viernes, 11 de marzo de 2011

La carta de Pero Vaz de Caminha



                                                                                              Señor:

Aunque el Capitán Mayor de esta vuestra flota y otros capitanes escriban a Vuestra Alteza sobre la noticia del hallazgo de vuestra nueva tierra, que se halló ahora en esta navegación, no dejaré también yo de dar cuenta de esto a Vuestra Alteza como mejor pueda, aunque para bien contarlo y decirlo sepa yo hacerlo peor que todos.
Tome vuestra Alteza, sin embargo, mi ignorancia por buena voluntad, y tenga por muy cierto que no pondré aquí para hermosear ni afear sino que aquello que vi y me pareció.
De la marinería y singladuras del camino no daré aquí cuenta a Vuestra Alteza, porque no sabría hacerlo y los pilotos deben tener ese cuidado. Por lo tanto, Señor, en cuanto a lo que he de relatar comienzo, y digo:
La partida de Belén, como Vuestra Alteza sabe, se realizó el lunes 9 de marzo. El sábado 14 de ese mes entre las ocho y las nueve nos encontramos entre las Canarias, más cerca de la Gran Canaria, y allí estuvimos todo ese día en calma, a la vista de las islas, a unas tres o cuatro leguas de distancia. Y el domingo 22 de ese mes a las diez poco más o menos avistamos las islas de Cabo Verde o, más precisamente, la isla de S. Nicolau, según Pero Escolar, el piloto.
La noche siguiente, que era la del lunes, al amanecer, se perdió de vista la flota Vasco de Ataíde con su nave, sin que hubiera tiempo fuerte ni contrario para que tal sucediese. Hizo el capitán sus diligencias para hallarlo, por una y otra parte, pero no volvió a aparecer.
Y así seguimos en línea recta nuestro camino por este mar hasta que el martes de las Octavas de Pascua, que fueron el 21 de abril, estando de a unos 660 o 670 leguas de distancia de dicha isla, según decían los pilotos, hallamos algunas señales de tierra, a saber: gran cantidad de hierbas largas, a las que los marineros llaman corbelas, así como otras a las que les dan el nombre de rabo de asno. Y el miércoles siguiente por la mañana vimos aves de las que se llaman fardelas.
Este día, en el momento en la víspera, avistamos tierra. Primero avistamos un gran monte, muy alto y redondo, y otras sierras más bajas al sur de éste; y tierra llana con grandes arboledas. Al monte alto el capitán le puso el nombre de Monte Pascual, y a la tierra, Tierra de la Vera Cruz.

Mandó lanzar la sonda. Contaron veinticinco brazas. Y, al ponerse el sol, a unas seis leguas de la tierra, echamos anclas en diecinueve brazas - anclaje limpio. Allí permanecimos toda aquella noche. Y el jueves por la mañana nos hicimos a la vela y seguimos directamente hacia tierra, yendo los navíos pequeños por delante, a diecisiete, dieciséis, quince, catorce, trece, doce, diez y nueve brazas, hasta llegar a media legua de la tierra, donde todos lanzamos anclas frente a la desembocadura de un río. Y haríamos este anclaje a las diez, poco más o menos.
Desde ahí avistamos hombres que andaban por la playa, unos siete u ocho, según dijeron los navíos pequeños por ser los que llegaron primero.
Entonces botamos los bateles y esquifes, y vinieron todos los capitanes de las naves a esta nave del Capitán Mayor, donde hablaron entre sí.
Y el Capitán Mayor envió a tierra en el batel a Nicolau Coelho para que viera ese río. Y en cuanto éste comenzó a ir hacia allá, aparecieron hombres por la playa, a veces de dos en dos, a veces en grupos de tres, de manera que, al llegar el batel a la boca del río, había ya ahí dieciocho o veinte hombres.
Eran pardos, todos desnudos, sin nada que les cubriese sus vergüenzas. En las manos traían arcos y flechas. Venían todos apuntando sobre el batel; y Nicolau Coelho les hizo señas para que depusieran los arcos. Y ellos los depusieron.
No pudo allí entablar con ellos conversación ni entendimiento de provecho, porque el mar rompía en la costa. Sólo les dio un birrete rojo y una caperuza de lino que llevaba en la cabeza, y un sombrero negro. Uno de ellos le dio un sombrero de largas plumas de ave, con una copita de plumas rojas y pardas como de papagayo; y otro de dio un ramal grande de cuentitas blancas, menudas, que se parecen a las de una aljaba, que creo que el Capitán le envía a Vuestra Alteza, y con esto se volvió a las naves porque era tarde y no habían podido entablar con ellos más conversación debido al mar.
A la noche siguiente, sopló tanto el viento sudoeste junto con chubascos que hizo que las naves se desviaran, y especialmente la capitana. Y el viernes por la mañana, a las ocho poco más o menos, por consejo de los pilotos, mandó el Capitán levar anclas y hacerse a la vela; y fuimos a lo largo de la costa, con los bateles y esquifes amarrados a popa, en dirección norte para ver si hallábamos algún abrigo o buen puerto donde pudiéramos demorarnos para hacer aguada y recoger leña. No porque nos faltase, sino por hallarnos aquí.
Cuando nos hicimos a la vela estarían ya sentados en la playa, cerca del río, unos sesenta o setenta hombres que se habían reunido allí poco a poco. Seguimos de largo, y ordenó el Capitán que los navíos pequeños fueran más cerca de la tierra, y que, si encontraban puerto seguro para las naves, amainaran.
Y veleando nosotros por la costa, a unas diez leguas del sitio donde habíamos levado anclas, hallaron los navíos pequeños un arrecife con un puerto dentro, muy bueno y muy seguro, con una entrada muy ancha. Y se metieron dentro y amainaron. Las naves arribaron tras ellos y, un poco antes de la puesta del sol, también amainaron a una legua del arrecaife y anclaron en once brazas.
Y estando Afonso Lopes, nuestro piloto, en uno de aquellos barcos pequeños, ordenarlo el Capitán, porque era hombre vivo y diestro para ello, se metió en el esquife a sondar el puerto, y tomó dos de aquellos hombres de la tierra, jóvenes y de buenos cuerpos, que estaban en una almadía. Uno de ellos traía un arco con seis o siete saetas; y en la playa andaban muchos con sus arcos y saetas; pero de nada les sirvieron. Los trajo luego, ya de noche, al Capitán, en cuya nave fueron recibidos con mucho placer y fiesta.
En cuanto al aspecto son pardos, como rojizos, de buenos rostros y buenas narices, bien formados. Andan desnudos, sin ninguna cobertura. Ni piensan en cubrir o mostrar sus vergüenzas; y tienen en esto tanta inocencia como en mostrar el rostro. Ambos traían los labios inferiores perforados, y llevaban puestos en ellos huesos blancos y verdaderos, del largo de una mano dispuesta tranversalmente, del grueso de un huso de algodón, agudos en la punta como un perforador. Los meten por la parte de adentro del labio, y la parte que les queda entre el labio y los dientes está hecha como la base de las piezas de ajedrez, y la encajan allí de tal suerte que no les molesta ni les estorba cuando hablan, comen o beben.
Sus cabellos son lacios. Y andaban pelados, con el pelo muy corto, de buena tamaño y rapados hasta arriba de las orejas. Y uno de ellos traía por debajo de la solapa, de lado a lado y hacia atrás, una especie de cabellera de plumas de ave amarillas, que tendría el largo de un palmo, muy basta y muy cerrada, que le cubría el testuz y las orejas. Y la llevaba pegada a los cabellos, pluma por pluma, con una materia blanda como la cera (aunque no lo era), de manera que su cabellera quedaba muy redonda y muy basta e igual, y no hacía falta más lavado para levantarla.
El Capitán, cuando éstos vinieron, estaba sentado en una silla, bien vestido, con un collar de oro muy grande en el cuello y a sus pies una alfombra por estrado. Sancho de Tovar, Simón de Miranda, Nicolau Coelho, Aires Correia y nosotros, que vamos con él en la nave, estábamos en el suelo, sobre la alfombra. Se encendieron antorchas. Entraron. Pero no tuvieron gestos de cortesía ni le hablaron al Capitán ni a nadie. Sin embargo, uno de ellos puso los ojos en el collar del Capitán y comenzó a señalar con la mano hacia la tierra y después hacia el collar, como diciéndonos que allí había oro. También vio un candelabro de plata y asimismo señalaba hacia tierra y nuevamente hacia el candelabro, como si allá hubiese también plata.
Les mostraron un papagayo pardo que el Capitán trae consigo; lo tomaron al punto en la mano y señalaron hacia tierra, como quien dice que los había allí. Les mostraron un carnero; no hicieron caso. Les mostraron una gallina; casi le tuvieron miedo: no la querían tocar y luego la tomaron como sorprendidos.
Les dieron allí de comer pan y pescado cocido, confites, miel e higos secos. No quisieron comer casi nada de aquello, y si alguna cosa probaron al punto la escupieron. Les trajeron vino en una copa; apenas si lo tocaron con los labios; no les gustó nada ni quisieron más. Les trajeron agua en un jarro.  No bebieron. Apenas si la tocaron con la boca, que se lavaron, y luego la escupieron.
Uno de ellos vio unas cuentas blancas de rosario; les indicó que se las dieran, jugó mucho con ellas y se las puso en el cuello. Después se las quitó y se las enrolló en el brazo, y señalaba de nuevo hacia tierra y  luego hacia las cuentas y el collar del Capitán, como diciendo que darían oro por aquello.
Esto entendíamos nosotros porque así lo deseábamos. Pues si él quería decir que se llevaría las cuentas y el collar, esto no queríamos entenderlo, porque no habríamos de dárselo. Y después devolvió las cuentas a quien se las había dado.
Entonces se echaron de espaldas en la alfombra para dormir, sin buscar una forma de cubrir sus vergüenzas, que no estaban circuncidadas; y sus vellosidades estaban bien rapadas y bien arregladas. El capitán mando ponerles bajo la cabeza unos cojines; y el de la cabellera se esforzaba para que ésta no se dañara. Y les echaron un manto por encima, y ellos consintieron, se quedaron y durmieron.
El sábado por la mañana mandó el Capitán hacerse a la vela y fuimos a explorar la entrada, que era muy ancha y profunda, de seis a siete brazas. Se metieron allí todas las naves y anclaron en cinco o seis brazas, y por dentro era el puerto tan hermoso y seguro que podrían abrigarse en él más de doscientos navíos. Y en cuanto las naves quedaron ancladas, todos los capitanes vinieron a esta nave del Capitán Mayor. Y desde aquí ordenó el Capitán a Nicolau Coelho y Bartolomeu Dias que fuesen a tierra llevando a aquellos dos hombres y los dejasen ir con sus arcos y flechas, y esto después de hacer que le dieran a cada uno su camisa nueva, su caperuza roja y un rosario de cuentas blancas de hueso que ellos se pusieron en los brazos, sus cascabeles y sus campanitas. Y envió con ellos, para que allí se quedase, a un joven desterrado al que llaman Afonso Ribeiro, criado de D. João Telo, para que anduviera ahí entre ellos y averiguara cuáles eran su forma de vivir y sus costumbres. Y a mí me ordenó que fuese con Nicolau Coelho.
Fuimos así directamente, como flechas, hacia la playa. Allí acudieron al punto unos doscientos hombres, todos desnudos y con arcos y saetas en las manos. Aquellos que nosotros llevábamos les indicaron que se alejasen y depusiesen los arcos; y ellos los depusieron, pero no se alejaron mucho. Y apenas depusieron los arcos, se fueron al punto los que nosotros llevábamos y junto con ellos el joven desterrado. Y una vez que habían salido ya no se detenían ni se esperaban unos a los otros, antes bien corrían a cual más. Y pasaron un río de agua dulce que por allí corre, cuya agua abundante les llegaba hasta la braga, y muchos otros lo cruzaron con ellos. Y fueron corriendo así, más allá del río, hasta unas matas de palmas donde se encontraban otros. Allí se detuvieron. El desterrado se fue con un hombre que, en cuanto salió del batel, lo resguardó y lo llevó hasta allá. Pero luego volvieron hacia donde estábamos; y con ellos vinieron  los otros que nos habíamos llevado y que venían ya desnudos y sin caperuzas.
Entonces comenzaron a acercarse muchos. Se metían por la orilla del mar hasta los bateles, a más no poder; traían calabazas llenas agua y tomaban algunos barriles que nosotros llevábamos, los llenaban de agua y nos los traían a los bateles. No todos ellos llegaban hasta la borda del batel, pero arrojaban cerca los barriles  y nosotros los cogíamos; y pedían que les diésemos alguna cosa. Llevaba Nicolau Coelho cascabeles y argollas. Y a unos les daba un cascabel, a otros una argolla, de manera que con aquel cebo todos querían ayudarnos. Nos daban aquellos arcos y saetas a cambio de sombreros y caperuzas de lino o de cualquier otra cosa que quisiésemos darles.
Entonces se fueron los jóvenes, pues no los vimos más.
Muchos de ellos, o casi la mayor parte de los que andaban allí traían aquellos picos de hueso en los labios. Y algunos, que andaban sin ellos, tenían los labios perforados y en los huecos llevaban espejos de madera que parecían de goma; otros traían tres de aquellos picos, a saber: uno en medio y dos en los lados. Había otros allí que iban pintados de colores: la mitad de ellos de su color natural y la mitad pintado con tintura negra, casi azulada; y otros pintados a cuadros. Andaban entre ellos tres o cuatro mozas bien mozas y gentiles, con los cabellos muy negros, largos, cayéndoles por las espaldas, y sus vergüenzas tan altas, tan cerraditas y tan limpias de cabelleras que no sentíamos ninguna vergüenza de mirarlas muy bien.
No hubo en ese momento más conversación o entendimiento con ellos, por ser tanto su escándalo que no era posible entender ni oír a nadie.
Les indicamos que se fuesen; así lo hicieron y se pasaron más allá del río. Salieron tres o cuatro hombres de nuestros bateles y llenaron con agua no sé cuántos barriles de los que llevábamos, y volvimos a las naves. Pero cuando así veníamos, nos señalaron que volviésemos. Volvimos y ellos nos enviaron al desterrado y no quisieron que se quedara allí con ellos. Éste llevaba un recipiente pequeño y dos o tres caperuzas rojas para dárselas allá al señor, si tal hubiese. No quisieron aceptarle nada; antes bien, lo devolvieron con todo. Pero entonces Bartolomeu Dias lo hizo volver, ordenándole que les diese aquello. Y él volvió y se lo dio, a la vista de nosotros, a aquel que primero lo había acogido. Luego volvió y nosotros lo trajimos.
Ese que lo había acogido era ya de edad, y andaba de gala todo lleno de plumas pegadas por el cuerpo, de manera que parecía asaeteado como S. Sebastián. Unos traían caperuzas de plumas amarillas, otros de rojas y otros de verdes. Y una de aquellas mozas estaba toda teñida, de arriba a abajo, de aquella tintura; y estaba ciertamente tan bien formada, era tan redonda y su vergüenza (que ella no tenía) tan graciosa, que muchas mujeres de nuestra tierra, si vieran su aspecto, sentirían vergüenza por no tener las suyas como ella. Ninguno de ellos estaba circuncidado, sino que todos eran así como nosotros. Y con esto volvimos y ellos se fueron.
Por la tarde salió el Capitán Mayor en su batel con todos nosotros y los demás capitanes de las naves en sus bateles a pasear por la bahía, frente a la playa. Pero nadie pisó tierra porque el Capitán no lo quiso, pese a que no había nadie en ella. Sólo salió él, junto con todos nosotros, en un islote grande que está en la bahía y que en el reflujo queda muy despejado. Está, sin embargo, cercado de agua por todas partes, de manera que nadie puede ir allí a no ser con barcos o a nado. Allí estuvo él paseando con todos nosotros durante una hora y media. Y algunos marineros, que allí andaban con un chinchorro, pescaron peces pequeños, no muchos. Entonces volvimos a las naves, ya bien entrada la noche.
El domingo de Pascua por la mañana determinó el Capitán ir a oír misa y pregón en aquel islote. Mandó a todos los capitanes que se aprestasen en los bateles y fuesen con él. Y así se hizo. Mandó armar en aquel islote un esperable y dentro de él puso un altar muy bien confeccionado. Allí, estando con todos nosotros, hizo decir una misa que fue oficiada por el padre fray Henrique en voz entonada, y proferida con voz semejante por los otros padres y sacerdotes, pues todos estaban allí. Esta misa, según mi parecer, fue oída por todos con mucho placer y devoción.
Estaba allí con el Capitán la bandera de Cristo, con la que había salido del Belén, y que estuvo siempre izada en la parte del Evangelio.
Una vez acabada la misa, el padre se desvistió y subió a una silla alta, y todos nosotros nos dispersamos por la arena. E hizo un soberbio y provechoso pregón sobre la historia del Evangelio, al final del cual habló de nuestra venida y del hallazgo de esta tierra, conformándose con la señal de la Cruz en cuya obediencia vinimos, lo cual fue muy adecuado  despertó gran devoción.
Mientras escuchábamos la misa y el pregón había en la otra playa mucha gente, poco más o menos como la de ayer, con sus arcos y saetas, que andaba paseando por allí. Y al vernos, se sentaron. Y una vez acabada la misa, al sentarnos nosotros para oír el pregón, muchos de ellos se levantaron, tocaron cornos o bocinas y comenzaron a saltar y danzar mucho. Y algunos de ellos se metían en almadías - dos o tres que allí tenían - hechas como las que ya había yo visto: sólo con tres maderos atados entre sí. Y allí se metían cuatro o cinco, o cuantos querían, sin alejarse de tierra sino hasta donde aún podían pisar.
Acabado el pregón, volvió el Capitán con nosotros a los bateles, con nuestra bandera en alto. Embarcamos y fuimos todos hacia tierra, para pasar de largo por donde ellos estaban, yendo en la delantera, por orden del Capitán, Bartolomeu Dias en su esquife para darles el madero de una almadía que les había arrebatado el mar; e íbamos todos detrás, a la distancia de un tiro de piedra.
En cuanto vieron el esquife de Bartolomeu Dias, al punto se acercaron todos al agua metiéndose en ella todo lo más que podían. Les indicaron que depusiesen los arcos, y muchos de ellos los ponían inmediatamente en el suelo, pero otros no.
Andaba ahí uno que les insistía mucho a los demás que se alejasen, pero ninguno, según me pareció, le tenía acatamiento o miedo. Éste que así quería alejarlos traía su arco y sus flechas, y andaba teñido con tintura roja en el pecho, espalda, cadera, muslos y piernas hasta abajo, pero la barriga la llevaba de su propio color. Y la tintura era tan roja que el agua no la consumía ni deshacía, antes bien cuando salía del agua parecía aún más roja.
Un hombre del esquife de Bartolomeu Dias salió y se puso a andar entre ellos sin que intentasen hacerle ningún mal. Antes bien le daban calabazos con agua, y hacían señas a los del esquife para que salieran a tierra.
Con esto volvió Bartlomeu Dias a donde estaba el Capitán y vinimos a comer a las naves tocando gaitas y trompetas, sin presionarlos más. Y ellos volvieron a sentarse en la playa, y así permanecieron por entonces.
En esta isla a donde fuimos a oír misa y pregón el agua se retira mucho, dejando mucha arena y cascajo al descubierto. Mientras estábamos allí, algunos fueron a buscar marisco y hallaron sólo algunos camarones gruesos y cortos, entre los cuales había uno tan grande y grueso como yo jamás había visto. También hallaron conchas de berberechos y almejas, pero no encontraron ninguna pieza entera.
Y en cuanto hubimos comido vinieron al punto todos los capitanes a esta nave por orden del Capitán mayor, que se reunió con ellos, y yo estuve en la reunión. Y les preguntó a todos si les parecía bien mandar la nueva del hallazgo a Vuestra Alteza con el navío de los bastimentos, para que Vuestra Alteza la mandase descubrir mejor y averiguara de ella más de lo que nosotros ahora podíamos saber, porque debíamos seguir nuestro viaje.
Y entre muchas cosas que entonces se dijeron, todos o la mayor parte consideraron que estaría muy bien. Y esto concluyeron. Y en cuanto se tomó la decisión, el Capitán les preguntó si les parecía bien tomar por fuerza a un par de estos hombres para mandárselos a Vuestra Alteza, dejando aquí en su lugar a dos de estos desterrados.
Sobre esto acordaron que no sería necesario tomar por fuerza hombres, porque es general costumbre de los que se llevan por la fuerza a alguna parte el decir que hay allí todo cuanto les preguntan, y por ello sería mejor, con mucho, la información que sobre la tierra diesen los dos hombres desterrados que allí dejasen, de la que darían esos hombres si se los llevasen, por ser gente a la que nadie entiende. Y no aprenderían ellos a hablar tan pronto para poder decirlo mucho mejor que estotros cuando Vuestra Alteza mande gente acá. Y se acordó que, por lo tanto, tomasen aquí a nadie por la fuerza ni hiciesen escándalo, para amansarlos y pacificarlos del todo, dejando sólo aquí a los dos desterrados cuando de aquí partiésemos.
Y así, por mejor parecerles a todos, quedó determinado.

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