Aristóteles de Souza era un sabio. Había recibido, en la pila del bautismo, un nombre significativo, vaticinio sobre pedido de sus padres sin grave ofensa a la modestia, pues la restricción triste del apellido venía al punto a atenuar los compromisos así asumidos.
Pese a todo, seguía llamándose Aristóteles, aunque de Souza.
Lo dominaba la avidez de conocer como un vicio insaciable. Tenía sed de ideas, hambre de páginas; había algo de termita en su apetito. ¡Oh, si le fuera dado vivir entre la compresión erudita de dos capítulos de un libro cerrado, tranquilo y solo, royendo, royendo las sabrosas páginas...!
Dormía poco, comía menos, no bebía nada, excepto el exceso del agua del jarro a que se entregaba periódicamente en cristalinas orgías de asceta. No tenía afectos personales, porque la aplicación lo distraía del sentimiento; detestaba el bullicio del mundo y la preocupación de los negocios.
Pura argamasa de sabio: en los libros, de los libros, para los libros.
Como era muy rico, había confiado la administración entera de sus bienes a un albacea honrado, de esos que escasean, y, muy arriba, en el altiplano de las Paineiras, por encima de los rumores de la ciudad y las intrigas de los hombres, disfrutaba de la sensualidad espiritual de los estudios, encerrado en un gran edificio que había mandado construir ahí .
Con Aristóteles vivía un sobrino, Sancho, un muchacho amable, bien entrado en carnes, con un vientrecito de cautivadora jovialidad, poco inteligente, hablador, que se encargaba de recibir a las visitas, entretenerlas con la mejor hospitalidad posible y despacharlas atentamente antes de que les pasara por la cabeza la idea de ir a perturbar al sabio en su sabiduría.
Aristóteles rara vez hablaba con su sobrino. No se dignaba siquiera. Sancho, en compensación, lo veneraba, acatando profundamente aquella desdeñosa reserva como si del nicho de su ídolo se tratara. A los criados el sabio ni les dirigía la palabra. Gesticulaba sus deseos. Se daba a entender de maravilla.
Una vez a la semana daba audiencia a quien quisiera consultarlo sobre asuntos técnicos elevados .
Rasgo complementario: en cuanto a su físico, era la resurrección macilenta del viejo Littré.
Un LEXICON De las esdrújulas portuguesas seguido de un breve tratado de los adjetivos científicos derivados del griego y las ventajas de su empleo en el discurso, con el fin de dar precisión, sonoridad y prestigio a las frases, le había granjeado la reputación unánime de profundo que se le atribuía.
Había publicado también una monografía, entre industrial y científica, sobre las Ciudades pesqueras de Brasil, o piscicultura nacional y futuro de este ramo de aplicación de la industria humana con la continuación del tiempo y el progreso de la navegación. Esta segunda obra, que le había valido un diploma de miembro del Instituto Histórico, probaba, jugando con las estadísticas de los mercados de pescado, que el incremento de la actividad náutica hacía desaparecer a los peces, que eran ahuyentados por el rumor de las ruedas y hélices de los paquebotes hacia regiones lejanas y más tranquilas del océano.
Pese a su diploma y su renombre, Aristóteles no estaba satisfecho consigo mismo. Aunque lo aclamara el mundo entero, incluso la posteridad, aunque lo aclamaran los sabios, con crédito garantizado entre una docena de centenarios glorificadores, Aristóteles, en su sentido común, no estaba a gusto y tenía la sospecha de que no era mas que un tonto. Aristóteles… ¡sí, claro!... ¡pero de Souza…!
Y es que, pese a todos sus copiosos estudios, nunca había podido conformar un organismo unificado y armonioso: el problema de la clasificación de los conocimientos escapaba a su cerebro, intangible y sutil, en medio de todo aquel tumulto de nociones anárquicas, como el espíritu del Señor en el caos de los primeros días del mundo. El espíritu omnipotente de la síntesis se obstinaba en rechazar el fiat para las tinieblas de aquel caos.
¡Qué desesperación! Estar consciente de que sabía, de que habían entrado como torrente en su cerebro los conocimientos matemáticos, lingüísticos, históricos, geográficos, astronómicos y la física, y la química, y la historia natural, desde la investigación microscópica hasta el reconocimiento hábil y práctico de los más difíciles especimenes de los tres reinos de la naturaleza; conocer descriptivamente todas las filosofías, desde Aristóteles, el otro, hasta Aristóteles, él mismo; haber reflexionado, una a una, sobre las creencias y religiones de todos los tiempos y lugares; por no mencionar la lectura completa, imposible, de todas las literaturas en original, desde los poemas de la nieve escandinava hasta los poemas del sol del Himalaya, ¡qué desesperación ser erudito, erudito, erudito! ¡y no poder entretejer, en la rapsodia de una concepción cosmogónica del universo, tantos retazos preciosos!
Los sistemas filosóficos eran ingeniosos, lógicos, concatenados. Pero no servían, porque, aun siendo razonables, ¡eran diversos! Lo que es múltiple en opinión no es verdadero. La luz es una sola e indiscutible. Aristóteles tenía por falsos todos los conceptos debatidos. Y, como la filosofía es una polémica, allá iba él aturdido, por entre las escuelas, como un ebrio.
Pero ardía por ver en qué quedaban los pensadores para entonces afiliarse, con remordimientos, a la escuela unánime y universal de los perfectos sabios. ¿Cuándo llegaría a esta solución el Mesías?
Infortunadamente, él, Aristóteles de Souza, no disponía de la fuerza necesaria para hacer la paz entre los principios. Sólo le quedaba, quizás, resignarse a morir, ¡dolorosa contingencia!, sin conocer el adviento bendito de la Luz indiscutible y única.
Para compensar la tristeza de la decepción, Aristóteles se arrojaba a los libros con redoblada furia, intentando embriagarse en la contemplación de los hechos aislados.
El cenáculo de sus excesos de erudito hambriento era el templo.
Templo le decía Aristóteles a la biblioteca, situada al centro de la casa. Se estaba allí en un retiro de completo sosiego. La luz penetraba verticalmente por un domo de vidrios esmerilados y se dispersaba, silenciosa e igual, descendiendo por el lomo colorido de los volúmenes hasta el suelo alfombrado, donde caía suavemente, como si temiera perturbar la paz absoluta del interior.
La sala era hexagonal, de una arquitectura graciosa y opulenta. Seis libreros uniformes de madera mate tallada cubrían las paredes y rodeaban el lugar, tocando los frisos del techo con los emblemas del estudio que los adornaban: globos terrestres, teodolitos, lunetas, tinteros, trofeos de plumas y reglas artísticamente acomodados, panoplias completas de los combates del espíritu, sobre alfarrabios arrugados de páginas enormes, todo primorosamente tallado en roble.
Dos puertas comunicaban la biblioteca con los demás aposentos de la casa. Sobre las puertas se derrumbaban amplios reposteros del mismo color que la madera de los libreros. En cada uno de los seis ángulos formados por el encuentro de los libreros había una estatua.
Cuatro estatuas, pequeñas, ladeaban las puertas.
Don Quijote, de punta en blanco, delgadísimo, sentado, con la espada de caballero al cinto, heroico, clavando en la encuadernación inofensiva de los libros que había al lado opuesto el desafío de su mirada noble y triste de desfacedor de entuertos.
Hamlet de pie, con un gracioso apoyo sobre la cadera, vistiendo un traje ligero de joven hidalgo que dejaba ver hasta el muslo las largas medias de la época; la mano izquierda sobre la espada, la derecha cerrada a la altura de la barbilla, en gesto de fervorosa contención meditativa.
Por la colocación de la estatua, la mirada del príncipe sombrío iba a dar directamente en el rostro chupado y los largos bigotes desanimados de Don Quijote.
Fausto, el pobre filósofo, abatido al mismo tiempo por la decepción espiritual y por el amor intenso a la vida, simbolizada en Margarita.
Mefistófeles, al lado de Fausto, persiguiéndolo allí mismo, en la ornamentación de la biblioteca, inseparable mentor de las tinieblas, con vestuario de paje, gorro y una petulante pluma oblicua, y la ironía satánica.
Las otras dos estatuas eran colosales. Aristóteles y Shakespeare.
Las cuatro primeras descansaban sobre columnas de hierro negro; las dos últimas, sobre pedestales cuadrangulares de madera pintada de blanco.
Todas de bronce.
La de Aristóteles se envolvía en los pliegues simples y majestuosos de un manto griego. Shakespeare vestía según un grabado muy famoso que lo representa ante la corte de Inglaterra.
El cono de luz que bajaba del domo daba de lleno en los nombres grabados en los pedestales. El cuerpo de las figuras se recortaba en un crepúsculo que se oscurecía gradualmente hacia el techo; su frente apenas si se distinguía en el círculo de sombra que rodeaba el domo.
En medio de esa sombra, como dentro de una nube, se notaban confusamente rostros que miraban hacia abajo, fijamente: retratos de hombres ilustres, obras de un arte refinado, pintados en el techo sobre medallones que colgaban de las volutas de estuco, frondosamente distribuido hacia todos lados en torno al círculo luminoso del domo.
En el centro de la sala se hallaba una gran mesa rodeada de divanes.
Ahí se entregaba Aristóteles a sus furores de aplicación.
¡Qué bien le sabía el estudio, ahí en la calma del aislamiento, sin oír siquiera el murmullo susurrado de los árboles de la sierra, en íntima convivencia con los libros, aspirando el aroma de las encuadernaciones nuevas o la sagrada emanación de los infolios, perfume de los siglos!
¡Qué agradable era pasar las horas absorto, con sus obras predilectas, ferozmente excitado por la fiebre de conocer, o reclinarse con desenfado en un divan y permutar miradas de inteligencia con los rostros vivos del techo: Dante, Petrarca, Molière, Klopstock, Cervantes, Byron, Guttemberg, Kepler, Beethoven, Miguel Ángel, Kant, César, Sócrates, Lafontaine, Ariosto, Hegel, Descartes, Darwin, León X, Spencer, cien figurones del espíritu con los que intimaba nuestro sabio!
¡Qué noble entusiasmo le producían entonces las estatuas! ¿Qué bien se entendían Aristóteles y aquellos hombres de bronce, que representaban la inmortalidad del genio y de las obras geniales! En éxtasis de vanidad, mirando las esculturas, el sabio había llegado a sentirse digno también de una transfiguración. Encontraba incluso en sí mismo alguna cosa que lo acercaba a la naturaleza de aquellas estatuas. El destino de un sabio es volverse estatua tarde o temprano. En medio de aquellas figuras, Aristóteles se sentía un poco monumento, como ellas. Un extraño adormecimiento se adueñaba de sus piernas, beriberi de la gloria! ¡Y se sentía ya mitad de bronce, bronce hasta la cintura, como aquel personaje de Las mil y una noches!
Volvía en sí de golpe. ¿Cómo pensar en estatuas un pobre diablo que no había llegado a consolidar en un sistema sus propios conocimientos, el triste sabio de los retazos, contrario a la síntesis?
Lo asaltaban así, inopinadamente, dolorosos momentos de desánimo, en medio de las preocupaciones del estudio.
Quería librarse de la obsesión… ¡Ahí estaba la síntesis impasible, riéndose sarcásticamente en el Mefistófeles de bronce; riéndose de él, el espíritu de la clasificación, como la burla de la ineptitud misma, cerrándole el camino a sus aspiraciones!
***
Por más que lo intentó, Aristóteles de Souza no pudo controlar esa preocupación enferma.
La gran obra estaba por hacerse… Él se sintió arrastrado a acometerla.
Estaba perdido. Había trepado la Babel del saber y la ciencia. La altura incalculable de los problemas tallados a pico como precipicios le producía tales vértigos en el espíritu que había tenido que cerrar los ojos del pensamiento para huir del desastre.
Bien que lo intentó, pero no le fue posible. La idea fija lo esclavizó. La dificultad insistente de la solución comenzó a apesadumbrarlo como una desgracia.
Hasta que, un día, las cosas cambiaron.
En los últimos tiempos, por la noche, Aristóteles se encerraba en la biblioteca a meditar hasta muy tarde.
Cierta noche, como de costumbre, se dirigió a su sitio de trabajo. La biblioteca estaba cerrada. Aristóteles se detuvo ante la puerta.
Su sobrino, Sancho, que desde la hora de la cena notaba actitudes poco comunes en su tío, lo vio espiar por la cerradura como si quisiera distinguir alguna cosa en el interior de la biblioteca, cosa imposible, por cierto, por estar la sala sin luz y las cortinas corridas.
Convenciéndose de que nada podría ver, el sabio aplicó la oreja al orificio de la cerradura. Esta nueva observación no fue infructífera; porque Aristóteles estuvo allí un tiempo inmenso, curvado, doblado, con las manos en las rodillas, inmóvil en aquella auscultación absurda, como en la observación tenaz del más interesante de los fenómenos.
Viendo que se hacía tarde, molesto por la insistencia del sabio, el sobrino se le acercó y, temeroso de desagradarle, preguntó, muy dulcemente:
--¿No quiere descansar, tío?... Ya es tarde…
El viejo no lo oyó; Sancho repitió la invitación.
Como si se le disparara por dentro un resorte eléctrico, Aristóteles se empertigó bruscamente contra el sobrino; y rígido, derecho, imperioso, formidable, apuntó con la mano flaca hacia la salida de la antesala donde se hallaban, rechinando entre dientes, con voz sorda, las sílabas trincadas:
--¡Retírate!
Medio amedrentado, medio compadecido, el joven se alejó. Estaba seguro de que su tío era víctima de un desorden cerebral. Se mantuvo a distancia, observando su actitud. Casi al romper el día, Sancho lo vio retirarse de la puerta de la biblioteca, pasar en silencio como un espectro y recogerse lentamente en su dormitorio.
Al día siguiente, un respetable médico, mandado llamar a las Paineiras por Sancho, observó la repetición del extraño hecho y comprobó la locura del sabio.
--¡Tanto esfuerzo mental…! –explicó el facultativo con diligencia.
***
Y pasó un año.
La locura de Aristóteles, traducida en una inofensiva manía, no había hecho necesario el cambio del enfermo a un hospicio. El viejo se limitaba a pasar los días embrutecido en un idiotismo inerte, triste, poniendo en acción su voluntad únicamente para impedir, por medio de una prohibición absolutamente enérgica, que se abrieran las puertas de la biblioteca.
Por la noche, invariablemente, se apostaba junto a la puerta del templo y pasaba horas y horas inmóvil, extático, manifestando en la fisionomía el goce de un placer inmenso.
Resignados a la desgracia, el sobrino de Aristóteles y los amigos adoptaron el estado patológico del sabio como una simple metamorfosis de las rarezas del viejo; y acabaron por no ver diferencia alguna entre la nueva manía de escuchar por la noche el silencio de la biblioteca y la antigua avidez maniática de ciencia y de literatura. Dos capítulos coherentes de la historia vulgar de un sabio.
En compensación, ¡qué profundísimo desdén les prodigaba Aristóteles! Espíritus groseros y oscuros, no les era dado siquiera sospechar en qué vertiginosas alturas se movían los cóndores de su pensamiento. Y ciertamente no valía la pena comunicarles las grandes cosas que le vibraban al oído durante las preciosas horas contemplativas.
Aristóteles se sentía cada vez más grande.
Una nueva claridad le convulsionaba el cerebro como una batalla de relámpagos. En la oscuridad caótica de sus ideas brotaba una inflorescencia de estrellas. ¡Venturosa primavera de irradiaciones! ¡Era él! ¡Él era el predestinado!
Narraba la Biblia del conflicto meteórico de los átomos conflagrados, antes del génesis divino del Orden. Aristóteles que las dimensiones de su cráneo eran fabulosas. Antes, dispersas, odiándose mutuamente, rodeadas de una oscuridad compacta, las ideas adquiridas durante largas jornadas de estudio le flotaban rebeldes ante cualquier intento de armonización filosófica. De pronto, toda aquella oscuridad se había tachonado de astros cada vez más numerosos y brillantes. Las células educadas de su cerebro, otrora enemigas, se sonreían ahora las unas a las otras ante la llegada de la luz. Desde hacía un año la intensidad de esa tendencia simpática progresaba en su espíritu.
¡Él, Aristóteles de Souza, debía ser el pregonero bendito de la paz universal del pensamiento! Sería imposible que después de tanta exacerbación mental no le saltara de la cabeza la Minerva armada e invencible de la sabiduría única y evidente.
Por eso escuchaba en el templo aquella epopeya de rumores, cada noche más asombrosa y más vasta.
¡Una maravilla! Los libros que Aristóteles había bajado de los libreros para los estudios preparatorios de la confección de un fabuloso diccionario de los conocimientos humanos y había dispersado en desorden, cubriendo el tapete de la biblioteca, amontonándolos en pilas de dos palmos en torno al pedestal de las estatuas, todo ese mundo de volúmenes abría las páginas como mandíbulas y vociferaba. Aristóteles escuchaba extasiado el concierto estupendo de las voces.
Clamaban las filosofías, clamaban los apostolados de la fe, estertoraban los mártires. Dando cadencia la vociferación desordenada de las opiniones ardientes, se escuchaba la palabra tranquila de los libros didácticos, que proferían preceptos. Los geógrafos narraban viajes; los astrónomos revelaban descubrimientos. Si se ponía suficiente atención era posible sentir el lejano desmoronarse de los imperios; de momento a momento, una página repetía las palabras de Baltazar; se escuchaba el caer de los días y de los acontecimientos, como si fueran las hojas de un árbol. Era la marcha de la Historia.
La primera noche, un ruido ligero había llamado la atención de Aristóteles de Souza. Acercando la oreja a la cerradura, le pareció sentir un tropel desordenado de ratones haciendo bulla en la biblioteca, sumida en las tinieblas. Siguió escuchando, y el rumor se hinchó como el grito creciente de un trueno en los espacios.
Creció y se transformó, adquirió modulaciones, se ramificó en tumultos parciales, confundidos al fin en una erupción incalculable de clamores, como si entre los capítulos y las doctrinas se entablara una batalla extraña.
Aristoteles disfrutaba, exultante, la inaudita impresión de aquella sinfonía de volcanes que torcían en todas direcciones sus tentáculos de lava rugiente y sorprendían al universo con el bramar anárquico de sus cráteres.
Sobre el torbellino de las ciencias, de los principios, de las opiniones y de los hechos, reinaba la soberanía de las artes. Parecían ajenas a la tempestad inferior. Las obras de arte exhalaban armonías arrebatadoras, que dominaban a veces el pleito colosal de los hechos y de las doctrinas. Allá arriba, entera bonanza. Las estrofas, serenas, flotaban en las alturas, como garzas sobre el océano revuelto.
A veces un artista bajaba, desprendiéndose de la suprema placidez; entonces descendía como un arcángel vengador, esgrimiendo un estampido de rayos, y volvía a subir a la cumbre, dejando desolación en el torbellino de las opiniones, de las tiranías o de las vergüenzas.
***
Esta contemplación estupenda abatía a Aristóteles. No disfrutaba impunemente de esta audiencia de asombros. Cada vez que saboreaba su extraño deleite, una postración más pesada lo obligaba a buscar el lecho.
Pero se entregaba a arrebatos de furor si alguien intentaba disuadirlo de la fatigosa penitencia que se había impuesto.
Un buen día, la debilidad ya no le permitió apostarse en su acostumbrado observatorio. El viejo sabio imploró con lágrimas de desesperación que lo cargaran hasta la puerta del templo.
Le acomodaron ahí una silla cómoda, y Aristóteles pudo llegar una vez más hasta su querido puesto de observación.
No obstante, su sobrino, un médico y algunos amigos que estaban presentes ya no vieron encenderse la mirada del sabio como en las noches de entusiasmo. Pegó el oído a la cerradura, pero una expresión de dolorosa desilusión fue el único rictus que le agitó el rostro.
Volvió a la cama más abatido que nunca. Pasó el día siguiente con la mirada fija y muerta, los labios entreabiertos y los miembros abandonados a una triste flacidez. En vano le administraron estimulantes. Aristóteles parecía extinguirse de una vez por todas, irremisiblemente.
Por la noche lo llevaron cargando hasta la puerta de la biblioteca. Este recurso extremo no dio resultado. El templo, días antes poblado por el rumor increíble de la batalla de los libros, estaba ahora en silencio.
--¡Ah! -exclamó Aristóteles en un suspiro de agonía, agitando la cabeza que le caía abandonada sobre el pecho --¡Ya no oigo nada! ¡Nada, nada!
La voz, debilísima, le salía como un sollozo.
Pocos momentos después, allí mismo, en la silla, expiró abrazado por su sobrino, que lo cubría de lágrimas.
¡Expiró, el pobre, cuando probablemente iba a reslover el gran problema de la paz de las escuelas! Porque no era posible creer que de tan luminosa fiebre cerebral no explotara la verdad decisiva, mediadora eficaz en el conflicto de los espíritus.
Cuando, después de las ceremonias fúnebres, se abrieron las puertas de la biblioteca, que durante más de un año había permanecido cerrada, se encontraron los libros en un estado miserable. Un grupo diligente de ratones había devastado el acervo. Media docena de volúmenes, cuando mucho, se habían librado de la saña de los roedores.
¡Pobre Aristóteles! ¡Sus queridos libros no lo habían sobrevivido!
Ahí estaban esparcidos, fragmentados, pulverizados, deshechos, sus compañeros de cincuenta años de trabajo.
¡Ahí estaban sus problemas en pedazos, sus teorías convertidas en polvo de papel roído!
Ahí estaban, por montones, sucios y miserandos, los destrozos del vigor cerebral de los hombres y de la sabiduría de los siglos.
Sobre aquella devastación se alzaban, inalterables, las estatuas, con la misma expresión que les había dado el escultor en el rostro de bronce: Hamlet, tenebroso e irónico; Fausto, meditabundo y preocupado; Don Quijote observando con valentía los libreros vacíos; Mefistófeles con su sonrisa cruel; y las figuras colosales del Filósofo y del Poeta, con la frente perdida en la oscuridad de las alturas, entre el ramaje florestal del estuco y de los admirables retratos de grandes hombres.
(Jornal do Comércio. Rio de Janeiro, 8 de septiembre de 1889).

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