Así como el que ha caminado largas jornadas se apresura más en la última para llegar a su posada y descansar en ella del trabajo que ha pasado, así yo, que debía dar cumplimiento a mi obligación el día de hoy, me apresuré en esta última ocupación más de lo acostumbrado, para venir a ocupar este sitio en el que hace ya tiempo que os espero.
ALIVIANO (A.)
Admito mi descuido, que se debió a una visita; sin embargo, si supiera que ya habíais llegado aquí, hubiera atropellado las obligaciones de la urbanidad por venir a buscaros.
B.
No obstante, no habéis cometido falta. Y para iniciar lo que tengo entre manos, os digo que debéis recordar que os he hablado ya de la extensión que nosotros los portugueses hemos poblado en esta costa brasiliense y, de la misma manera, de las ciudades, villas, pueblos y capitanías que por todo su distrito se hallan, junto con las cosas en que abundan y de las que carecen; traté también del buen cielo y del mejor clima de que goza todo este terreno, su riqueza, fertilidad y abundancia en víveres, ganados, aves y pescados, de lo cual debéis haber inferido, si no queréis ser considerado hereje en cuanto a las cosas de Brasil, cuánto os equivocabais considerándolo una mala tierra.
A.
Estoy ya bien arrepentido de mi error y no poco avergonzado de haber perseverado en él; pero, pese todas las abundancias que me habéis expuesto, veo que, aunque todo le sobra a esta tierra por la fertilidad de su terreno, padece también muchas faltas cuya culpa recuerdo que habéis atribuido a la negligencia común y poca industria de sus pobladores; pero os faltó decir qué se podría hacer para que esta falta se enmendara.
B.
Lamento mi poca memoria y os digo que eso se remediará cuando la gente que haya en Brasil sea más de la que es necesaria para el granjeo de los ingenios azucareros, la labranza y las tiendas de ultramarinos, porque entonces los que no ocupen su fuerza habrán de buscar alguna ocupación nueva a la cual dedicarse, de manera que unos se harán pescadores, otros pastores, otros hortelanos, otros tejedores, y ejercitarán los demás oficios, que no existen en esta tierra en la cantidad que sería necesaria; y si esto así sucediese, entonces no faltaría nada, y la tierra abundaría en todo lo que le fuese necesario y se vería a ojos vistas su gran fertilidad y abundancia al no necesitar ninguna de las cosas que se traen de Portugal y de necesitarlas, serían pocas.
A.
Aunque pudiera Brasil sustentarse totalmente sin el abastecimiento que le viene todos los años de Portugal, esto no sería posible si no viene gente a poblarlo.
B.
Os equivocáis en esto, porque Brasil tiene ya tanta gente que basta para poblarlo, y dentro de pocos años le sobrará, porque la capitanía de Pernambuco, como las demás capitanías del Norte, puede ya hoy poner en pie de lucha a más de diez mil hombres armados, entre ellos muchos de a caballo. Y como nos hemos ido desviando del asunto que hoy hemos de tratar, que son las costumbres generales de la tierra, quiero principiar describiendo brevemente las costumbres que guardan nuestros Portugueses, entre los cuales, los que no son mercaderes se ocupan de sus cultivos, como he dicho, y para tal efecto construyen su vivienda en los campos, donde tienen a su familia, en casas que para eso construyen; unas son de teja y otras de pindoba o sapé, que es una rama con la que se hacen recubrimientos. Y, aunque que tienen sus casas y moradas en las villas y ciudades, no residen en ellas, porque de ordinario habitan en el campo, donde se ocupan de granjear sus haciendas y hacer sus cultivos, con su ganado y sus esclavos de Guinea y de la tierra, que para el efecto emplean, porque la mayor parte de la riqueza de los campesinos de esta tierra consiste en tener pocos o muchos esclavos. Se mantienen de lo que producen, teniendo de ordinario un pescador que les va a pescar en altamar y en los ríos, de donde les trae suficiente pescado para su sustento.
A.
Y este pescador ¿es cautivo o libre?
B.
Es un esclavo cautivado entre gentío de la tierra o de Guinea, o uno de los hombres libres que para tal efecto emplean a cambio de una pequeña retribución. Muchos se sirven también de cazadores que les traen caza en abundancia, y con esto y lo que producen -leche de sus corrales, mucho azúcar - viven acomodados.
A.
Decidme si por lo general acostumbran todos comer harina de la tierra.
B.
Algunos, no pocos, comen también pan, que mandan amasar y cocer en sus casas con harina que compran en el Reino o mandan buscar a las casas de panaderas, porque hay muchas que viven de este oficio. Las mujeres se visten muy bien y lujosamente, y cuando salen de casa van transportadas a hombros de sus esclavos, metidas dentro de una hamaca.
A.
¿Y no sería mejor que fuesen en una silla o palanquín como los que hay en la India?
B.
No, porque la hamaca es excelente para andar por los caminos, y sería trabajoso usar la silla porque las iglesias están lejos, lo mismo que las visitas que hacen a sus amigas y parientas. También suelen llevar consigo, para hacerse acompañar, además de los hombres que llevan a pie o a caballo, dos o tres esclavas del gentío de Guinea o de la tierra, que no se alejan nunca de la hamaca, debajo de la cual colocan un tapiz. Los hombres montan sus caballos, que suelen llevar bien enjaezados, sobre todo cuando van con ellos a algunas fiestas. En suma, son casi todos liberales, belicosos y muy amigos del honor, por el que se aventuran a muchas cosas.
A.
Todo esto he podido verlo en las personas con quienes he conversado; además me parecen todos muy buenos conversadores.
B.
Así es, pues ya os he dicho que Brasil es una academia donde se aprende el buen conversar. Y baste por ahora esto acerca de los blancos, porque tenemos mucho que decir sobre el gentío de de la tierra. Ante todo, este gentío no tiene un rey al que obedecer y sólo elige a algunos principales a los que otorga alguna superioridad, principalmente en las cosas de la guerra, porque en las demás hacen lo que mejor les parece.
A.
Y ¿a quién le corresponde la elección de estos principales?
B.
Aunque algunos suceden por herencia a sus padres y abuelos, la mayor parte de ellos se elige por sí misma, porque basta que sean buenos caballeros y reputados por tales para que todos les obedezcan. Viven por los campos, en unas casas muy largas, cubiertas de paja, divididas en muchos compartimentos, porque cada pareja con su familia tiene el suyo, al que ellos llaman lanços, sin que medie pared ni ninguna otra cosa entre unos y otros.
A.
No deben entonces ser celosos de sus mujeres ni de sus hijas.
B.
Al contrario, lo son en gran medida, y cometen acciones extremas en ese sentido. Antiguamente -y en el sertón todavía hoy- andaban todos desnudos, así los hombres como las mujeres, sin usar nada para cubrir sus vergüenzas.
A.
Debían oír hablar de nuestro padre Adán mientras estuvo en estado de gracia.
B.
Pero ya el gentío que habita entre nosotros anda cubierto, los machos con unos calzones y las hembras con unos camisones grandes de lino muy blanco y los cabellos entrelazados con listones de seda de distintos colores, costumbres que introdujeron entre ellos con mucho trabajo los Padres de la Compañía, porque no había quién los hiciera apartarse de su naturaleza, que los incitaba a andar desnudos.
A.
¿Y tiene este gentío por ventura algún rito o ceremonia de creencia?
B.
No tiene ninguno; y si algún modo de adoración tienen, aunque que no se les conoce, es al diablo, al cual dan el nombre de juruparim.
A.
Si a tal santo se encomiendan, no es de sorprender que en sus obras se parezcan a él.
B.
Y por eso suele decirse que este gentío del Brasil carece en su lengua de tres letras fundamentales: la F, la L y la R - lo que muestra que no tienen fe, ley ni rey. Son todos inclinadísimos a las guerras y sus naciones siempre están luchando entre sí. Comen carne humana, y lo hacen más por venganza, como diré adelante, que para sustentarse. Afirman que, según la tradición de sus antepasados, Santo Tomás enseñó el uso de la mandioca, de la que se sustentan, pues antes no la usaban ni conocían sus cualidades, pero dicen esto sin ningún fundamento.
A.
No debió ser así, pues no sabemos ni hemos leído jamás que Santo Tomás haya pasado por estos rumbos.
B.
Eso podría lograrlo Dios cuando quisiese, como cuando hizo que Abacave le llevara comida al profeta Daniel a donde estaba encerrado a través de los leones; pero, como dije, estos indios no dan ninguna razón concluyente en prueba de lo que quieren decir. Suelen dar liberalísimamente y con facilidad todo cuanto tienen y se les pide, aunque corran el riesgo de quedar desnudos, como muchas veces sucede, de manera que no se ve entre ellos ningún rasgo de ambición.
A.
De esto podemos sentir gran envidia, por ser cosa en que nuestra España anda muy desviada.
B.
Todo lo que hasta ahora he dicho sobre las costumbres de estos indios fue en general. Yendo a lo más particular, debo decir primero que, cuando a este gentío le paren sus mujeres, la primera cosa que hacen en el momento en que acaban de parir, y quizá sin haberse aún aliviado bien, es ir a meterse al río más cercano o a la primera laguna de agua fría que encuentren y allí se lavan muchas veces. Una vez bien lavadas, se retiran a su casa, donde encuentran ya a su marido echado en la hamaca en que suelen dormir, como su fuese él el que hubiera parido, y allí lo agasajan y lo visitan sus parientes y amigos, y la parida se dedica a los oficios manuales de casa, haciendo la comida y buscando agua en el río y leña en la selva, como si nunca hubiese parido.
A.
Y ¿cómo es posible que el agua no les haga daño a esas paridas, si a las nuestras en Portugal las perjudica cualquier aire ligero?
B.
Antes bien, les sirve de medicina y protección para que no les haga daño el parto, por la costumbre que tienen de lavarse siempre en los ríos y pescar en ellos. Y no quiero dejar de relatar un hecho que me sucedió a este propósito. Yendo yo a caballo por un otero en un día muy lluvioso, hallé en la ladera a una India sentada en medio del camino, casi toda cubierta de sangre, y alrededor de ella también había mucha derramada. Queriendo yo saber la causa de aquello, me respondió que había parido en aquel sitio y que esa sangre era del parto. Y al preguntarle yo por el niño que había parido, me dijo que un gran golpe de agua de lluvia que por allí corría por una zanja, se lo había llevado. Espoleé entonces al caballo para socorrer al niño y evitar que pereciera, y lo hallé medio muerto, atravesado sobre el camino, detenido por la raíz de un árbol. Hice que un esclavo mío lo recogiera y se lo entregué a otra esclava de leche para que lo nutriera; y así vivió y llegó a ser grande.
A.
Y las mujeres portuguesas que habitan esta tierra ¿tienen por ventura esta costumbre?
B.
De ninguna manera, antes bien se cuidan del aire, como las de Portugal, aunque no pasan tanto tiempo en cama.
A.
No debe haber costumbre más bárbara que esa que me habéis referido, y creo que en todo el mundo no habrá otra semejante, ni sería lícito que la hubiera sino entre estos indios, pues no los considero distintos a las fieras salvajes.
B.
Os equivocáis grandemente en esto; pues aunque tienen esta costumbre y otras semejantes que aprendieron y heredaron de sus antepasados, no obstante se escuchan entre ellos buenos discursos y respuestas agudas, y no se dejan engañar por nadie. A sus hijos les enseñan desde pequeños a ser guerreros y belicosos, y para tal efecto los adiestran en el arco y la flecha, de modo que, aunque tienen el cuerpo pequeño, son grandes flecheros, y para ello los ejercitan en la caza. Las hembras, mientras su edad lo permite y no se han casado, sirven a sus padres.
A.
Y ¿qué estilo tiene su recibimiento?
B.
Las sobrinas son las verdaderas mujeres de los tíos y, cuando las quieren tomar por tales, no se les pueden negar. Así, en general se casa el tío con la sobrina, hija de su hermano o hermana. Y también casa el padre a la hija con quien le parece bien, aunque para ello se usa un modo muy galante, que consiste en que, para el mancebo que se enamora de cualquier doncella, el modo más seguro de alcanzarla es ir a la selva con un machete y cortar leña, sin decírselo a nadie. Una vez cortada, carga a cuestas esta leña en haces y la va a lanzar a la choza donde habitan el padre y la madre de su amada: y persiste en este ejercicio por espacio de algunos días, dando a entender así su intención, y de esta manera nunca se le niega la esposa.
A.
Deben saber entonces de qué modo se ganó Jacob a su amada Raquel, pues parece que quieren imitarlo con esta costumbre. Y habría que saber si toman más de una mujer.
B.
Pueden tomar tres, cuatro e incluso siete u ocho, según la valentía y esfuerzo de cada cual; eso es lo que ante todo importa, y también que sea un hombre que pueda mantener bien a las mujeres que toma para ese efecto.
A.
Pues ¿cómo es que no tienen esas mujeres pleitos entre sí a causa de los celos que por fuerza deben sentir unas de las otras?
B.
Por ningún motivo piensan en eso; antes bien están de acuerdo entre sí, cosa digna de causar grandes envidias. Las doncellas se reconocen, mientras son tales, por el cabello, que llevan corto; pero en cuanto las hacen mujeres se lo dejan crecer, y no hay en esto equivocación posible.
A.
Apruebo la costumbre, principalmente porque conlleva la certeza que habéis mencionado. Pero os faltó decir si esos indios que se hacen los paridos y ocupan el lugar de las mujeres están muchos días echados en la hamaca.
B.
No. Sólo aquellos que basten para que los visiten sus amigos y parientes. Y en las visitas que se hacen entre sí tienen también una extraña costumbre, que consiste en que, cuando se llegan a ver, la mujer que está en la casa o la que viene de fuera, teniendo ya la edad perfecta, se sienta a los pies del huésped que llegó o del que visita, y ahí, con un llanto muy sentido y triste, le recita durante mucho tiempo los hechos infortunados que les sucedieron a sus padres y abuelos en el pasado, todos narrados de tal modo que muevan a la tristeza, sin que recién llegado responda una palabra; de modo que parece mudo mientras dura el llanto y, una vez que éste termina, reciben y agasajan al recién llegado lo mejor que pueden según sus usos.
A.
Consideraría yo un mal augurio que me vieran llorar, y no permitiría de ningún modo que tal sucediera.
B.
Como todos andan desnudos, para abrigarse del frío que hace en la noche encienden hogueras junto a las hamacas en que duermen; y como la casa es muy larga y toda abierta por dentro, y se cuelgan en ella muchas hamacas, tienen de esta manera muchas hogueras dentro, y con ellas se calientan de suerte que no pasan frío aunque estén desnudos.
A.
Y ¿qué de qué muebles se sirve este gentío?
B.
De ninguno más que de la hamaca en que duermen y de una cuia, que es una calabaza cortada por la mitad con la que van a buscar agua. Hay en la comunidad tres o cuatro hornos de barro en los que cuecen la harina, construidos como vasijas muy extendidas, y ya con esto se consideran más ricos que Creso con todo su oro, y viven tan contentos y libres de toda ambición como si fuesen los señores del mundo.
A.
Esta costumbre me despierta grandes envidias, porque se manifiesta en ella la edad de oro; pero por fuerza debe tener cada uno de ellos provisiones que le sirvan de sustento, porque sin eso no le sería posible alimentarse a sí mismo ni a su familia.
B.
Tampoco con eso hacen caudal, porque tienen por costumbre, en el tiempo de la siembra, preparar sus campos, a donde van todos juntos a sembrar y plantar sus víveres; y se dedican a ello durante algunos días, hasta que les parece que están ya listos para durarles todo el año. Y acuden después a limpiarlos y hacer las otras labores que son necesarias. Y en cuanto terminan este trabajo se ejercitan en la caza y la pesca, de la que obtienen gran cantidad de ostras y pescados, pues todos ellos buenos maestros en ese ejercicio. Y cuando tienen necesidad de harina mandan a las mujeres los campos de cultivo, que son comunes, pues a ellas les corresponde ese oficio, así como el de preparar la comida, que siempre tienen lista, hecha a su modo, para cuando el marido vuelve a casa.
A.
No es mala esa costumbre de que las provisiones sean comunes, siempre y cuando no haya engaño en ella.
B.
De ninguna manera lo hay, porque nadie toma más de lo que necesita para su sustento y, de esta manera, las provisiones alcanzan para todos; y, cuando no abundan, nadie carece de ellas. Tienen además la costumbre de que, cuando quieren ir de cacería o pesca, actividades para las cuales reúnen muchos individuos, el principal, que se levanta antes del amanecer, camina por la explanada y a grandes gritos exhorta a los demás a levantarse y hacer a un lado la pereza; a salir de sus casas por ser ya tiempo de que se pongan en camino. Y esta exhortación continúa durante cierto tiempo, hasta que todos toman sus armas y se ponen con ellas en camino.
A.
Les sirve entonces ese indio de despertador.
B.
Sí, en efecto, porque nunca falta alguno que haga semejante oficio. Verdad es que sus principales les ordenan estas partidas más por medio del ruego que del imperio.
A.
Y estos principales ¿dominan por ventura a mucha gente? ¿O qué jurisdicción tienen en ese cargo que les atribuís?
B.
En cada aldea hay un principal que no reconoce la autoridad de ningún otro, sino cuando sucede que alguno es tan caballero que, por el miedo que le tienen, le guarden respeto. Pero los principales ordinarios son obedecidos por los de su aldea casi de broma, porque en las cosas ordinarias cada cual hace lo que quiere aunque el principal les ordene lo contrario; pero en lo que atañe a la guerra le guardan más respeto, porque es él quien se encarga de ellas y las dirige, determinando qué debe hacerse al recibir las embajadas y darles respuesta, pues para hacer las paces o mover nuevamente a la guerra se observa la opinión de los más antiguos. Y, ciertamente, si este gentío obedeciera más a sus capitanes, estaría conformado por soldados muy valerosos por las fuerzas y el ánimo que poseen y la mucha osadía que siempre han mostrado al acometer al enemigo; pero sus supersticiones y el crédito que dan a sus hechiceros los desbaratan y los hacen perder muchas vidas.
A.
Pues ¿qué es lo que consultan con esos hechiceros?
B.
Para decidir sobre cualquier guerra se reúnen en una casa redonda, que construyen sólo para tal efecto en el centro de la plaza de sus aldeas, a la que llaman carpe, y ahí determinan las razones para hacerle la guerra al enemigo y el modo en que deben proceder, estando presente en todo su hechicero, que es cualquier indio o india que finja serlo. Y a éste le corresponde aprobar o desaprobar la expedición pronosticando su buen o mal resultado. Para ello hacen una cosa muy ridícula: cuando afirman que vencerán a los enemigos, muestran unas hamacas pequeñas y dicen que en ellas los meterán a todos maniatados, como si fueran peces. Otras veces, con unos abanicos hechos de palma, prometen expulsarlos y ponerlos en fuga. Y dan tanto crédito a esta vanidad que tienen por seguro que así sucederá.
A.
Pero, ¿cómo no comprenden que todo es mentira cuando sucede lo contrario?
B.
Nada puede sacarles del pensamiento este error que sus padres les infundieron, pese a que han ya recibido grandiosísimas pérdidas por dar crédito a esos hechiceros. Como prueba de esto quiero contaros una historia muy galante: en tiempos pasados hubo un hechicero de estos que aseguró a los indios que en adelante la tierra produciría frutos por sí misma, sin ningún cultivo ni labor. Por lo tanto, bien podían todos darse a la juerga y a la buena vida echándose a dormir, porque la tierra tendría el cuidado de brindarles los víveres en su momento. Tanto crédito le dieron los pobres indios que hicieron lo que él les aconsejó y padecieron, de este modo, la más difícil de las hambrunas que se hayan conocido en este Estado, a tal grado que, obligados por la necesidad, llegaron a venderse a sí mismos y a sus mujeres e hijos por una espiga de maíz, y no puede haber mayor miseria.
A.
Comparo esto con lo que me habéis contado acerca de los monos que metían la mano por la boca de la botella vacía y después no podían sacarla, y por no soltar lo que habían tomado se dejaron cautivar, de donde infiero que gentes que dan crédito a semejante cosa deben ser de la misma naturaleza que esos monos.
B.
Ya os he dicho que no carecen de buen entendimiento, aunque están tan ciegos respecto a estos hechiceros (que no son tales), que no acaban de desengañarse ante su falsedad y mentira. Una vez decidida la guerra, lo primero que ordenan es limpiar muy bien los caminos, alisarlos y ensancharlos para salir por ellos y volver una vez victoriosos, y lo mismo hacen cuando los visita algún huésped honrado. Y el día marcado para la partida, su principal tiene el cuidado de salir al alba a la explanada para proferir a grandes gritos exhortaciones que animen a los soldados a pelear y acometer con valor al enemigo, recordándoles para ello algunas hazañas y victorias de sus antepasados, así como las debilidades del enemigo.
A.
Obran como nuestros capitanes y generales en ocasiones, cuando les importa animar a su gente.
B.
Pues esta costumbre es antiquísima entre este gentío. Una vez hecho el pregón, no preparan grandes equipajes, porque cada uno lleva consigo lo que necesita para algunos días, y cuando les falta algo lo buscan por los campos, selvas y ríos, porque de ellos se mantienen. Las armas que llevan son arcos y flechas; también unas espadas cortas de una madera pesada y fuerte que desbaratan y echan a tierra cualquier parte de cuerpo donde caiga el golpe; los mangos de estas espadas están adornados con plumas de varios colores, y de la misma manera ornan sus cabezas para verse más temibles. Los escudos que también llevan consigo son grandes y están pintados; los hacen de una madera ligera que basta para cubrirles todo el cuerpo y detener las flechas del enemigo.
A.
No son malas armas, y si su ánimo fuese igual no dejarían de realizar grandes hazañas.
B.
El ánimo lo tienen muy grande, como he dicho, pero de tal suerte que, si oyen al caminar con toda esa gallardía el canto de un pájaro que ya mencioné, que para ellos es un augurio, cancelan la jornada y vuelven a recogerse. Igualmente, aunque vayan a emprender alguna gran hazaña, si antes de llegar a su meta encuentran unos pocos enemigos y los matan, se contentan con eso, vuelven a recogerse y se olvidan de lo demás.
ALIVIANO (A.)
Pues no me digáis que tal gente es animosa, porque quienes hacen eso no pueden tener semejante virtud.
BRANDONIO (B.)
Pues os diré aún más: cuando perciben que han sido descubiertos y que no pueden, por ello, realizar su plan, dejan las armas allí donde se dieron cuenta de esto y se retiran sin ellas. Entonces, el que más corre para huir y llega primero a la aldea de la que salieron es reputado por el más valiente, pues dicen que está dotado de gran aliento y fuerza por haber corrido más que sus compañeros.
A.
Bien está que gente tan contraria a nuestras costumbres se esfuerce en la cobardía.
B.
Pues esto no es todo. En semejantes ocasiones, para correr mejor, se perforan las piernas con cuchillos hasta derramar mucha sangre, pues creen que de esta manera son más ágiles y caminan con más presteza.
A.
No celebro esas intenciones de huir mejor.
B.
También lo hacen para llegar mejor. Y siempre emprenden la batalla o escaramuza con mucho ánimo. Todo guerrero que en ella mate a un enemigo con sus propias manos o ayude a atacarlo para matarlo, aunque lo acometan entre seis o siete personas, gana su nombre, lo mismo que sus compañeros, y desde entonces son todos reputados por caballeros y pueden rayarse.
A.
Explicadme con más detalle esto de los nombres y las rayas para que pueda entenderos.
B.
El nombre lo toman todos aquellos que mataron o ayudaron a echar por tierra al enemigo, lo que hacen de esta manera: en la madrugada del día siguiente, después de la batalla o asalto, muy temprano, cuando todos están todavía echados en sus hamacas, éstos se levantan y a grandes voces van diciendo: Yo he de llamarme de aquí en adelante fulano (y se aplican el nombre que quieran), porque maté a mi enemigo en el campo - y lo repiten muchas veces - y con este nombre quiero ser conocido y llamado de aquí en adelante. Y todos les hacen muchas fiestas y les dan vivas, sobre todo las mujeres. Las rayas son unas marcas negras que se pintan en el cuerpo y les sirven en adelante de insignia militar. También se marcan rayas con fuego o pican la parte que quieren rayar con una aguja y, mientras está fresca la sangre, le aplican una tinta negra que les deja la señal marcada para siempre.
A.
No celebro mucho esta caballería ni ese tipo de insignias militares.
B.
Pues os diré aún más: aunque este gentío mate a flechazos al enemigo por el campo, o con golpes tan poderosos que lo partan por la mitad, si no lo ha matado rompiéndole la cabeza, considera que el muerto no está muerto, y el que lo ha matado no puede jactarse de haberle dado muerte, ni tomar un nombre ni rayarse.
A.
¿Cómo es eso de que no muere aquél que no tiene la cabeza rota?
B.
Eso creen ellos; hasta tal punto que, una vez que han derrotado alguna aldea o pueblo del enemigo, lo primero que hacen es ir a los cementerios, donde desentierran los cadáveres que están enterrados y les van rompiendo a todos la cabeza. El que las rompe de este modo se vuelve tan reputado como aquél que las rompe peleando en batalla y arriesgando su vida, y puede gozar de todas las honras militares.
A.
Ahora ya no volváis a decirme que esta gente está dotada de entendimiento, porque no os lo he de creer.
B.
Nadie os puede obligar a creer sino en lo que queráis, y nadie puede impedirme a mí que os refiera la verdad de lo que he visto por mí mismo. Cuando cautivan a algunos de los enemigos los llevan a sus aldeas y allí los dejan sueltos.
A.
Y si los dejan sueltos ¿cómo es que no huyen?
B.
No huyen, porque las aldeas están lejos unas de otras que no es posible que huyan sin que al punto descubran su rastro, porque en seguir rastros aventajan a los perros de caza; y, además, son tan atinados que he llegado a ver a algunos indios que, para llegar a donde querían por entre breñas altas y sin camino, no hacían más que apuntar directamente con una flecha hacia el lugar, y les quedaba el horizonte tan grabado en la memoria, que recorrían el camino sin ningún problema. Además, también tratan muy bien a los cautivos
A.
Y ¿para qué quieren a esos cautivos si no es para pedir rescate?
B.
Al contrario, y tan es así que puedo afirmar, y no lo consideréis mentira, que estos indios no entregarían a un cautivo (sobre todo si es blanco) ni aunque les ofrecieran como rescate todo el oro que se afirmaba que tenía Creso, junto con todas las riquezas del mundo.
A.
Es mucho decir.
B.
Pues así es. Quieren matarlo cuanto antes en su plaza, y lo hacen de este modo: mandan primero que se cumpla entre los suyos la voluntad de ese cautivo en todo cuanto quiera o pida, a tal punto que, si desea y pide a la mujer del principal mismo, no se le niega. Todo esto lo hacen para que se alegre y vaya engordando; y cuando les parece que ya está listo, al punto hacen un gran camino muy limpio, desde la aldea hasta donde pasa el río y, una vez hecho este camino, informan al preso de que ha llegado el momento de morir en la plaza. Le atan una cuerda que le deja libres los brazos y las manos, dejándole dos cabos largos, cada uno de un lado, y con grandes gritos y fiestas lo llevan así, por el camino que he dicho, al río, dentro del cual lo lavan muy bien, de pies a cabeza. Una vez que está lavado, lo vuelven a traer a la aldea con los mismos cantos, bailes y fiestas, y ahí, ya en la explanada, se acercan a él seis o siete valientes y robustos mancebos, que toman las puntas de la cuerda y la mantienen en tensión, de modo que el desventurado preso no pueda moverse, porque, de hacerlo hacia algún lado, lo jalan por el otro, y de esta manera lo tienen en inmóvil, hasta que entra en la explanada el que lo va a matar, muy arrogante, todo cubierto de plumas de varios colores y, lentamente, rodeado de los principales caballeros, se va acercando al preso hasta ponerse frente a él. Entonces, con soberbias palabras y arrogantes meneos, le dice que tiene mucha razón en alegrarse por morir a manos de tan grande y bravo caballero, como lo es él, y mucho más de que sus carnes sean sepultadas en los vientres de tantos soldados valerosos y principales como los que están en torno y que no esperan más que eso, pues es mejor eso que ser comidos y sepultados en los vientres de inmundos animales. Por lo tanto, que cobre ánimo y se harte de ver el sol. Y si el pobre preso desmaya ante palabras, todos lo tachan pusilánime y cobarde; pero si dice que le quedan parientes que sabrán vengarlo y muere contento por ello, lo consideran valeroso. No obstante, sea de una manera u otra, el matador lo amenaza con descargar el golpe de la espada en su cabeza, y si el pobre, asustado, quiere desviarla o bajar la cabeza, segunda al punto el golpe con la otra mano, con tal fuerza que le hiende la cabeza por la mitad. Así, antes de caer a tierra ya la lleva rota en menudos trozos, por los muchos otros golpes que aquél le propina. Y si sucede que el preso, en el momento en que van a propinarle el golpe es lo suficientemente mañoso y fuerte para arrebatarle la espada al sacrificador con los brazos y manos, que tiene libres, entonces escapa de la muerte, porque para ese efecto se los dejan libres.
A.
¡Gran hazaña la de ese caballero victimario!
B.
No la consideran ellos pequeña; y una vez que el desventurado ha muerto por esta vía, lo entregan a las viejas, a quienes corresponde partir sus cuartos y ponerlos a cocer y asar, despedazándolos para que sirvan de porción a los circunstantes y repartiéndolos entre todos, que comen aquella carne humana con gran placer, más por venganza que por matar con ella el hambre.
A.
Apenas si puede discernirse si comen por venganza o por gusto.
B.
Se entiende que lo hacen por venganza. Y las viejas ponen las tripas e intestinos en unas vasijas, y caminan en torno a ellas con grandes cantos y bailes, llevando en las manos unas cañas en las que están atados algunos anzuelos que lanzan sobre las tripas, fingiendo con grandes risas que están pescándolas.
A.
Y por fin, con esta bárbara crueldad ¿se dan por satisfechos?
B.
Hacen todavía más, porque tienen ya muchos vinos preparados y emprenden luego grandes borracheras que duran algunos días.
A.
Hace unos días fui a visitar a un amigo mío en su hacienda y durante toda la noche me impidieron dormir unos indios que andaban en sus borracheras, profiriendo unos cantos que no eran semejantes a ningún otro que hubiera yo escuchado.
B.
Esa es su costumbre más común, porque para emborracharse preparan muchos vinos hechos con el jugo de la caña de azúcar, que van a buscar en los ingenios, y también con miel y con una fruta a la que llaman cajú. Y reunidos en círculo muchos hombres y mujeres, se entregan a esos cantos durante todo un día y una noche, sin dormir, bebiendo siempre mucho vino hasta que todos caen, y a veces también salen de allí algunos lastimados.
A.
¿Y qué metros o canciones son ésos que cantan durante tanto tiempo?
B.
No hacen sino alzar la voz y decir que el pájaro está sobre la hoja o la hoja está sobre el agua u otra cosa semejante, y así siguen todo el tiempo, diciendo unos y respondiendo los otros, durante todo el tiempo que les dura su borrachera, y las mujeres los secundan levantando una voz más aguda.
A.
Costoso entretenimiento, pues pasan todo un día y una noche sin dormir malgastando tanto vino. Pero, si acaso cautivan algunas mujeres, me gustaría saber si también las matan como a los hombres.
B.
A veces las matan y otras no. Lo segundo sucede cuando alguno de los vencedores la toma por mujer o manceba; y de este modo escapan de la muerte cuando el que las tomó así lo determina. Y no se les impone más trabajo que a las demás mujeres, sus naturales. Pero, si alguna de estas cautivas llega a huir estando preñada y pare estando a salvo entre los suyos, el abuelo o incluso la madre misma, mata a la criatura que ha nacido y se la come, diciendo que se trata del hijo de su enemigo, porque la madre es sólo un bolso en el que se crió y perfeccionó esa semilla sin tomar nada de él; y en éste y otros casos semejantes usan de mil crueldades.
A.
No me sorprende esta barbaridad si se la compara con otras muchas que ya me habéis contado, y considero que todo es consecuencia de que no existe entre estas gentes ni una señal del amor.
B.
Al contrario: hay entre ellos muchos que han dado pruebas bastantes de tener un amor muy grande, y en este sentido quiero contaros una historia galante que sucedió hace poco tiempo en una capitanía de este estado. Había entre los petiguaras una mujer cautiva de los tabajaras, que son sus peores enemigos. Y aunque un petiguara la tenía por manceba, con el paso del tiempo los demás determinaron, junto con él (que quizá fuese el de la idea), matar a la pobre tabajara para comérsela. Esa india había ya entablado estrecha amistad con otra india petiguaras, hermana su novio; y ésta, oyendo que ellos hablaban sobre la muerte que pretendían darle a su cuñada y amiga, impulsada por el amor que le tenía, la informó sobre el peligro que corría, aconsejándole que huyera y ofreciéndole acompañarla. La otra aceptó el consejo y el ofrecimiento, y su amiga no desistió de su promesa de emprender ambas la fuga. Y lograron escapar muy bien, sin ser descubiertas, llegando a la población de los blancos donde la que era de tabajara, al hallarse entre los suyos, que estaban por los alrededores, se fue a sus aldeas. Allí, reconocida por sus padres y parientes, les contó lo mucho que le debía a la otra india, su amiga, por haberla librado de la muerte, lo que fue agradecido por todos. Se quedó viviendo entre ellos, pero no tuvieron que pasar muchos días para que los tabajaras, olvidando lo que había pasado, trataran de hacerle a la petiguara lo que los otros habían querido hacerle a su natural, y lo decidieron sin que pudieran nada los ruegos de la pobre india, su parienta, por librar a su compañera. Al final, llegado el momento, la pusieron en la explanada para matarla; y su amiga, al ver eso, sin olvidar aún la deuda en que estaba, arremetió contra el escuadrón de sus parientes como una leona, la arrebató por la fuerza de sus manos y la llevó consigo a la casa de unos blancos con tal de librarla por esta vía de la indigna muerte que la esperaba, pagándole de la misma manera el amor que ella le había mostrado cuando decidió dejar a los suyos con tal de salvar su vida.
A.
Habréis de hallar pocos ejemplos semejantes entre tanta barbaridad.
B.
Pues también puedo afirmaros que, aunque este gentío es muy lascivo por naturaleza, hay muchas doncellas que aman sumamente la castidad y se rehúsan por completo al contacto viril con la intención mantenerse vírgenes. Y para lograrlo mejor, se ejercitan en el arco y la flecha, y van de ordinario por los campos y bosques, cazando fieras salvajes, entre las que hacen grandes presas, y recreándose en este ejercicio, por el cual desprecian el otro del todo.
A.
Debieron oír hablar de Diana y sus ninfas, y para imitarla toman la caza por ejercicio; y, con todo, no llego a creer que sean continentes, por ser éste un don del alma que nadie estima si no conoce su precio, y como falta a éstas tal conocimiento, no veo razón para considerar que puedan guardar la continencia.
B.
Considerad lo que queráis, que yo no os lo puedo impedir; pero tampoco puedo dejar de celebrarlas porque saben apartarse del fuego en donde más arde. Y esto se deja ver en otra costumbre, a saber: cuando los visita algún noble huésped, sobre todo si es blanco, lo agasajan primero haciéndolo sentar sobre una hamaca, que es lo que les sirve de silla y sentándose el principal en otra. Antes de entablar la plática brindan con un petimbabo de tabaco que para ese efecto les traen; y, luego de hacer esto, una vez que el huésped ha manifestado a qué ha venido y el principal le ha respondido, éste le entrega al punto una doncella o hija para que la tenga por mujer mientras esté ahí. Y no puede haber más bárbara costumbre.
A.
¿Y los blancos aceptan tomar a esas indias, siendo ellas del gentío?
B.
Muchos no lo hacen, antes bien las rechazan disimulando; pero no se lo dicen al principal que se las dio, pues se sentiría muy afrontado. Luego de hartarse [los indios] de la carne de los enemigos que matan, toman un trozo, lo dejan secar, lo envuelven en un gran ovillo de hilo de algodón y lo guardan así con mucho cuidado; y cuando arman alguna gran borrachera, para disfrutarla más sacan la carne del ovillo y la dividen en muchas tajadas pequeñas que reparten entre todos para que las coman: y hacen esto en muestra de la venganza que tomaron y de la victoria que obtuvieron.
A.
No celebro esta forma de venganza.
B.
Pues sabed que son vengativos hasta tal punto que, después de matar a sus enemigos, les sacan los dientes, los meten en cordeles y hacen de ellos un collar, poniendo los molares grandes en los extremos y los dientes más pequeños al [centro; y yo vi uno] de estos [collares] que pesaba catorce arrateles, y por este dato estimaréis el gran número de dientes que tendría.
A.
No les darán los joyeros mucho dinero por engastar esas piedras, pues deben ser malas.
B.
Hacen todo esto imaginando que así se vengan mejor, y los domina a tal punto esta naturaleza vengativa que, si por ventura al ir por un camino se golpean con algún madero o piedra, no siguen adelante sin antes arrancar o romper lo que les hizo daño; y por ser vengativos, algunos de ellos son también sumamente crueles, porque un hombre digno de crédito me contó que había visto a un indio de estos que volvía de un asalto que había emprendido con muchos compañeros contra cierta aldea enemiga, llevando seis niños, el mayor de los cuales no llegaba a tener un año de edad, colgados de un palo, que cargaba a cuestas, como si fueran gallinas, la mitad de ellos por delante y la otra por detrás; y que, después de caminar así con ellos durante mucho tiempo, los puso sobre una piedra, donde con un cuchillo les fue rompiendo uno a uno la cabeza con pequeños golpes, para que así fuese mayor el tormento, sin mostrar ni un rasgo de piedad ante los gemidos y llantos de los pobres niños.
A.
Nunca se habló de semejante crueldad por parte de ningún Polifemo, Lestrigón o Escita.
B.
Este gentío acostumbra también, para mostrar más fiereza y bizarría, perforarse el labio inferior y las quijadas metiendo en la perforación unas piedras verdes o blancas que parecen tapas, con las que consideran que andan galanes y gentilhombres.
A.
Esta costumbre debió enseñárselas algún demonio, y siguiendo su ejemplo la usan para dar con ella mayor muestra de su gran barbaridad.
B.
Pues pese a toda esa barbaridad saben dividir muy bien los tiempos del año con gran congruencia, guiándose por la maduración de los frutos de ciertos árboles; porque entonces saben que ha llegado el momento de hacer sus semilleras y de ocuparse de otros ejercicios, y también conocen casi todas las estrellas que nosotros conocemos en los cielos, aunque les ponen nombres distintos.
A.
Es mucho decir que haya este conocimiento entre semejante gente.
B.
Estas costumbres que hasta ahora he expuesto son las que tiene el gentío que habita en el sertón y que no mantiene comercio con los blancos ni tiene conocimiento de ellos, pues los que andan entre nosotros y están bajo la doctrina de los religiosos viven ya muy desviados de esas costumbres, pues conocen la doctrina, bautizan a sus hijos, se casan guardando las formas del sagrado concilio, no tienen más que una mujer, andan vestidos, aprenden a leer, escribir y hacer cuentas, y algunos de ellos se vuelven diestros en el canto y buenos flautistas, aunque tienden siempre a su natural inclinación, como pudo verse en un suceso que sucedió hace tiempo.
A.
¿Y qué suceso fue ese?
B.
Los Padres de la Compañía le enseñaron a uno de estos indios, por percibir que tenía la habilidad, a leer y escribir, a cantar y hablar latín, e incluso un poco de las artes, mostrándose él muy ágil en todo y de buenas costumbres. Llegaron a darle las órdenes menores, y creo haber oído decir que también las de epístola y evangelio, para ordenarlo sacerdote de misa. Pero el buen indio, obligado por su natural inclinación, amaneció un día desvestido y se fue junto con otros parientes suyos al sertón, donde practicó sus bárbaras costumbres hasta sus últimos días, olvidándose de las buenas que le habían enseñado.
A.
Esto basta por sí mismo para corroborar mi opinión: más valiera que me dijeseis si hay en esta provincia más de una casta de gentío, así como entre nosotros hay franceses, ingleses, italianos y otros.
B.
Sí, las hay; hay mucha diversidad de castas, como aimorés, tupinambás, tabajaras, petiguaras, tapuias y otros.
A.
¿Y por ventura viven todos estos, en tanta brutalidad como los que habéis descrito hasta ahora?
B.
Casi todos se parecen en cuanto a la vivienda, excepto los tapuias, que son muy distintos en este punto, pero no menos bárbaros.
A.
¿Pues de qué modo viven estos tapuias?
B.
Os lo diré brevemente, porque ya van siendo horas de retirarnos y dar fin a nuestra plática. Estos tapuias viven en el sertón, y no tienen aldeas ni casas construidas para vivir en ellas, ni mucho menos plantan víveres para su sustento. Todos ellos viven por el campo y se sustentan con la miel que colectan en los árboles y que las abejas fabrican en la tierra, y también de la caza, que consiguen en abundancia mediante flechas. Y para ello proceden de la siguiente manera: van todos en grupo a asentar su campamento en el sitio que mejor les parece, armando para ello algunas cabañas de poco notables, y desde allí van a buscar la miel y la caza por los alrededores. Y mientras encuentran estos alimentos permanecen en ese sitio, pero cuando empiezan a escasear, al punto se mudan a otra parte, donde hacen lo mismo; y de esta manera continúan con su forma de vivir, siempre en el campo, cambiando de sitio, sin preocuparse por labrar ni cultivar la tierra, porque su flecha es su verdadero arado y azadón. Y no usan esta flecha con el arco, como hace el demás gentío, pues tomándola con la mano y encajándola en unos canutos que traen en el dedo hacen tiros tan certeros y fuertes que causan asombro, de modo que casi nunca se les va la caza a la que lanzan una flecha de este modo. Yo vi hace tiempo a uno de estos indios lanzando un tiro sin arco que, además de dar en el blanco, atravesó de parte a parte una gruesa puerta. También son distintos en el habla, pues el demás gentío no los entiende porque tienen el lenguaje embrollado. Traen el cabello largo como las mujeres, y son generalmente tan temidos por todo el demás gentío que basta un solo tapuia para hacer huir a muchos, de manera que, aun siendo muy pocos, entran muy confiados en grandes aldeas y toman en ellas todo lo que quieren sin que nadie se oponga. Dejan incluso que se lleven a sus mujeres: tantísmo miedo les han infundido. Y con esto me parece que he llegado ya al fin de mi obligación de la mejor manera posible, dejándoos ahora el campo abierto para que digáis que Brasil es una mala tierra, como hacíais al principio, si consideráis que, pese a las verdades que he dicho acerca de ella, pueden los doctos atribuirle semejante nombre; porque de los necios no hablo, que sus malos discursos los disculpan.
A.
Me habéis ya convertido a tal punto a vuestra secta que divulgaré, por donde quiera que me encuentre, los honores que merecen el Brasil y sus grandezas.

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