El extranjero que, sin conocer Brasil, leyera uno de los libros que ha producido nuestra literatura referente a la sequía, literatura ya muy vasta, gracias a Dios, imaginaría que aquella parte de la tierra que va desde la sierra de Ibiapaba hasta Sergipe está desierta, como una especie de Sahara.
Realmente, nuestros narradores del siglo pasado, siguiendo las buenas costumbres de una época de exageraciones, contaron tantas anécdotas extrañas, sembraron en el sertón reseco tantos esqueletos, pintaron el sol y el cielo con tintes tan rojos, que algunos políticos, sinceramente preocupados, pensaron en transferir de aquella región maldita hacia zonas amenas los restos de esa gente flagelada. Tuvieron esta idea feliz y después se acordaron de contar a los hambrientos y de transportarlos. Se verificó entonces que allí se comprimía, en seis estados pequeños, casi un quinto de la población de Brasil.
Hubo suspiros de alivio, cierta sorpresa y una vaga decepción. No sería fácil conducir a toda aquella gente a través de lugares hostiles hacia una nueva Canaán. No sería fácil, ni sería necesario. A fin de cuentas, si los nordestinos, siguiendo el precepto bíblico, se habían multiplicado tanto, entonces es que no se alimentaban de puras raíces de umbú, semillas de mucuna, cuero de maletas y carne humana. Pues hasta la antropofagia había servido para dramatizar la sequía en periódicos y libros. Se suprimió la antropofagia, en los caminos blancos disminuyeron los esqueletos, los ponientes se pusieron menos rojos... y se reconoció por fin que el Nordeste, para sostener a una población tan numerosa, tenía, fatalmente, que producir algo. Aun admitiendo que sus habitantes fueran demasiado económicos, tanto como las plantas que nacen entre las piedras o los animales que viven entre las espinas, era necesario suponer en aquella tierra, para que los hombres pudieran propagarse, la existencia de plantas y de animales. Porque, al fin y al cabo, nadie podría nutrirse de literatura, cosa que, a falta de algo mejor, el Nordeste produjo en abundancia.
Pero los horrores de los estíos, que habían originado poemas muy lindos, todavía estaban presentes en los espíritus, la visión de "grandes bueyes ávidos mugiendo lastimosamente" persistía... y se creía que varios millones de personas vivían en estado de hambre permanente, imaginando la abundancia que producen los cafetales de São Paulo y la riqueza que se arrancaba al caucho del Amazonas, abundancia problemática y riqueza hoy imposible. La figura del retirante, celebrado en prosa y verso, inspiró compasión y cierto desprecio; compasión porque era evidentemente infeliz; desprecio porque era un individuo inferior, vagabundo y medio salvaje. El sentimentalismo romántico siempre vio a las familias de los migrantes vagando sin rumbo por las carreteras, rotas, sucias, intercambiando niños por puñados de harina de yuca.
Ciertamente hay demasiada miseria en el sertón, como en todas partes, pero no es indispensable que la lluvia falte para que el campesino pobre se deshaga de sus hijos inútiles. Sin lugar a dudas, la sequía engrosó los flujos migratorios que se dirigieron al norte y al sur del país, pero la seguía es solo una de las causas del hambre, y de cualquier manera los nordestinos, en mayor o menor cantidad, habrían ido a cortar árboles de caucho en el Amazonas o a cosechar café en Espírio Santo o en São Paulo.
¿Qué es lo que determina esa penuria tan grande del Nordeste? ¿Por qué huye la gente de allí? La verdad es que esas cosas son evidentes a resultas del elevado número de habitantes. Aunque no hubiera sequía, seguiría habiendo bastante miseria, y ésta sería mayor que en Mato Grosso, por ejemplo, donde, al estar muy dispersa, puede pasar desapercibida. El éxodo de los flagelados es un decir. No hay éxodo. Pero mucha gente se va. Se va gente de todas partes. Pero en una región donde están comprimidos casi diez millones de individuos mal acomodados, el total de los que emigran debe ser considerable. Del Pará y de Goiás no podrían irse muchos.
Tenemos un desierto extrañamente poblado, un desierto con doce habitantes por kilómetro cuadrado en el Ceará, densidad igual a la de Rio Grande do Sul, y cuarenta y siete en Alagoas, densidad apenas inferior a la del estado de Rio. Esa gente prolífica y tenaz, amontonada en una tierra pobre, de agricultura primitiva e industria atrasada, naturalmente vive mal. Por lo regular no existen grandes fortunas, y en os medios rurales continuamente hay que volver a empezar.
Reducida la producción, surgen decenas de oficios parasitarios, y el nordestino se dedica a alguno de ellos antes de emigrar: se vuelve vendedor ambulante, intercambiador de animales, intermediario, salteador, se encarga, finalmente, de hacer circular lo poco que hay.
El tipo heroico del cangaceiro del siglo pasado, esa especie de Quijote que se rebelaba contra el orden para enmendar injusticias por cuestiones de honor o desavenencias políticas, es una figura que va desapareciendo o desapareció ya completamente. El cangaceiro actual es una criatura que lucha para no morir de hambre. Aquél era un propietario que, perseguido por vecinos más fuertes, tomaba las armas y, con un pequeño grupo de parientes y aliados, decidía eliminar al delegado, al juez, a todas las autoridades que favorecían a sus enemigos; éste es un sujeto sin melindres, que probablemente no conserva el recuerdo de ofensas recibidas y, si alguna vez tuvo problemas con la policía y pasó la noche encadenado, le parece algo natural, pues "recibir golpes del gobierno no es ninguna deshonra". El cangaço antiguo, del que surgían rasgos de caballería, ciertamente dudosa, pero al fin aceptada sin dificultad y propagada por los trovadores broncos del interior, era un fenómeno de orden social; el de hoy, bárbaro, monstruoso, es una consecuencia de la desorganización económica. El primero produjo un Jesuíno Brilhante; el segundo, un Lampião.
Tal vez esta desorganización no sea sólo un efecto de la sequía. Los procesos primitivos de la agricultura, la industria precaria, la horrible explotación del trabajador rural, la falta de administración deben haber fomentado, tanto como la sequía, el atraso en el que vive la quinta parte de la población de Brasil.
Texto en portugués: Graciliano Ramos, Cangaços,
comp. Ieda Lebensztayn y Thiago Mio Salla,
Editora Record, 2014.
Foto: Sitio oficial del autor.

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