amarrados. Monseñor aprobaba con la cabeza; al mismo tiempo, aguzaba el oído para ver si escuchaba pasos en la escalera. Todo en silencio. Sólo le llegaban los ruidos de afuera: carros y carretas que bajaban, vendedoras pregonando verduras y el piano de algún vecino. José Maria se sentó finalmente, tras recoger su bastón, y prosiguió en estos términos:

—Un pájaro, un gran pájaro. Para que vea lo afortunada que es su comparación, bastará con la aventura que me trae aquí: un caso de conciencia, una pasión, una mujer, una viuda: doña Clemência. Tiene veintiséis años, unos ojos sin fin, no en cuanto a tamaño, sino en cuanto a expresión y dos pinceladas de bozo completan su fisionomía. Es hija de un profesor jubilado. Los vestidos negros le quedan tan bien que a veces le digo riendo que no enviudó más que para andar de luto. ¡Es broma! Nos conocimos hace un año en casa de un hacendado de Cantagalo. Salimos enamorados uno del otro. Ya sé lo que me va a preguntar: que por qué no nos casamos, si ambos éramos libres...

—Sí señor.

—¡Pero hombre de Dios! Ése es precisamente el tema de mi aventura. Somos libres, nos queremos y no nos casamos: tal es la situación tenebrosa que vengo a exponer a Su Reverendísima, y que su teología, o lo que sea, explicará, si es que puede. Volvimos a Rio de Janeiro enamorados. Clemência vivía con su anciano padre y un hermano empleado en el comercio; entablé relaciones con ambos y empecé a frecuentar su casa, en Matacavalos. Miradas, apretones de mano, unas palabras sueltas, otras palabras concatenadas, una frase, dos frases y ya estábamos amorosos y confesados. Una noche, al pie de la escalera, nos dimos el primer beso... Perdone usted estas cosas, monseñor; haga de cuenta que me está oyendo en confesión. Y no se lo cuento sino para añadir que salí de ahí mareado, desvariando, con la imagen de Clemência en la cabeza y el sabor del beso en la boca. Anduve errante un par de horas, planeando una vida sin par; decidí pedir su mano al final de esa semana y casarme dentro de un mes. Llegué hasta los últimos detalles, redacté y decoré mentalmente las tarjetas de invitación. Entré a mi casa pasada la media noche y toda esa fantasmagoría voló como las metamorfosis representadas en las viejas obras de teatro. A ver si adivina cómo.

—No alcanzo a...

—Mientras me quitaba el chaleco, consideré que el amor podía acabarse deprisa; ya se ha visto algunas veces. Al quitarme las botas, recordé algo peor: lo que podía quedar era hastío. Terminé de prepararme para dormir, encendí un cigarro y, reclinado en el canapé, pensé que la costumbre y la convivencia, podían salvarlo todo; pero poco después advertí que nuestras dos índoles podían ser incompatibles; ¿y qué hacer con dos índoles incompatibles e inseparables? Pero bueno, hice a un lado todo eso, porque la pasión era grande, violenta; me imaginé casado, con un lindo hijito... ¿Uno? Dos, seis, ocho; podían venir ocho, podían venir diez; algunos lisiados. También podía venir una crisis, dos crisis, la escasez de dinero, la penuria, las enfermedades; podía venir alguna de esas afecciones espurias que perturban la paz doméstica... Lo consideré todo y concluí que lo mejor sería no casarme. Lo que no puedo describirle es mi desesperación; no tengo expresiones para contarle lo que padecí esa noche... ¿Me permite fumar otro cigarro?

No esperó la respuesta, lió el cigarro y lo encendió. Monseñor no podía dejar de admirar aquella cabeza, hermosa pese al desaliño propio de su estado; al mismo tiempo, notó que hablaba con cortesía, y que, a pesar de sus exabruptos mórbidos, tenía modales. ¿Quién diablos sería ese hombre? José Maria continuó con su historia, dijo que no fue a la casa de Clemência durante seis días, pero que no pudo resistirse a las cartas y a las lágrimas. Al cabo de una semana, corrió hacia ella y se lo confesó todo, todo. Ella lo escuchó con mucho interés y quiso saber qué debía hacer para acabar con tantas preocupaciones, qué prueba de amor quería que ella le diera. La respuesta de José Maria fue una pregunta.

—“¿Estás dispuesta a hacer un gran sacrificio por mí?”, le dije. Clemência juró que sí. “Pues bien, rompe con todo, con tu familia y con la sociedad; vente a vivir conmigo; nos casaremos después de ese noviciado”. Comprendo que Su Reverendísima me mire con esos ojos de sorpresa. Los de ella se llenaron de lágrimas; pero, aún humillada, lo aceptó todo. Vamos, confiese que soy un monstruo.

—No, señor...

—¿Cómo no? Soy un monstruo. Clemência se fue a mi casa y no se imagina las fiestas con que la recibí. “Lo dejo todo”, me dijo ella; “tú eres para mí el universo”. Yo le besé los pies, le besé los tacones de los zapatos. No se imagina mi contento. Al día siguiente, recibí una carta ribeteada de negro: era la noticia de la muerte de un tío mío, en Santa Ana do Livramento, que me dejaba veinte mil millones. Quedé fulminado. “Entiendo”, le dije a Clemência, “lo sacrificaste todo porque sabías lo de la herencia”. Esta vez, Clemência no lloró, se armó de valor y se marchó. Fui tras ella avergonzado, le pedí perdón; ella resistió. Un día, dos días, tres días, todo fue en vano. Clemência no cedía en nada, ni siquiera me hablaba. Entonces le declaré que me mataría; compré un revólver, fui a verla y se lo enseñé: es éste.

Monseñor Caldas palideció. José Maria le mostró el revólver durante algunos segundos, volvió a metérselo en el bolsillo y continuó:

—Llegué a disparar. Ella, asustada, me desarmó y me perdonó. Acordamos acelerar la boda y yo, por mi parte, impuse una condición: donar los vente mil millones a la Biblioteca Nacional. Clemência se arrojó a mis brazos y me dio su aprobación con un beso. Doné los vente mil millones. Ha de haberlo leído en los periódicos... Tres semanas después nos casamos. Su Reverendísima respira como si hubiera llegado al final. ¡Cuál! es ahora cuando llegamos a la parte trágica. Pero puedo abreviar algunas particularidades, suprimir otras; me limitaré a Clemência. No le hablaré de otras emociones truncas, que son todas mías, abortos de placer, planes que se desvanecen en el aire, ni de las ilusiones con la falda rota, ni del pájaro aquél... plas... plas... plas...

Y, de un salto, José Maria se puso otra vez de pie, agitando los brazos e imprimiéndole a su cuerpo un movimiento cadencioso. Monseñor Caldas sudaba frío. Al cabo de algunos segundos, José Maria se detuvo, se sentó y reanudó su relato, ahora más difuso, más disperso, evidentemente más delirante. Contaba los sustos con los que que vivía, disgustos y desconfianzas. No podía comerse un higo a mordidas, como antes; la sospecha del gusano contrarrestaba el sabor. No creía en las caras alegres de la gente que iba por la calle: preocupaciones, deseos, odios, tristezas y otras cosas iban disimuladas bajo unas tres cuartas partes de aquellas sonrisas. Vivía temiendo engendrar un hijo ciego o sordomudo o tuberculoso o asesino. No podía ofrecer una cena sin ponerse triste justo al terminar la sopa por el temor de que una palabra suya, un gesto de su mujer o cualquier error del servicio pudiera sugerir el epigrama digestivo en la calle a la luz de un farol. La experiencia le había legado el horror al escarnio. Le confesaba al padre que, en realidad, hasta entonces no había ganado nada; al contrario, incluso había perdido, porque había llegado a la sangre... Iba a contarle el caso de la sangre. La noche anterior se había acostado temprano y había soñado... ¿Con quién creía el padre que había soñado?

—No atinaría...

—Soñé que el Diablo me leía el Evangelio. Al llegar al punto en que Jesús habla de los lirios del campo, el Diablo cortó algunos y me los dio. “Toma”, me dijo: “son los lirios de la escritura, como escuchaste; ni Salomón, en toda su pompa, pudo igualarlos. Salomón es la sapiencia. ¿Y sabes qué son estos lirios, José? Son tus veinte años”. Los observé encantado; eran más hermosos de lo que usted podría imaginar. El Diablo los tomó, los olió y me dijo que los oliera también. Qué le digo; al momento de acercarlos a mi nariz, vi salir de su interior un reptil hediondo y torpe, solté un grito y arrojé lejos las flores. Entonces, el diablo, descerrajando una formidable carcajada, me dijo: “José Maria, son tus veinte años”. Era una carcajada así: ...ja, ja, ja, ja, ja...

José Maria se reía a rienda suelta, se reía de un modo estridente y diabólico. De repente se detuvo. Se levantó y contó que, tan pronto como abrió los ojos, vio a su mujer frente a él, afligida y despeinada. Los ojos de Clemência eran dulces, pero los ojos dulces, dijo él, también hacen mal. Ella se arrojó a sus pies... En este punto, la expresión de José Maria estaba tan trastornada que el padre, también de pie, empezó a retroceder, trémulo y pálido.

—¡No, miserable! ¡no! ¡tú no te me vas a escapar! gritaba José Maria, embistiendo contra él. Tenía los ojos desorbitados, las sienes palpitantes; el padre iba retrocediendo... retrocediendo... Por la escalera, en ascenso, se oía un ruido de espadas y de pies.

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