El hombre tiene la cara picada por la viruela. Habla en voz
baja y tiene un acento raro, pero de todas formas Zakaly entiende lo que quiere decir: nos van a
comer. Comprimido entre los adultos, Zakaly escucha al hombre contar lo que
entreoyó: en cuanto desembarquen, estará todo listo. Preparan una gran fiesta para su gobernador. Y el platillo principal somos nosotros.
Entonces es cierto, piensa Zakaly. Las historias corren de
boca en boca, los detalles varían, pero los personajes siempre son los
mismos: seres sinietros, con pelo largo y cara roja, que se deleitan
comiendo carne humana. Algunos dicen que nos asan a las brasas, otros que nos cuecen en calderos. Muchos dicen que lo que más les gusta son los niños, porque su carne es más tierna. Zakaly se palpa, imaginando a qué sabrán sus
brazos, su barriga, sus piernas.
Los adultos, nerviosos, le preguntan al hombre: ¿pero, estás
seguro? El hombre, grave, asiente. Es esclavo de los blancos desde hace
casi dos años, comprende su lengua. Dos veces vio a los blancos comer gente en grandes banquetes, y ni viviendo diez mil años podría olvidar aquello. Ignora por qué lo han dejado vivir tanto tiempo, pero sabe que eso
está por acabarse y no quiere morir devorado. Dice que hay pocos blancos en el
barco, y que si atacamos por sorpresa y tenemos suerte, podremos matarlos a
todos.
¿Matarlos a todos? ¿Y después qué hacemos?, pregunta uno de
los adultos. ¿Quién va a gobernar este barco en este río inmenso, al que no se
le ven las orillas? El hombre responde que conoce los rudimentos del arte de
dirigir el barco de los blancos, y que cree que, con ayuda de los demás, podrá
llevarlo a tierra firme. Peor, dice el hombre, es no hacer nada. Eso sí
es muerte segura.
Zakaly rechina los dientes y siente que su corazón se acelera. Piensa en todas las veces que vio a su padre y a sus tíos volver de la
caza e imaginó con miedo y deseo el día en que él mismo tendría que probar su valor. Pero antes de que ese día llegara, incluso antes de
que lo llevaran con otros niños de su edad a la ceremonia de los
terribles espíritus del bosque, cayó cautivo y tuvo que caminar trescientos
kilómetros hasta llegar, más muerto que vivo, a un corral rodeado de
empalizadas, a orillas del río Cuacua, cerca de la villa de Quelimane, en el
África Oriental Portuguesa. Veinticinco kilómetros río abajo, anclado frente a
la desembocadura del río, el bergantín Justiça,
de bandera brasileña, esperaba pacientemente a Zakaly y a otros quinientos
veintisiete hombres, mujeres y niños.
La muerte no tiene dueño, dicen los más viejos: es de
todos. Y durante las semanas que siguieron al embarque murieron setenta y ocho
personas aplastadas y asfixiadas en los sótanos abarrotados del barco,
enfermas por la comida o por la falta de comida, o ahogadas luego de arrojarse a
las aguas del Océano Índico. Zakaly mira a los que quedan, amontonados y
débiles, y no puede imaginar a ese ejército de espectros gobernando el
barco. Pero los más viejos también dicen que la serpiente sube a los árboles aunque no tiene pies...
¿Me van a matar antes de comerme o me van a echar vivo al caldero,
como los cangrejos que mi madre lanzaba al agua hirviendo? ¿Me sangrarán antes
de comerme, como un puerco, para teñir la ropa de rojo con mi sangre,
como me aseguró ese viejo en Quelimane? Zakaly no está seguro. Ninguno de los adultos está seguro. Los días pasan y los rumores y
especulaciones aumentan y ocupan el espacio, a tal punto que los sótanos
del barco, ya de por sí pequeños, parecen estrecharse aún más.
Ya estamos muy cerca de la costa, ¿ven esas plantas que
flotan? Mañana o pasado vamos a avistar la tierra, dice el hombre con
las cicatrices de viruela. Tenemos que atacar cuando suban a los hombres al combés para
bañarlos: tal vez no haya otra oportunidad. Los adultos se miran
entre sí, algunos todavía renuentes a aceptar el liderazgo inevitable del
cacarizo, otros decididos, muchos confusos, todos cansados y temerosos.
Zakaly piensa que ni siquiera enfrentar a los espíritus del bosque puede ser peor
que lo que vive ahora, hundido en el pánico y ante la inminencia de la
muerte, por no hablar del agua podrida y de las erupciones blancuzcas que le
cubren los brazos y piernas y le dan mucha comezón.
Al día siguiente, la muerte es también de los blancos. La
rebelión revienta en el combés cuando uno de los esclavos toma un trozo de leña
y golpea en la cabeza a uno de los tripulantes, esparciendo su sangre. En cuestión
de segundos, la furia se extiende. Uno de los esclavos logra abrir una de las trampillas y un enjambre de personas invade el combés. En el combate
que sigue, la superioridad numérica de los esclavos acaba por prevalecer sobre
las armas de fuego. En poco tiempo, más tripulantes son asesinados o arrojados vivos
al mar. Cuando todo acaba, Zakaly respira hondo, mira el combés manchado de
sangre y piensa: así debe ser una partida de caza; el miedo derrotado por la necesidad,
un animal grande y fuerte vencido por un animal mucho menos imponente, pero que lucha con la iniciativa y la sorpresa a su favor.
Tras la rebelión, el caos se instaura en el barco. Mueren
más hombres peleando por comida que luchando contra los blancos. A duras penas, el
hombre de las cicatrices de viruela logra reunir a algunos de los más fuertes e
imponer un orden precario. Dos días después, el barco encalla en un banco de
arena frente a una playa.
Zakaly mira el matorral más allá de la playa y piensa que
salió de una cárcel para entrar en otra. Se junta con algunos hombres y
muchachos y se interna en el campo en busca de comida. Luego de cuatro días vagando hambriento
sin saber a dónde llegar, Zakaly, agotado, casi agradece a los dioses cuando
una patrulla de soldados se encuentra con su grupo. Los soldados los amarran entre sí con una cuerda larga. Después de dos días de caminata, llegan a una villa donde los lavan, alimentan y almacenan en una senzala al fondo de un
viejo caserón.
Atisbando por entre las rejas de la senzala, Zakaly ve dos hombres que cargan barriles de excremento. Los oye platicar en una
lengua muy parecida a la suya, llama a uno de ellos y el hombre se acerca,
curioso. Zakaly le pregunta cuándo se lo van a comer. El hombre se ríe a
carcajadas y le repite la pregunta a su compañero, hasta que un blanco le llama
la atención y vuelve al trabajo.
Al día siguiente, el hombre vuelve y le hace plática. Dice que
Zakaly y los que cayeron cautivos junto con él se quedarán algunas semanas más
en la villa y luego se los llevarán al gran mercado de esclavos en Salvador.
Dice que Zakaly todavía es pequeño, no tiene ni rastros de barba: probablemente
lo comprarán para que trabaje como doméstico o asista a los comerciantes en la
ciudad, lo cual es una suerte, pues el trabajo en los ingenios y en las
plantaciones es mucho más pesado. Si trabaja duro y tiene suerte, tal vez hasta
pueda ahorrar dinero para comprar su propia libertad. Zakaly llena al hombre de
preguntas. Apenas está empezando a entender cómo va a ser su futuro.
Los días pasan y Zakaly se siente mejor y engorda. Le untan
aceite en la piel y sus heridas empiezan a sanar. Empieza a hacerse a la
idea de tener que trabajar durante el resto de su vida para los blancos. Mientras mira la
luna a través de las rejas de la senzala, piensa que, por arduo que sea el trabajo,
es mejor que morir dentro de un caldero.
La ciudad es una sorpresa para Zakaly, que nunca ha visto
tantas casas juntas, ni casas tan altas como esos inmensos caserones de cuatro o
cinco pisos. Pero lo que más le llama la atención es la multitud que ocupa las
calles y callejones inmundos de la ciudad. Para su sorpresa, los blancos son
minoría.
En el mercado de la ciudad baja, posibles compradores examinan a Zakaly. Finalmente lo compra un hombre gordo, de barba densa y
oscura, que lo palpa como un carnicero evaluando a un novillo.
El barbón se lo lleva a su casa, una quinta inmensa fuera de
la ciudad. Hay muchos esclavos, pero ninguno habla la lengua de Zakaly. Los
esclavos le muestran el barracón donde viven. La comida (puré de yuca con
pedazos de carne seca) es sorprendentemente buena y abundante. Hace meses que
Zakaly no come así. Por la noche, con la barriga llena, duerme encogido sobre
una estera, en el piso de tierra apisonada del barracón.
Al día siguiente ponen a Zakaly a trabajar en la cocina. Por
el movimiento, entiende que llegó en plena preparación de una fiesta. Doce
esclavos se relevan cocinando y arreglando el salón en cuyo centro hay una mesa
de madera oscura en la que caben cómodamente veinte personas.
Un esclavo de pelo blanco lleva a Zakaly a un armario lleno
de trastes de plata. Con gestos, el viejo le enseña a limpiar las piezas,
lavándolas con jabón de coco y puliéndolas con un trapo. Mientras trabaja,
Zakaly admira la cantidad y variedad de los platillos que pasan frente a él: dos
puercos enteros, ocho gallinas, longanizas, chorizos, tartas, pasteles,
frijoles con tocino, harina, frutas y verduras que nunca ha visto.
Exhausto tras el primer día de su nueva vida, Zakaly se
queda dormido en pocos minutos. Esa noche sueña que vuelve a casa y su familia, que ya había perdido la esperanza de volver a
verlo, lo recibe con inmensa alegría.
A la mañana siguiente, muy temprano, antes de despertar,
Zakaly es abatido por otro esclavo, que le da dos golpes secos en la cabeza, y muere
sin saber cómo se lo van a comer.
Texto original en portugués publicado en:
Coyote, No. 25, Londrina, Primavera 2013, pp. 28-31

No hay comentarios:
Publicar un comentario