viernes, 12 de octubre de 2012

O Cabeleira - Franklin Távora (fragmentos)









Amigo mío,

la casa donde vivo está situada al lado de una calle de bambúes, en uno de los rinconcitos más amenos de la cuenca de Botafogo.
Puedo ver desde aquí gran parte de la bahía, los cerros circundantes clavando las cumbres en las nubes, el cielo de ópalo, el mar de añil.
Infortunadamente, este bello espectáculo no es inmutable.
A veces, de pronto, el cielo se pone brusco y sólo puedo vislumbrar en torno a mí cumbres humeantes; resuena el trueno en los picos acantilados; la lluvia fustiga las palmeras y casuarinas; el viento brama entre los bambúes; la casa estalla. Parece que todo va a derrumbarse.
Estas tormentas duran horas, noches, días enteros, y se repiten con mayor o menor frecuencia.
Cuando ya han pasado del todo, el cielo se muestra más puro y bello, el mar más azul, los árboles más verdes, la brisa es más dulce y las flores tienen aromas más gratos.
Por la faz de las rocas corren listones de agua plateada que reflejan la luz del sol, produciendo matices brillantes. Cubierta de frescas lozanías, la naturaleza sonríe con suave gentileza después de haber rabiado y llorado como un niño.
Es tiempo de cumplir esa promesa que me obligó a asumir una amistad que no atendió ni a las más legítimas excusas. Esta naturaleza brillante y mutable una y otra vez invitaba a mi desánimo a romper el silencio en el que vivo recogido desde que llegué del extremo norte del Imperio.
Después de casi dos años de dudas, me dispuse por fin a escribir estas pálidas líneas, notas disonantes de una musa solitaria que, en el retiro donde se refugió con los desengaños de la vida, no pudo olvidarse de la patria, ángel de sus esperanzas y de sus tristezas.
Consideré, no obstante, que sería mejor para ti leer unos cientos de páginas impresas en lugar de traducir un voluminoso infolio tachonado de tantas enmiendas y entrelíneas que a mí mismo me cuesta a veces descifrar, porque todo aquí se escribió sin orden, sin arte, sin atender a ideales, para aprovechar los ratos libres e inciertos de una pluma que le pertenece al Estado y a la familia.
Por eso, en lugar de una carta, recibirás en esa encantadora Ginebra, donde gozas la memoria de Rousseau, Staël, Voltaire, Calvino --astros inmortales que brillarán por siempre en el firmamento de la civilización-- un libro hoy, otro quizá mañana y algunos más sucesivamente, hasta que me hayas liberado de la obligación que me impusiste, en la medida en me lo permitan las fuerzas, mermadas por mi distanciamiento de las cosas literarias de nuestra tierra.
Inicio esta serie de composiciones literarias, por no decir estudios históricos, con el Cabeleira, que pertenece a Pernambuco, objeto de legítimo orgullo para ti y de profunda admiración para todos los que tienen la fortuna de conocer esa refulgente estrella de la constelación brasileña. Estos estudios, amigo mío, no se limitarán únicamente a los tipos notables y a las costumbres de la gran y gloriosa provincia donde naciste.
El Pará y el Amazonas, que no me son del todo desconocidos; el Ceará, mi terruño; y, en fin, todo el Norte, si Dios me ayuda, vendrán a figurar en estos escritos, que no tienen otro fin que el de mostrar a los que no la conocen, o que por falso juicio la destierran, la rica mina de las tradiciones y crónicas de nuestras provincias septentrionales.
Después de algunos meses de ausencia, volví a ver Recife, espléndida visión de tus sueños nostálgicos. Lamento que, habiéndote ido cuando todavía eras muy joven al viejo mundo, no guardes de ese espectáculo ni el menor recuerdo, aunque huidizo. En Ginebra, ni el Mont-Blanc cubierto de nieves y hielos eternos; ni el lago inmenso, que ha inspirado armoniosos e inmortales cantos a un sinnúmero de poetas; ni el Ródano, que, según un viajero nacional, “huye presuroso, quejándose con sobrecogedora voz en busca de hospitalidad en el Mediterráneo”, pueden tener, pese a todo, la belleza de esta elegante y risueña ciudad, que surge entre verdes manglares, aguas cristalinas, soberbios puentes, y se extiende sobre la vasta planicie obligando a la selva a retirarse día tras día  hacia el occidente, para tener espacio donde ensanchar de improviso sus nuevas calles, sus caminos, sus durmientes, testimonios de su prosperidad material, comercial y agrícola; espacio donde fundar nuevas escuelas y erigir nuevos templos, testimonios de su civilización y grandeza moral.
Vi el Pará y adiviné sus incalculables riquezas, ya ocultas, en el regazo de un futuro que, si no ha anunciado aún la época precisa de su realización, no tardará mucho, por lo que se infiere de su estado actual, en traducirse en la más brillante realidad.
¿Y qué diré del Amazonas, incomprensible grandeza que tiene la índole de la inmensidad y la apariencia del escándalo?
No hay prodigio que pueda compararse con ése en el mundo conocido. No creo que Rousseau fuera capaz de fantasear cosa semejante, aunque se pasara toda la vida imaginando, él, el filósofo soñador que con sus ideas revolucionó el mundo; el hombre crea la grandeza ideal, pero la grandeza física es Dios quien la concibe y ejecuta. En vano intentaría Staël describir ese reino encantado como describió Italia en su imperecedera Corina, donde el estudio de los monumentos y del pasado no desdice al corazón, monumento de todos los tiempos.
Al entrar allí, me pareció estar entrando en un templo fantástico y sin proporciones. Es natural el fenómeno: siempre que nos encontramos ante las obras maestras de la creación, un secreto instinto nos advierte que estamos en presencia de Dios. La admiración tiene entonces la solemnidad de un recogimiento y de un homenaje. Las impresiones pasan de los sentidos al fondo del alma, donde se repiten con mayor intensidad. Todas nuestras facultades - la inteligencia, la imaginación, la voluntad misma - se dejan dominar por una especie de voluptuosidad que no es sensual, sino deleitosa, y grande como quizá lo sea el éxtasis. Aunque tengamos el espíritu cansado de los errores y la injusticia de los hombres, lo sentiremos alzarse inmediatamente lleno de vida ante esa representación enorme, como si se conservara su integridad virginal. Es el efecto del asombro que recorre como un fluido nuestro organismo, despertando en nosotros abruptas sensaciones que nunca antes habíamos experimentado, y que son para nosotros verdaderos fenómenos del mundo fisiológico.
Aguas inmensas servían de enlosado al majestuoso templo, que tenía por bóveda el cielo sin límites. Escapaban a la visión física las columnas y paredes de esa catedral-mundo, columnas que mi imaginación había ido a poner más allá de los invisibles horizontes del Atlántico.
Por el norte rompían la monotonía de la superficie, envueltos en los vapores matutinos, una especie de gigantescos rudimentos de arcadas colosales. En cualquier otra circunstancia cósmica, estos rudimentos se presentarían a mi vista como grandiosas ruinas; allí no; lo que se figura el espíritu de quien observa es una cosa indecible; se figura que esas arcadas están empezando a construirse y se destinan a romper el cielo, porque en medio de aquella suntuosidad imposible se podrá decir que ningún átomo tiene el derecho de dejarse destruir; cuando ya nada exista allí ab initio, cuando nada tenga allí una vida que no tuvo principio y que no ha de tener fin, lo único que le queda al cuerpo es nacer, agigantarse, eternizarse en la materia, que no acabará sino en el fin de los tiempos.
Lo que yo veía y acabo de señalar no era otra cosa que la región amazónica, que comenzaba a dibujarse risueña, azulada, espléndida. Eran islas sin número, unas de dimensiones moderadas, otras de descomunal amplitud, todas ellas multiformes, tachonando aquí las aguas, bordeando allí el continente cubierto de una espesa costra de verdor.
Quien no ha penetrado aún en ese mundo nuevo donde el hombre que entra por primera vez piensa que no ha sido precedido por ninguno de sus semejantes, donde hay leguas y leguas que aún han sido holladas por el hombre civilizado, y donde hay ríos que sólo la canoa del indio ha hendido, no puede formarse una idea de esa espléndida maravilla.
Sólo cuando me encontré no ante, sino inmerso en aquella naturaleza (porque pronto me vi rodeado de islas, algunas de las cuales pueden compararse con continentes, que iban quedando atrás o apareciendo en todas direcciones), naturaleza a la que mi imaginación había dado formas increíbles, hijas de la visión íntima, sólo entonces reconocí  hasta qué punto, en sus vanos arrobos, se había quedado corta mi fantasía.
Nada de lo que fui descubriendo tenía que ver con los paisajes que yo había trazado y coloreado en mi mente, pese a las proporciones gigantescas, las líneas correctas, los colores variados, los matices estupendos con que yo los había hecho surgir de mi paleta. Pálidos y apocados han de ser siempre ante aquella realidad, en cierto modo fortuita, los sueños de la más grande imaginación.
Mucho se ha escrito sobre el Pará y sobre el Amazonas desde que fueron descubiertos hasta nuestros días. Pero ¿qué valen todos los escritos y relatos de viaje en este sentido? Casi nada.
Lo que esos textos nos ponen ante los ojos es el trazo rígido, y no el músculo vivo y hercúleo; el pliegue y no la sonrisa; la penumbra y no el astro; lo que nos ofrecen son formas duras y secas, en lugar de los contornos blandos, delicados y flexibles de los inmensos panoramas y transparentes perspectivas de esas regiones paradisíacas.
¿Cómo pintar las miríadas de islas, ríos, barrancas, arroyuelos que se muestran a los ojos del viajero desde la desembocadura del gran río, desde la confluencia de éste con otros ríos, que no tienen cuenta, hasta sus fuentes, que durante muchos años serán aún enteramente desconocidas? ¿Cómo pintar tales inmensidades, si superar uno de esos ríos, una de esas barrancas, uno de esos arroyuelos, dejar atrás una, diez, cien islas, es lo mismo que penetrar en nuevos arroyuelos, nuevas barrancas, nuevos ríos y contornear nuevas islas?
No siempre, empero, la naturaleza sonríe, o protege, o abraza; a veces se encoleriza y, cambiando las caricias de la madre cariñosa por las asperezas de la madrastra insoportable, rechaza al hombre de mil maneras, y lo arroja a mil peligros.
La cólera, el látigo, la repulsión, el impulso, el puro fruncir de ceño de la madrastra irritada son terribles manifestaciones; es la tempestad que hunde mil vidas -.el hombre, la serpiente, el jaguar, el ave infeliz que pasaba trinando venturas--; es  la corriente que disuelve, deshace islas y las borra de la superficie de las aguas, y arranca el cedro y la palmera, que se van arrebatados por el torbellino que los traga, con todo y su vestido de lozano follaje, para vomitarlos descalabrados, desnudos, despedazados, sórdidos.
La piedra no resiste. La revolución la arrastra con rapidez inconcebible y la lleva en un instante a los profundos abismos, que son otras tantas moradas del vértigo y la muerte. Como la piedra desaparecería la montaña si tuviera la imprudencia de ir a surgir ante aquellas impetuosas aguas que inundan, constriñen, cavan, desmantelan, pulverizan playas, riberas, peñascos y continentes.
--¿Qué no sería de este mundo --pensé al bajar de las eminencias de la contemplación a las planicies del positivismo-- si en estos márgenes se asentaran ciudades; si la agricultura liberalizara en estas planicies sus tesoros; si las fábricas llenaran los aires con su humo, y en ellos repercutiera el ruido de sus máquinas? De esta belleza, a veces estática y otras veces violenta, ¿qué fuentes de riquezas no habrían de brotar? Movilizados los capitales y el crédito, animados los mercados agrícolas, industriales, artísticos, veríamos aquí a cada paso una Manchester o un New York. La plaza, el almacén y el centro comercial ocuparían la orla, hoy desnuda y solitaria, cubierta de dunas, sin vida y sin promesa; el arado recorrería la región que hoy pertenece a la oscura selva. El estado natural, golpeado por las corrientes de la inmigración espontánea que vendrían a disputarle los dominios improductivos para convertirlos en magníficos emporios, se iría a refugiar en los sertones remotos, de donde en poco tiempo sería otra vez desalojado. Un nuevo aspecto sustituiría el brillante y majestuoso panel de la naturaleza virgen. No se mostrarían ya aquí las tiendas negras del hambre y la desnudez. El trabajo, el capital, la economía, la abundancia, la riqueza, agentes indispensables de la civilización y la grandeza de los pueblos, tendrían un lugar eminente en esta inmensidad donde vemos únicamente aguas, islas, planicies y cauchales sin fin.
¿Pero dónde estoy, amigo mío? ¿A qué alturas voy divagando con las alas de la fantasía?
Vayamos al tema de esta carta.
En El Cabeleira te ofrezco un tímido ensayo de novela histórica, según entiendo yo este género de literatura. A la crítica pernambucana, más que a cualquier otra, le corresponde decir si alcancé mi pretensión; y ante ella, sea cual fuere su sentencia, inclinaré la cabeza sin replicar.
Las letras tienen, como la política, cierto carácter geográfico; los elementos para la formación de una literatura propiamente brasileña, hija de la tierra, abundan más en el Norte que en el Sur.
La razón es obvia: el Norte todavía no ha sido invadido, como lo está siendo el Sur día tras día, por el extranjero.
Se puede afirmar que todavía se encuentra allí en su pureza, en su genuina expresión, la apariencia primitiva, modificada tan sólo por la cultura que las razas, las índoles y las costumbres reciben de los tiempos o del progreso.
Infortunadamente para el Norte, empero, entre sus muchos hijos que figuran con gran brillo en las letras patrias, pocos se han dado seriamente al cuidado de construir el edificio literario de esa parte del imperio que, por su naturaleza magnificente y primorosa, por su historia tan rica en hazañas heroicas, por sus usos, tradiciones y poesía popular, tendrá tarde o temprano una biblioteca especialmente suya.
Esta poquedad de arquitectos se hace notar especialmente en la novela, género en que el Norte, a mi juicio, puede, no obstante, figurar con brillo y bizarría insuperables. Esta verdad no requiere demostración. ¿Quién no sabe que en la historia el norte cuenta con J. F. Lisboa, Baena, Abreu e Lima, Vieira da Silva, Henriques Leal, Muniz Tavares, A. J. de Melo, Fernandes Gama y muchos otros que bien pueden competir con Varnhagen, Pereira da Silva y Fernandes Pinheiros; que el primer filólogo brasileño, Sotero dos Reis, es del norte; que es del norte Gonçalves Dias, la más poderosa e inspirada musa de nuestra tierra; y que igualmente lo son Tenreiro Aranha, Odorico Mendes, Franco de Sá, Almeida Braga, José Coriolano, Cruz Cordeiro, Ferreira Barreto, Maciel Monteiro, Bandeira de Melo, Torres Bandeira, que valen tanto como Magalhaes, Álvares de Azevedo, Varela, Porto Alegre, Casimiro de Abreu, Cardoso de Meneses, Teixeira de Melo?
En la novela, no obstante, no sucede lo mismo. El sur campea sin émulos en esta arena, donde ha cosechado notables laureles: Macedo, el gracioso observador de las costumbres de la ciudad; Bernardo Guimaraes, el dibujante fiel de los usos rústicos; Machado de Assis, el cultivador estudioso del género en el que Balzac obtuvo tantas glorias; Taunay, que se particulariza por la fluidez y la gracia de la narración; Almeidinha, que superaría a todos estos en la corrección de los dibujos, aunque hubiera dejado un sólo cuadro, una sola visión, cuadro brillante, visión inmensa dotada de vida, gracia y color nativo. Estos talentos, además de otros que no recuerdo por el momento, no tienen, al menos por ahora, competidores en el Norte, donde, por cierto, no faltan talentos de ese nivel.
No me es lícito olvidar aquí, aunque se trata de la novela del Sur, a un ingenio de primera grandeza que, aunque es del Norte, ha contribuido con sus más importantes primicias en la formación de la literatura austral. Quiero referirme al Excelentísimo Señor Consejero José Martiniano de Alencar, a quien tuve ya ocasión de hacer justicia en mis famosas Cartas a Cincinato.
No obstante, si el Sur está en tan favorables condiciones que hasta cuenta entre las principales luminarias de sus letras a este distinguido cearense, los escritores del Norte que verdaderamente estimen su terruño tienen el deber de levantar, aunque sea con lucha y esfuerzos, los nobles fueros de esta gran región, exhumar a sus tipos legendarios, dar a conocer sus costumbres, sus leyendas, su poesía viril, nueva, vívida y lozana, tan ignorada en ese templo en que se consagran las reputaciones tanto literarias como políticas que luego se envían a las provincias.
No hay en esto, amigo mío, un bajo sentimiento de rivalidad, que no anido en mi corazón brasileño. Proclamo una verdad innegable. Norte y Sur son hermanos, pero son dos. Cada uno ha de tener una literatura propia, porque el genio del uno no se confunde con el del otro. Cada uno tiene sus aspiraciones, sus intereses, y ha de tener, si no es que ya la tiene, su política.
En fin, no puedo decirlo todo y reservaré el desarrollo que tales ideas exigen para la ocasión en que te envíe el segundo libro de esta serie, que quizá salga a la luz de la publicidad este mismo año.
Después de que hayas leído El Cabeleira podrás entenderme mejor en lo que respecta a la creación de la literatura septentrional, cuyos moldes no pueden ser, según me parece, los mismos que aquellos en que se está vertiendo la literatura austral que poseemos.

Tuyo,
FRANKLIN TÁVORA

Rio,  1876


CAPÍTULO I

La historia de Pernambuco nos ofrece ejemplos de heroísmo y grandeza moral que pueden figurar sin desdoro entre los fastos de los más grandes pueblos de la antigüedad. No son éstos los únicos ejemplos que despiertan nuestra atención cada vez que estudiamos el pasado de esta ilustre provincia, cuna tradicional de la libertad brasileña. Merecen particular reflexión, junto a las que se muestran dignas de la gratitud de la patria por las nobles hazañas con que la magnificaron, algunas figuras infelices, en las que hoy veneraríamos quizá modelos de elevadas y varoniles virtudes si ciertas circunstancias de tiempo y lugar, que deciden los destinos de las naciones e incluso de la humanidad, no fueran capaces de desnaturalizar a los hombres convirtiéndolos en azote de las generaciones contemporáneas y verdugos de sí mismos. Entra en esta categoría el protagonista de la presente narración, que se hizo célebre en la carrera del crimen menos por maldad natural que por la crasa ignorancia con que su tiempo encadenaba los buenos instintos y dejaba libres las pasiones caníbales. Nos autorizan a formarnos esta opinión del Cabeleira la tradición oral, los versos de los trovadores y algunas líneas de la historia que trajeron a nuestros días su nombre envuelto en una gran lección.
A su audacia y atrocidad debe su renombre este héroe legendario, del que no encontramos par en las crónicas provincianas. Durante muchos años, al escuchar a sus madres o ayas cantar las trovas que conmemoraban la vida y muerte de esta especie de Cid o Robin Hood pernambucano, los niños, tomados por el pavor, se durmieron más deprisa que si les cantaran las proezas del hombre lobo o la historia del negro del zurrón, muy en boga entre el pueblo en aquellos tiempos.
Con esa simplicidad irreprensible que es el primer ornamento de las concepciones del espíritu popular, estos trovadores nos permiten juzgar al famoso valentón por la siguiente letra:

Cierren ya la puerta,
Cabeleira viene,
Matando mujeres
Y niños también.

El Cabeleira se llamaba José Gomes, y era hijo de un mameluco llamado Joaquín Gomes, sujeto de mala entraña, dado a la práctica de los más hediondos crímenes.
Junto con un pardo llamado Teodósio, que destacó por su astucia e ingeniosidades para posesionarse de lo que no le pertenecía, recorrían José y Joaquín el vasto perímetro de la provincia en todas direcciones, dejando su paso marcado por a rapiña, por el incendio y por la matanza.
Un día acordaron asaltar la villa de Recife misma.
Las poblaciones del interior, en su mayoría privadas de bienes de fortuna, y entonces mucho más dispersas que actualmente, tenían ya pocos medios para cebar la voracidad de los tres aventureros, a quienes desde hacía mucho pagaban un tributo triplicado, consistente en víveres, dinero y sangre. El asalto se decidió en secreto conciliábulo dentro de los campos del Pau-d’alho, donde más de una vez se habían reunido los aventureros para asambleas idénticas.
Al punto se prepararon para el temerario intento, y con el arrojo que les era característico se pusieron en camino, contando de antemano con el feliz éxito en que habían puesto la mira.
Ante la noticia de su cercanía, la mayor parte de los habitantes, abandonando los poblados, que entonces eran muy débiles por no tener todavía la densidad que sólo un siglo después logró hacer respetables a algunos de ellos, emigró a los campos, único abrigo con que podían contar, aunque se encontraban a pocas leguas de Recife. Hubo algunos que, al no tener tiempo ni recursos para huir de los crueles visitantes, les dieron hospedaje como medio para no incurrir en su desagrado.

Al declinar el día siguiente, estaban ellos en la Estancia. Se sentaron en el atrio de la capilla de tapia que había levantado allí Henrique Dias para recordar a la posteridad que en ese lugar había establecido él su puesto militar por las guerras de la Restauración. Este puesto era, entre todos, el que más cerca quedaba del enemigo. Elocuente testimonio de la bravura del puñado de gente negra al que la patria le reservó una mención distinguida en las más grandes páginas de la historia colonial.
--Es demasiado pronto para entrar en la villa - dijo el Cabeleira-- ¿No será mejor que Teodosio vaya antes que nosotros para ver, antes de que oscurezca, cuál es el medio más seguro de realizar la empresa?
--Tienes razón, José Gomes --añadió Joaquín--; Teodosio, que es un mono viejo, debe ir por delante a sondear las cosas. Para echar por tierra al enemigo y enfrentar a cualquier matón ustedes saben muy bien que yo soy un tipo decidido; pero para astucias no cuenten conmigo: eso es con Teodosio, que tiene al diablo en el cuerpo y nadie lo engaña.
Los tres malhechores llevaban consigo trabucos, dagas, cuchillos y pistolas. 
El Cabeleira podría tener veintidós años. La naturaleza lo había dotado de vigorosas formas. Su frente era estrecha, los ojos negros y lánguidos; la nariz poco desarrollada, los labios delgados como los de un niño. Es de notar que la fisionomía de este mancebo, viejo en la práctica del crimen, tenía una expresión de insinuadora y jovial candidez.
Joaquín, que contaba el doble de edad de su hijo, era bajo, corpulento y menos feo que Teodósio, el cual, puesto que estaba más entrado en años, sabía dar, cuando quería, a su cara chata de color demudado una aprariencia de bestial simplicidad, en la que sólo una vista perspicaz y acostumbrada a leer en el rostro las ideas y los sentimientos íntimos podría descubrir la más refinada hipocresía.
--Creo que está bien pensado lo que dices, Cabeleira --añadió el malhechor levantándose--; corro sin más a armar el lazo para atrapar al pajarito; aunque, acá entre nos, ya tengo yo mi plan, que ha de llegar tan a tiempo como el día de la virgen.
--¿Y luego dónde nos encontramos? --preguntó Joaquín, al ver que Teodosio se ponía en camio hacia la villa.
--Pues será fácil. Los espero abajo de la ingazeira de puente.
Teodosio, que ya no estaba para palabras, se caló el sombrero de paja para que el viento no se lo arrebatara y desapareció andando rápido por detrás de los campos que en aquel tiempo todavía llenaban en su mayor parte la zona donde hoy se ostenta, con sus graciosas residencias, entre risueños verdores, el Paso de la Magdalena.
Antes de que el sol bajara al horizonte y las tinieblas envolvieran del todo a la naturaleza, padre e hijo se metieron por el camino donde, un cuarto de hora antes, había desaparecido su compañero, el alma del negocio y principal responsable por los peligros a que todos iban a exponer quizá su propia vida.
La soledad estaba sombría y triste.
En ese entonces las casas podían contarse por esos parajes. En torno a ellas, el campo baldío comenzaba a aumentar antes de ponerse el sol. Una ley cruel, la ley de la necesidad, obligaba a los habitantes a encerrarse temprano para conservar la vida.
Los robos y asesinatos se reproducían con increíble frecuencia en los caminos e incluso en las afueras de los ranchos.
Las habitaciones, sólidas en muchos casos, no habían asegurado a las familias un ineluctable obstáculo al asalto de los malhechores. ¡Triste época en que el despotismo lo podía todo contra los ciudadanos pacíficos y buenos, y nada contra la parte cancerosa de la sociedad!
La villa estaba de fiesta. Era el primer domingo de diciembre de 1773. Fungía como gobernador Manuel da Cunha de Meneses, después conde de Lumiar, joven hidalgo a quien la iglesia pernambucana debe distinguidos beneficios.
El día primero de aquel mes, éste había hecho publicar un bando por el que ordenaba a los habitantes que pusieran luminarias para demostrar la alegría que le había causado a la nación portuguesa la abolición de los jesuitas en todo el orbe cristiano por parte del santo padre Clemente XI.
En el sitio donde existe el famoso puente Siete de Septiembre, que une el barrio de Recife al de San Antonio, se veía en esa época un puente de madera, que había sido mandado construir en 1737 sobre los sólidos pilares de piedra y cal del primitivo puente, obra de Maurício de Nassau, por Henrique Luís Vieira Freire de Andrade, uno de los gobernadores que más honrada y benemérita memoria dejaron en Pernambuco.
Era una rica construcción, nada menos que una calle suspendida sobre las aguas del rio Capibaribe, que pasa ahí revuelto con el Beberibe luego de un recorrido de ochenta leguas por entre campos, por sobre piedras y al pie de pintorescas villas, poblaciones y arrabales. A uno y otro lado, excepto en la parte central, que había sido guarnecida con bancas para el recreo del público, se veían pequeños almacenes de bajareque en que se vendían chucherías y herrajes. Estos almacenes, que apenas estuvieron listos encontraron inquilinos, comenzaron a rendir la cantidad de ochocientos mil réis anuales, que, para principios de este siglo, se había elevado a cuatrocientos millones de réis. Con la fundación de las casitas mencionadas tenía el gobernador la intención de crear una fuente de ingresos destinada a la conservación de los puentes de provincia, que estaban casi todos en ruinas por esos tiempos. De estas obras, con las que dotó a Pernambuco el genio de este ilustre gobernador, no queda hoy ni el menor vestigio. Todo desapareció, todo, incluso las arcadas holandesas que yo todavía alcancé a ver. El monumento de las edades es destruido más rápidamente por los hombres que por el tiempo, ese consumidor que, aunque voraz, no deja de respetar la obra de la virtud.
Entrada la noche, los dos aventureros se acercaron a la parte del barrio de Buena Vista que nosotros conocemos como Puente Viejo. Pocas casas había entonces por ahí.
A poca distancia, hacia el sur del sitio donde había estado el viejo puente, en ese tiempo ya sustituido por el de Buena Vista, que había mandado construir Henrique Luís, a quien ya nos referimos, se levantaba al margen del río una ingazeira vieja y frondosa. Extendiendo su copa sobre el río, como un sombrero, este árbol formaba una vasta camarita que servía de puerto de abrigo a las canoas cuando el viento era fuerte y las mareas jalaban con velocidad. Bajo este techo protector, las aguas corrían siempre mansas y pacíficas, y sin antes bajar al pie del gigantesco vegetal sería difícil descubrir, por la densidad de su follaje, cualquier objeto o ente que se acogiera a la sombra de éste, aunque el sol lanzara con fuerza sus luminosos rayos. Era éste el punto de reunión que Teodosio había indicado a sus compañeros.
Dar con las primeras casas iluminadas fue para los dos valentones motivo de justificado espanto y desconfianza. Sin saber del regocijo oficial, y teniendo bien presentes en la consciencia los crímenes que habían cometido, les pareció al punto que serían descubiertos por la claridad de las luces, y que el clamor público no tardaría, si así sucediera, en denunciarlos ante la justicia del rey.
Si del Cabeleira dependiese, en ese mismo instante habrían vuelto al campo. Pero Joaquín, cuya temeridad no conocía límites, despreciando los consejos de su hijo, sobre el que ejercía la tiranía del déspota antes que la autoridad del padre, no se detuvo sino cuando llegó al pie de la mencionada ingazeira, habiendo atravesado, para llegar a este punto, las calles más públicas del naciente barrio de Buena Vista.
Profundo silencio reinaba en el vasto arenal que guarnecía al río por ese lado. Las aguas apenas si se movían. Bajaron los dos al margen a reunirse con Teodósio, conforme lo acordado, pero sus expectativas se vieron frustradas. No había allí ni un alma: únicamente se mostró a sus ojos un cuerpo negro que oscilaba bajo el follaje con el suave vaivén de las aguas; era una canoa amarrada con una cuerda al tronco de la ingazeira.
Luego de algunos momentos de espera, no sin inquietud para los recién llegados, un ruido vino a interrumpir el silencio que reinaba en la orilla, obligándolos a echar mano a las armas por precaución. La cuerda, acortándose rápidamente, atrajo la canoa a la orilla sin auxilio aparente, y un corpulento canoero, desnudo de la cintura para arriba, arrastrando un remo con la mano, saltó frente a los dos malhechores.
- Soy yo, Cabeleira, soy yo.
- ¡Teodosio! Esta me la pagas.
- Estaba escondido en la canoa para darles un susto.
- A buen diablo te encomendaste hoy, que mi trabuco se cebó dos veces - dijo el Cabeleira.
- No hablemos de eso - atajó Teodosio -celebraremos el asunto después. Por ahora vamos a lo que importa.
- ¿Qué hay?
- ¿Qué no me ven disfrazado de canoero? Vamos a la canoa mientras hay tiempo.
Teodosio se inclinó para decir a los dos un secreto que en poco tiempo fue comprendido por ambos y que al punto los tres pusieron en práctica. El padre y el hijo fueron a guardar las armas de fuego en la canoa, y el malhechor saltó nuevamente dentro de ella y se dejó llevar por la corriente. Quien viera un instante después el leño deslizándose sobre la amplia superficie del río, bajo la claridad de los astros de la noche, juraría que en esa sombra fugitiva, en ese punto que se perdió luego en el seno de la oscuridad, no iba más que un canoero conocedor de las mañas de las aguas y dueño de los medios de vencerlas. No obstante, iba allí una maldad mucho más considerable y peligrosa, por hipócrita y disimulada, que la maldad de Joaquín, siempre alerta, y la impavidez de José, siempre franco, hasta en la estrategia y la emboscada.
Estos dos últimos, en cuanto el malhechor se alejó de la orilla, atravesaron el puente de Buena Vista y, ladeando el canal que rodeaba San Antonio por la parte occidental e iba a llenar al sur las vallas de la fortaleza de las Cinco Puntas, y al norte las del fuerte Ernesto, hoy enteramente desaparecido, pasaron frente al palacio del gobernador y por ese fuerte, que estaba un poco más allá del convento de San Francisco, y entraron en el puente de Recife, que presentaba una vista majestuosa y deslumbrante. Columnas y arcos triunfales profusamente iluminados habían sido levantados allí a intervalos regulares. Al son de la música marcial, el pueblo recorría el paseo aéreo entre risas y juegos.
Antes de que los malhechores se mezclaran con los paseantes, se escuchó un grito, despertado por el terror pánico de un aldeano que los había reconocido.
- ¡Cabeleira! ¿El Cabeleira? ¡Grandes desgracias vamos a enfrentar, amigos! - clamó el ranchero, imprudente.
Estas palabras cayeron como rayos mortíferos entre la multitud que se entregaba, confiada y sin cuidados, al regocijo oficial.
La confusión fue indescriptible. A las expansiones de pública alegría sucedieron las demostraciones de terror general. Hombres, mujeres y niños se atropellaban, corriendo, huyendo, gritando, cayendo como empujados por un ciclón infernal. La fama del Cabeleira había, no sin razón, creado en la imaginación del pueblo un fantasma sanguinario que en aquel momento cobró vida en el espíritu de todos y a todos amenazó de inevitable exterminio.
Al escuchar esas palabras, y viéndose sorprendidos de esa manera por una eventualidad con la que no contaban, los dos malhechores instintivamente echaron mano a las dagas para defenderse, más por parecerles que su libertad corría inminente peligro que para usarlas contra la masa ingente, que, por cierto, huía como un rebaño aterrado por la presencia de los jaguares. Sus gestos no hicieron sino aumentar el terror de la población, que, interpretándolos mal, imaginó que la carnicería iba a comenzar.
--Sí, es el Cabeleira, debiluchos. Y no viene solo, viene también su padre --gritó José Gomes, cuyo rostro comenzó a ensombrecerse.
Joaquín, feroz por naturaleza, sanguinario por un largo hábito, descargó la daga sobre la cabeza del primero que tuvo la desgracia de pasar cerca de él. La cuchillada fue certera, y la sangre de la víctima, salpicando sobre el rostro del asesino, dejó allí estampada una máscara a través de la cual sólo se veían brillar los ojos de aquel animal humano.
José Gomes, por la irresistible fuerza del instinto que muchas veces lo traicionó ante los ojos de su sanguinario padre, se volvió de golpe y le dijo:
--¿Para qué matarlos, si están huyendo?
--Hay que matar siempre, Zé Gomes --replicó el mameluco con las narices dilatadas por el olor de la sangre fresca y caliente que le bajaba del rostro a los labios y penetraba en su boca terrible. No tenemos aquí ni un solo amigo. Todos nos odian. Es necesario hacer bien el trabajo.

Este hombre era el genio de la destrucción y del crimen. Por su boca hablaban las bajas pasiones que, a la sombra de la ignorancia, de la impunidad y de los bosques, habían crecido sin freno y le habían borrado los destellos de consciencia racional que todo hombre trae desde la cuna, incluso aquellos que luego se vuelven truculentos y consumados sicarios. Su corazón estaba empedernido, su sentido moral obcecado.
Ningún sentimiento blando y tierno, ningún pensamiento elevado ejercía una saludable influencia en las acciones de este degenerado infeliz.
--¿Le tienes miedo a esta chusma, José Gomes? Creo que te veo flaquear. Por mi bendición y mi maldición te ordeno que me ayudes a hacer bien la cosa mientras estemos a tiempo. No seas blando, Zé Gomes, sé valiente, como tu padre.
Habiendo oído estas palabras, el Cabeleira, sobre cuya voluntad Joaquín ejercía un poder irresistible, se hizo de una furia descomunal y, lanzándose en medio de la gente, fue acuchillando a cuanto encontró, con diabólico desembarazo. Como dos rayos exterminadores, padre e hijo describían, entre la masa revuelta, desordenadas y vertiginosas elipsis.
La general consternación habría cesado en pocos instantes si el pueblo pudiera escapar por las dos entradas del puente. No obstante, éstas se encontraban ya tomadas por piquetes de infantería organizados presurosamente para cortar la fuga a los asesinos y reducirlos a la cárcel.
A medida que estos piquetes se fueron moviendo de las extremidades al centro, la muchedumbre, obligada a acercarse a los asesinos, prefirió, ante este peligro, lanzarse al río, y el desalojo no se hizo esperar.
En pocos momentos, los perturbadores del orden se encontraron bajo la vista de la fuerza pública. El lugar de la escena estaba enteramente desocupado. Las columnas militares operaron un movimiento único, indescriptible. Cargaron sin demora sobre los delincuentes que, ante la vista de la estrechez del paso y del cerco, sólo pudieron hallar salvación, como sus víctimas, en las aguas.
Un soldado, empujado quizá más por el ímpetu de la pasión que por la consciencia del deber que, en ocasiones excepcionales, como esa, habla más fuerte que los instintos animales, se lanzó empuñando el arma tras los asesinos, con el fin de aprehender a uno de los dos aunque le costara su propia vida. No logró su intento este valiente defensor de la sociedad y de la ley. Cuando ya su mano tocaba a uno de los delincuentes, desde una canoa que en ese momento se había desatado del puente le propinaron con el remo un golpe tan fuerte en la cabeza, que el infeliz, perdiendo los sentidos, fue arrebatado por la corriente. Igual escena se presenció en 1821, figurando como víctima Joao Souto Maior, que había intentado salvarse en el río luego de herir con un tiro de trabuco al gobernador Luís do Rego Barreto en el puente de Boa Vista.

Esto fue lo que sucedió en la villa de Recife la noche del primer domingo de diciembre de 1773, noche memorable, que principió en alegría y terminó en terror público.

(...)

CAPÍTULO IV


Según las tradiciones más corrientes y autorizadas, el Cabeleira trajo del seno materno un natural blando y un corazón benévolo. La depravación, que tan funesta le fue después, se operó día tras día, durante los primeros años, bajo la acción unas veces paulatina y otras violenta del poder paterno, el cual, en lugar de desarrollar y fortalecer sus bellas virtudes, desencaminó al niño como veremos, y lo convirtió en una máquina de cometer crímenes.
¿Cómo es posible, sin embargo, que se hubiera abastardado hasta tal punto una obra que salió sin defecto de las manos de la naturaleza? ¿Como se explica el que una organización sana se hubiera corrompido hasta exceder, despreciando a la especie humana, a la fiera cerval que se alimenta de sangre y carnes humeantes, no por una aberración, sino por una ley de su animalidad misma?
Es que incluso la más fuerte de las constituciones, o índoles, está sujeta a alterarse cada vez que ciertas fuerzas extrañas que actúan sobre la existencia se encuentran en lucha con sus inclinaciones. Por más enérgicas que sean estas inclinaciones, no podrán resistir estos tres tipos de móviles de las acciones humanas: el temor, el consejo y el ejemplo, que forman la base de la educación, segunda naturaleza quizá más fuerte que la primera.
En el camino de su vida, el Cabeleira tuvo a su lado a Joana, ejemplo vivo y edificante por la ternura, la bondad y el espíritu de religión que la caracterizaba. Sin embargo, para contrarrestar este saludable elemento de edificación, el niño también tuvo a su lado a Joaquín, no sólo naturalmente malo, sino también obcecado desde la más tierna edad en la práctica de las torpezas y de los crímenes.
Joana era una buena madre, pero débil. ¿Qué podía su dulzura en comparación con la amenaza, el rigor, la brutal crueldad de aquél que estaba destinado a ser el primer verdugo del propio ser al que había dado la existencia?
La mujer es tanto más fuerte, y su influencia tanto más directa y decisiva en la formación de las costumbres, cuanto más puro es el ambiente del medio social donde ella respira y cuanto más educados son los seres con quienes coexiste. Colocada en semejante contexto, la mujer no es sólo una providencia, es, sobre todo, una divinidad. Sus fuerzas se elevan a la altura de las potencias de primer orden, y suelen ser potencias triunfantes si el medio moral no es un caos, sino una creación grandiosa y armoniosa, en conformidad con las leyes de la estética cristiana y las altas conquistas de la civilización que poseemos. Sus delicadas cualidades, fuentes de grandezas sin par, se anulan o quedan totalmente derrotadas cuando entran en competencia con la ignorancia, el vicio y el crimen.
Por desgracia para el Cabeleira, que podría haberse convertido en una de las glorias de la patria si su valentía y su firmeza hubieran servido a causas nobles en lugar de entregarse a intereses reprobables y necesidades crueles, su madre, dócil aunque ignorante, de bellas acciones aunque de origen humilde, no sólo no pudo ejercer en el hogar la acción benéfica que la naturaleza le ha reservado a la esposa y madre, sino que fue, como su hijo y no menos que él, una víctima digna de compasión, un juguete de los caprichos e instintos brutales de aquél a quien había unido su destino, no para que fuera su tirano, sino para que la ayuda a cargar la cruz de la pobreza.
Por su organización, por sus predicados naturales, el Cabeleira no estaba destinado a ser lo que fue, repetimos. Los malos consejos y los pésimos ejemplos que recibió de su padre desnaturalizado convirtieron su corazón, en un principio accesible al bien y al amor, en un músculo bastardo que, al final, sólo pulsaba por pasiones condenadas. Por desgracia, estas pasiones, que a través de él escandalizaron a la sociedad contemporánea, no bajaron con él a la tumba: siguen ahí, ejerciendo en nuestros días su terrible imperio a la sombra de la ignorancia que aún hoy nos llena de soberbia y que en todas las tierras y en todas las edades se ha considerado, con razón, el origen de las principales desgracias que afligen y destruyen a las familias y los Estados.
Joana, la madre buena y débil, vivió en lucha incesante con Joaquín, el padre sin alma ni corazón. José fue siempre el motivo, la causa de ese combate sin tregua, José, el hijo sin suerte, que estaba condenado a legar a la posteridad un ejemplo elocuente para probar que sin educación y sin moralidad es imposible la familia, y que la sociedad tiene el deber, antes que el derecho, de obligar al padre a proporcionar a su prole, o de proporcionarla ella cuando él no pueda hacerlo, la enseñanza que forma las costumbres domésticas en las que se basan y cuyo modelo siguen las costumbres públicas.
A los siete años de edad, el pequeño ya sabía matar pajaritos con el rifle, regalo que le había hecho su padre con la expresa recomendación de que se entrenara en su uso para que más tarde se convirtiera en un consumado tirador.
--José, escucha bien lo que te voy a decir. Cuando el sanhaçu o el bem-te-vi no caiga muerto con la bala del rifle, sino sólo con un ala rota, no le aprietes el pescuezo para que deje de sufrir. Clávale al pajarito una vara de cabuata en el pecho. ¿Qué no sabes que los pajaritos son diablitos que nos persiguen, picando las naranjas y destruyendo los plátanos del huerto?
--Me dan lástima, papá, no voy a hacerles eso a los pobrecitos --respondió el niño.
--¿Te dan lástima, José? Pues sábete que tienes que perder esa lástima y que te vas a ir acostumbrando a ser hombre. Si hoy le clavas la vara en el pecho al bem-te-vi, mañana tendrás necesidad de clavarle un cuchillo en el pecho a un hombre; y si en el momento de la ejecución sientes la misma lástima, ¡ay de tí! La mano te flaqueará y el hombre te matará.
Una mañana, José entró dando brincos de contento, llevando un preá[1] que había caído en una trampa.
--Papá, ¿cómo tengo que matar a este preá?
Joana llamó al niño a su lado, tomó la presa que éste traía y se puso a mirarla con ternura.
--Mira, hijo mío, míralo  bien. ¿No te parecen vivos y bonitos los ojos de este animalito? ¡Qué manos tan bien hechecitas! ¿Qué dices, José?
--Sí, mamá, creo que es muy bonito.
--Y si te parece bonito, ¿por qué lo quieres matar, hijo mío?
--Para aprender a matar gente cuando sea grande.
--¡Matar gente! ¡José, José! ¿Quién te enseñó esa barbaridad? ¡Virgen de la Concepción!
--Me la enseñó papá.
--No, yo no voy a consentir, ni el cielo lo permitirá, que en ningún momento levantes la mano para ofender a alguien. ¡Qué desgracia, Madre Santísima! ¿Cómo es que Joaquín le enseña semejantes cosas al niño?
--Dame mi preá, mamá. Quiero clavarlo vivo en una varita, como clavé ayer al papa-capim.
--¿Sigues con esa idea? --exclamó Joana consternada.
Y tomada por una inspiración o por un impulso irresistible, fue a la puerta que daba hacia el pequeño cerco donde crecía la hierba y soltó allí al inocente prisionero.
José lloró, gritó, pataleó, rodó por el suelo con rabia. Joana, irritada por este procedimiento, que se explicó por la inconveniente forma en que Joaquín estaba guiando al niño y no por algún impulso de pasiones reprobables, de las que juzgaba exento a su hijo, naturalmente dócil y tierno, le jaló un poco las orejas, diciéndole que si volvía a molestar a los pajaritos le daría una paliza que más tarde el niño le agradecería.
Cuando Joaquín volvió a casa, el niño corrió a contarle lo que había sucedido. El mal marido, el pésimo padre, reprendió a Joana, a quien por un tris no golpeó; y para completar la lección y el ejemplo pernicioso, le prometió a José que el primer preá que cayera en la trampa se vería sometido a una forma de muerte que el niño aún no conocía.
José apenas si pudo dormir por la noche. Nunca deseó con tanta fuerza encontrar una presa en la trampa. La curiosidad de conocer la nueva forma de matar animales, prometida al primero que tuviera la suerte de dejarse atrapar, lo mantuvo durante mucho tiempo en la mayor excitación y vigilia.
Por la mañana, José corrió a la trampa donde encontró, en lugar de un preá, un conejo.
Era un animal lindo. Gordo, cubierto de un mullido pelaje en el que se divisaban ligeras rayas tan blancas como el algodón que pendía de los capullos reventados sobre su mazmorra, el hijo del campo despertaba, por la belleza de las formas y por la armonía de los contornos, todos los sentimientos benévolos de que es capaz el corazón humano. Los ojos le relucían como dos coquitos pulidos. El corazón le latía precipitado, como si quisiera salírsele por la boca. ¡Y esa criatura tan cándida e inofensiva iba a morir! ¡Oh, Dios mío, ¿por qué extravagante interpretación de las leyes naturales considera el hombre que tiene derechos sobre la vida de semejantes seres, que merecen su protección y no desafían su cobardía?
Cuando José, irresistiblemente cautivo por la hermosura de la inocente criaturita, estaba todavía admirando sus encantos, un movimiento violento se la arrancó de las manos.
--¡Mi conejo! --gritó el niño al sentir que le arrebataban la graciosa presa.
--Ah, ¿creías que no iba a darme cuenta, José? No, este lindo animal no morirá.
--Sí, sí, mamá; no se lo voy a llevar a papá para matarlo como él dijo; no quiero que mi conejo se muera. De verdad es muy bonito. Quiero criarlo para mí, sólo para mí, ¿oyes, mamá? ¡Mi conejito tan lindo!
José estaba fuertemente conmovido, y Joana, fijando en él los ojos escrutadores, leyó en su rostro la pureza y la sinceridad de su conmoción, indicio irrefutable, si no es que prueba convincente, de la excelencia de las inclinaciones de su hijo. Todas las dudas que agitaban continuamente su espíritu se disiparon ante el enternecimiento del niño, de cuya blandura y natural bondad ya no le fue lícito dudar.
--Dame mi animalito, mamá, --pidió José casi llorando.
--Es tuyo, José, y nadie, ni siquiera tu padre, te privará de él. Pero antes de devolvértelo quiero saber, por curiosidad, qué vas a hacer con él.
--¡Ah! Lo voy a llevar a la casa. Después corto aquí hierba bien verde para dársela de comer, y le hago una camita en el rincón de mi cuarto para que duerma junto a mí.
--¿Y si tu padre lo quiere matar?
--Le voy a pedir a papá que no lo mate, no. Mira, mamá: lo mejor es que esconda al conejito en el campo cada vez que mi papá vaya a llegar. Dios me libre de ver morirse a mi conejito.
--¡Dios te libre, atrevido! --gritó cerca de la mujer y del hijo el mal marido, el padre desnaturalizado, verdugo de la familia antes de ser verdugo de la sociedad y de sí mismo.
Y arrebatando con una grosera brusquedad el pobre animal de las manos de Joana, hizo el gesto de romperle la cabeza contra una piedra que tenía enfrente.
--¿Qué vas a hacer, Joaquín? --inquirió Joana, aunque estaba aterrorizada por la presencia del marido.
--¿Y todavía me lo preguntas, madre cobarde, que no sabes darle a tu hijo lecciones de rebeldía? Yo no quiero un hijo llorón.
--Pero yo no quiero un hijo asesino.
--Le voy a enseñar a ser valiente. Conmigo va a aprender a jugar los cuchillos, a no desmayarse ante la sangre como te desmayas tú, mujer sin espíritu, que no tienes ánimo para matar ni un lechoncito. ¿Qué no sabes que el asesino es respetado y temido? ¿Quieres que haya gente que no le haga caso a tu hijo?
--Pero yo no quiero que se muera mi conejito, papá.
--¿Qué dices? No has aprendido.
El niño quiso llorar, cosa que escandalizó en extremo al tirano de la familia, que, para hacerlo llorar con más gusto, según dijo, le dio dos, tres o cuatro golpes con una vara, después de las cuales José apenas si pudo tenerse en pie. Joana, no pudiendo ver a su hijo golpeado sin razón, se acercó a Joaquín para quitarle al pequeño de las manos, pero Joaquín la rechazó con tanta fuerza que la hizo caer al piso y, volviéndose inmediatamente a José, le preguntó con un gesto y una voz aterradores:
--Entonces, ¿matamos o no matamos a ese conejo, José?
--Lo matamos, papá --respondió el pequeño con el rostro todavía bañado en lágrimas.
--No quiero que llores. Los hombres no lloran; los hombres hacen llorar.
Y se puso en camino hacia la casa, con su hijo tomado de la mano.
--Vas a ver ahora de qué modo se va a morir el conejo --dijo con una expresión indescriptible.
--¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué desgracia es esta, qué desgracia la mía! --exclamó Joana cuando los vio desaparecer por la curva del camino.
Los corazones maternos tienen inspiraciones angelicales y grandes. Joana, que no se había levantado aún, se arrodilló en medio de la naturaleza verde y espléndida que la había recibido al caer y, elevando los ojos húmedos y tristes hacia el cielo profundo y bello que se extendía hasta donde alcanzaba la vista sobre su cabeza, envió a Dios esta súplica llena de amor y de filosofía:
--Señor, señor, protege a mi hijo, inspírale sentimientos blandos por quien eres, Dios mío. Haz que sea bueno, que te conozca y te tema.
No pudo continuar la desventurada madre, cuya voz había sido embargada por lágrimas violentas que le saltaron de los ojos contra su voluntad. Pero, repentinamente, como si volviera en sí de un sueño penoso y encontrara de nuevo todas sus ideas, obliteradas por un instante debido al intenso dolor, Joana despedazó la tabla de la trampa y llenó con piedras y ramas el hueco con el que atrapaba los inofensivos hijos del desierto. Tras destruir la trampa de esta manera, se puso en camino hacia su casa, que le deparó un espectáculo que nunca habría podido imaginarse y que por un tris no abatió del todo su cansado espíritu. En su ausencia, habían levantado en el patio una horca con ramas verdes, y de ella pendía de una cuerda el conejo, minutos antes lleno de vida, ahora muerto, con el pescuezo distendido, los bellos ojos empañados. José no sólo no lloraba, sino que hasta se mostraba indiferente ante aquel espectáculo repugnante como si ya no fuera el mismo niño que poco antes había manifestado los más generosos sentimientos a favor de la víctima. El reverso de este reciente pasado se representaba ahora ante los ojos de Joana: el pequeño prorrumpía en aplausos cada vez se balanceaba el cuerpo inanimado del animal, que Joaquín, entre  chanzas groseras y de mal gusto, empujaba de cuando en cuando con la mano ensangrentada y torpe.

(...)

CAPÍTULO XVIII

Llegó al fin el momento de la extrema prueba.
No había pasado un mes, cuando se escucharon los duros golpes de los maderos martillados, que anunciaban a la población de Recife el próximo y fatal fin de los delincuentes. Se levanta la horca en el Largo das Cinco Pontas.
Por segunda vez, este instrumento de suplicio sobresaltó los ánimos y llenó de dolor los corazones en la heroica villa.
Por grandes que sean las ofensas que la sociedad haya recibido de uno de sus miembros, la razón pública se siente abatida ante su propio castigo por medio de la muerte natural.
La memoria de los primeros suplicios estaba casi borrada del todo del espíritu del pueblo. Se realizaron éstos durante la administración del gobernador Henrique Luís. Habían resultado transcurrido desde entonces treinta y ocho años, tiempo más que suficiente para que se borre del lienzo del pensamiento la imagen de semejantes representaciones.
Los pernambucanos se acordaban, sin embargo, todavía en 1776, de lo mucho que le había costado a este gobernador sentenciar a muerte a algunos criminales.
Una medida real con fecha del 20 de octubre de 1735 había establecido en Pernambuco la junta de justicia criminal, la misma que en 1776 juzgó al Cabeleira, a su padre y a los demás reos que conocemos.
Se había reunido, en conformidad con dicha medida, en la sede de la cámara, aquella junta, compuesta por el gobernador, los oidores de Pernambuco y Paraíba, el juez de Olinda y uno de los oidores que habían servido en la primera de las mencionadas provincias. Pese a las razones más humanas que jurídicas expuestas por Henrique Luís, el modelo de los gobernadores portugueses, tuvo que pasar por el tormento de dictar la sentencia de muerte, que lo hirió antes a él que a los condenados.
En el juicio del Cabeleira y de los demás presos, la inviolabilidad de la persona humana había sido mejor comprendida y respetada por la junta, en la que sólo un miembro había votado por la pena capital.
Así, en el espacio de treinta y ocho años, el nivel de la conciencia moral se había elevado en tres de los miembros de esta terrible comisión; pero por desgracia había descendido en el más importante de ellos. José César, despreciando el voto de esa mayoría, digna de figurar en los tribunales modernos, había sentenciado a la pena capital a los infelices con la fuerza de un voto contra  tres, excediendo así las atribuciones del gobernador, al que la mencionada medida confería, únicamente en el caso de empate entre los cuatro miembros, el derecho del desempate. Aquí se ve que entre estos dos gobernadores, ambos con buenas intenciones, aunque contrarias entre sí y en sus efectos, no sólo mediaban treinta y ocho años, sino también la barrera que separa las tinieblas de la luz; el poder arbitrario, que destruye, del sentimiento liberal, que edifica.
Henrique Luís, aunque más distante que su colega, representaba el derecho nuevo, del que el mismo Portugal del siglo XVIII trasladó a su código, que lo honra, una parte que, en el siglo XIX, mereció el aplauso de todas las naciones cultas. Esta parte es la que afirma y consagra la inviolabilidad de la persona humana.
Si alguien hubiera dicho entonces a José César que su patria, en menos de un siglo, borraría de su legislación la pena que él imponía con tanto arbitrio a tres desgraciados que carecían de la instrucción más elemental, habría escuchado al poderoso agente de la realeza metropolitana clasificar como una utopía de los soñadores del siglo XVIII esta brillante conquista de nuestras luces. Los tiempos se vengan, y si la humanidad, algunas veces, como las aves, se arrastra y se enloda en los charcos de la tierra, se purifica, como ellas, en las lluvias celestes, y se eleva a regiones serenísimas desde las que ve la grandeza del Omnipotente en los millones de mundos que pueblan la inmensidad; su sabiduría en la armonía que los sostiene; su bondad en el sinnúmero de leyes, tanto físicas como morales, que protegen los cuerpos y dignifican los espíritus.
(...)
El juez nombrado por el gobernador para asistir a la ejecución, en conformidad con lo dispuesto en la medida real, ordenó al escribano que repitiera la lectura de la sentencia. Los delincuentes escucharon por vigésima vez, con sincera contrición, ese machote del absolutismo colonial.
Terminada la lectura, el Cabeleira apareció, casi de súbito, en el estrado de la horca, al lado del verdugo.
No había vacilado en su rápido acenso ni daba muestras de estar abatido.
Su rostro no estaba pálido, sino sereno. Su cabeza había sido despojada del bello distintivo al que el mancebo le debía el mote con el que su nombre llegó a la posteridad.
Con una mirada larga y rápida abarcó la multitud que se apiñaba al rededor del patíbulo y profirió, sin titubear, con la voz ligeramente alterada, estas palabras que la tradición recibió como herencia para transmitírsela las generaciones venideras:
--Muero arrepentido de mis errores. Cuando caí en poder de la justicia, mi brazo ya era incapaz de matar, porque ya había yo entrado en el camino del bien...
--¡Mi hijo! ¡Mi hijo! --gritó en ese momento Joana en medio de la gente, entre la que buscaba abrirse camino para llegar al pie del cadalso.
Al escuchar esta exclamación, el Cabeleira se volvió confuso y conmovido. Un largo suspiro huyó de su pecho, oprimido por la súbita aflicción. Sus labios dejaron pasar estas palabras precisas y puntuales:
--¡Adiós, madrecita de mi corazón!
En el mismo instante, a los ojos de la multitud profundamente conmovida, la escena se transformó como por un mecanismo oculto. El infeliz mancebo, que en cuanto acabó de hablar fue rudamente empujado del estrado hacia el vacío, pendía de la cuerda asesina, teniendo sobre los hombros al verdugo, que apretaba con sus manos cobardes el nudo sofocante. Escena bárbara que llena de horror a la humanidad y cubre de vergüenza y luto, como tantas otras, la historia del período colonial.
En medio de la multitud, esta escena de muerte se reprodujo en el mismo instante, únicamente modificada en la forma. Entre los brazos de unas mujeres del pueblo, pobres madres sin duda, Joana acababa de exhalar el último suspiro. Su corazón había estallado de dolor, repentinamente.
Pocos momentos después se unieron al cadáver del Cabeleira los de Joaquín y Teodosio, sus compañeros en la vida y en la muerte, en la historia de la provincia y en las reminiscencias del pueblo, actualmente casi borradas por la mano del tiempo.
La noticia de tan triste ejemplo atravesó los remotos parajes donde repercutía la fama del gran asesino, y fue aún más allá, en las alas ligeras de los versos ya citados, a los que se deben reunir estos dos últimos de los trovadores pernambucanos:

Quien tenga sus hijos
Los ha de enseñar;
Ahí ’stá el Cabeleira
Que fueron a ahorcar.
Adiós ciudad mía,
Adiós Santo Antón,
Adiós madrecita
De mi corazón.

La ejecución del Cabeleira y de sus compañeros no evitó ni los desórdenes ni los delitos a los que se refiere la medida legal; no trajo terror ni enmienda a los malhechores.
Los crímenes atroces, muy frecuentes en ese entonces, aunque han disminuido, no han cesado del todo. Los diarios registran todos los días, para nuestra infelicidad, muchos de esos delitos, perpetrados en el Norte, en el Sur y en la capital misma del Imperio.
¿De qué sirvió, pues, la medida real? ¿Qué provecho tuvo la ejecución de los tres infelices en el régimen colonial y de los que los precedieron o los sucedieron tanto en ese régimen y como en el del Imperio?
Ah, amigo mío, la pena de muerte, que las edades y las luces han demostrado que no es sino un crimen jurídico, de hecho no corrige ni moraliza. Lo que hace es ennegrecer a los códigos que la estampan en sus páginas, por más liberales y sabios que sean, como lo es el nuestro; lo que hace es abatir al poder que la aplica, escandalizar, consternar y envilecer a las poblaciones en cuyo seno se efectúa.
La justicia ejecutó al Cabeleira por crímenes cuyas principales causas fueron la ignorancia y la pobreza.
Pero el responsable de semejantes males ¿no será, ante todo, la sociedad que no cumple el deber de difundir la instrucción, fuente de la moral, y de organizar el trabajo, fuente de la riqueza?
Si la sociedad no tiene en ningún caso el derecho de aplicarle la pena de muerte a nadie, mucho menos tiene el derecho de aplicársela a los reos ignorantes y pobres, esto es, a aquellos que cometen el delito sin pleno conocimiento del mal y obligados, muchas veces, por la necesidad. ¿El Cabeleira pudo, acaso, compararse en culpabilidad con Lapomerais, médico ilustrado, o con ese negociante alemán o americano, Tomas o Thompson, que, con el objetivo de enriquecerse de la noche a la mañana, ocasionó la muerte de ochenta pasajeros y las heridas de otros cien al causar la pérdida del paquebote Moselle?
Se condena por la fuerza al esclavo que mata a su señor, sin considerar que, rebajada por la condición servil, sufriendo azotes a diario, cubierta de andrajos, casi siempre hambrienta, sobrecargada de trabajos excesivos, semejante criatura tiende más a convertirse en un ciego instrumento de la desesperación que a ejercitar la razón de manera competente. Apenas el 28 de abril del presente año, en una ciudad de la provincia de Alagoas, uno de estos infelices padeció el suplicio capital. En honor de la civilización, uno de los primeros órganos de la prensa del Norte, el Diário de Pernambuco, proclamó contra esa cobardía jurídica la siguiente protesta: “Registramos este acontecimiento con el dolor que suele causar. a quienes aman a la patria y a la humanidad, la vigencia de la bárbara pena de muerte entre nosotros, que siendo infamante, ni siquiera es capaz de corregir.”
Arrastran a los delincuentes a los tribunales o ante los jueces para interrogarlos acerca de las circunstancias de los crímenes que cometieron. No debería ser así. El interrogatorio principal debería tener como objetivo los precedentes del culpable, su grado de instrucción literaria, su educación y sus haberes.
A la pobreza, que es en realidad una desgracia, debe la sociedad atribuirle el mayor número de los crímenes que castiga y de los errores y faltas que no se considera en el derecho de castigar. La pobreza nunca fue, ni será jamás, un elemento de elevación; fue y será siempre un elemento de degradación social.
La riqueza, amigo mío, es uno de los principales bienes de la vida.
Cuando ésta resulta de un trabajo honesto, y servido por una ambición noble y ponderada, no pueden redundar males de ella. Al contrario, de una riqueza así adquirida provienen casi siempre beneficios, no sólo para aquellos que la poseen, sino también para la sociedad.
Cuanto más medito sobre este asunto, más me parece que el evangelio que predica la pobreza voluntaria, considerada por la ciencia moderna como un absurdo económico, es un imposible social, es un código de moral práctica sujeto a la revisión de la sabiduría de los tiempos, y no el cuerpo de leyes de una religión inmutable. La prueba de que no estoy en un error puede verse en el ejemplo que nos dan los actuales ministros del evangelio, quienes, muy distintos de los pescadores de Galilea y de Samaria, que, descalzos y humildes se lo enseñaron a todos los pueblos, emplean hoy todos los medios para hacerse ricos y poderosos, y no desestiman la opulencia, empezando por aquellos que ocupan los principales lugares en la jerarquía eclesiástica.
Que no sirvan estas verdades para consternar a los pobres.
Que les sirvan, antes bien, de estímulo para trabajar, cultivar la tierra, las industrias, las artes y, con su propio esfuerzo, volverse independientes y felices.
Amigo mío, considero, para mayor claridad de algunos puntos, y para tu mejor comprensión, añadir la carta que precede esta historia.
Confirmo aquí todo lo que dejé dicho en el texto sobre mi protagonista.
Por más extraordinario que parezca (en realidad no podemos medirlo con los moldes vulgares y conocidos) el Cabeleira no es una ficción, no es un sueño; existió, y murió como aquí se dice.
Fue objeto de muchas trovas rurales y sertoneras, de episodios dramáticos y anécdotas engendradas para amedrentar a los vanidosos importunos y para poner en fuga a los fanfarrones arrogantes. Esta parte, por así decirlo, cómica de la vida del notabilísimo bandido, será tema de otro libro.

 (...)


Tuyo,
FRÁNKLIN TÁVORA

Rio, septiembre de 1876.




[1] Pequeño roedor.

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