viernes, 11 de marzo de 2011

La bolsa de seda - Manuel de Macedo





I



El tremendo flagelo de Asia, que hace no muchos años Eugenio Sue, personificándolo en una figura bíblica, pintó extendiendo en balde los brazos hacia América, porque no podía vencer de un salto el estrecho de Boering, se arrojó a través del océano Atlántico y, desmintiendo la imagen del novelista, invadió con horrible violencia el Imperio de Brasil.
El cólera-morbus llenaba de luto y lágrimas la ciudad de Rio de Janeiro; no obstante, en ese entonces la población se iluminó con una firmeza que le resultó provechosa y le hizo honor, y en vez de mostrarse abatida por el terror, supo engrandecerse por la constancia y por la valentía.
La peste flagelaba especialmente a las clases más pobres: donde había miseria se encontraba la muerte. Esta observación fue como un grito doloroso que despertó la caridad pública, y nunca se mostró más viva ni más brillante esta santa virtud.
Todos corrían a porfía a socorrer a las infelices víctimas del cólera: se multiplicaron los hospitales, las enfermeras, sobraron los donativos y abundó el oro para mitigar los sufrimientos de la indigencia.
Y el empeño de la caridad fue tal, que llevó a esa sublime virtud hasta la exageración, haciéndola perder una que otra vez su carácter debido a la ostentación y al lujo con que la practicaron algunos.
Es esta consideración la que me motivó a escribir esta brevísima novela, a la que titulé La bolsa de seda, aprovechando, para su acción, la exposición y subasta de objetos curiosos e interesantes ofrecidos por muchas señoras distinguidas para que, con el producto de esa feria filantrópica y caritativa, se socorriera a los pobres de la feligresía de Nuestra Señora de la Gloria, de la ciudad de Rio de Janeiro.
Es de creerse que nadie ha olvidado aún esa interesante y noble subasta, que tuvo lugar en el edificio de la Academia de Bellas Artes.
Esta simple exposición servirá para que transluzca más completamente el pensamiento de nuestra novela.

LA BOLSA DE SEDA

Era el día... de octubre, un sábado y, en consecuencia, la víspera de un domingo.
Creo que sabéis que los domingos sale a la luz la “Semana”, mi folletín hebdomadario del Jornal do Comércio.
Me faltaba material para la “Semana”: me sentía incapaz de satisfacer a los lectores del Jornal do Comércio al día siguiente: estaba triste, enfadado conmigo mismo.
Reconocí que no podría salir bien librado: maldije al público, volqué la mesa con todo y plumas, tomé el sombrero y salí.
Fui a dar un paseo.
No sé bien dónde me encontraba; poco importa para esta escena la cuestión del teatro; puede representarse en cualquier calle, en cualquier plaza o en cualquier hotel: es una escena que sirve para cualquier teatro, así como hay, en ciertos teatros, decoraciones que sirven para todos los dramas.
Iba yo caminando sin ver nada; la semana pesaba sobre mi corazón.
De repente sentí que me daban un golpe en el hombro.
--¿Quid cogitas? --me dijeron.
Había encontrado a un hombre que sabía latín, lo que no es muy común en Rio de Janeiro; me volví hacia él. Era mi amigo Constancio, un mocetón de veinticinco años, hermoso, rico, soltero, que fuma habanos, tiene bigotes y pera, y todo lo demás, excepto juicio, quizá, lo cual es muy común en Rio de Janeiro.
--¿Quid cogitas? --me repitió.
--Pienso en la semana, que ya debería estar redactada y que aún no he comenzado.
--¡Pues alégrate, entonces! Yo te daré más que una semana.
--¿Cómo?
--Te daré una novela.
--¡Bravo! ¿Y el héroe...?
--Soy yo, evidentemente.
--¿Y la heroína?
--Una joven hermosa. ¿Aceptas?
--¿Qué: la joven o a la novela?
--La novela, por supuesto.
--Acepto. Cuéntame; pero, antes que nada, debemos ponerle un título. ¿Cuál?
--La bolsa de seda.
--Buena elección; comienza, entonces.
Constancio me dio un abrazo y principió:
--¿Conoces a mi madre y a mi hermana?
--¿Qué tiene eso que ver con tu novela?
--¿Conoces a mi madre y a mi hermana?
--No.
--Pues es una lástima. Mi madre es una señora muy religiosa y llena de virtudes; y mi hermana, una joven bella, graciosa, compasiva y buena a más no poder. Y, pese a ello, ando disgustado, desesperado y furioso al ver que en un tiempo como éste, en el que todas las señoras se han dado a conocer por sus brillantes actos de caridad, mi hermana y mi madre, pese a lo buenas y religiosas que son, se quedan en casa, ¡no llevan ni una camisa, ni una sábana, ni una limosna a la casa de un pobre!
--Ten paciencia.
--¡Cuál paciencia! Yo quisiera que bendijeran los nombres de mi madre y de mi hermana: recién antier por la noche tuve una discusión con ellas por esto, pero fue tiempo perdido; después de luchar en vano durante dos horas, me fui a dormir. Y soñé... ¿sabes qué?
--No.
--Soñé con el ángel de la caridad: lo vi, me pareció hermoso, me enamoré de él, y finalmente reconocí que el ángel era una muchacha y me casé con ella.
--Te felicito.
--A la hora de la comida les conté el sueño a mi madre y a mi hermana. Ellas se rieron de mí y yo, jurando que me casaría con un ángel como el que había soñado, salí de la casa.
--¿Y luego...?
--Pasé el día con un amigo y por la noche me dirigí al teatro, pero, ¡cosa extraña! No dejaba de pensar en el sueño; al pasar por una de nuestras callecitas estrechas y menos frecuentadas, vi que un carro se detenía y que saltaba de él una muchacha cubierta con un velo. La joven no venía sola; traía una compañera que permaneció en el carro y cuyo rostro no pude ver, porque también se cubría con un velo, como la primera.
--Bien, continúa.
--No pude dejar de admirar el cuerpo gracioso y encantador de la joven que había bajado del carro; pero lo que me impresionó sobre todo fue su mimoso piececito, que aprecié de reojo a la luz del bendito farol de gas. Está dicho: enloquecí por ese pie; por cierto que era el derecho y, en consecuencia, puedo decir que la joven entró con el pie derecho en mi corazón.
--¡Pobre corazón!
--Por cierto que sí: media hora después lo tenía completamente pisoteado.
--Continúa.
--El carro permaneció allí, y la joven, avanzando algunos pasos, golpeó la celosía de una casita de triste apariencia y, un momento después, entró.
“El carro era rentado, y el maldito cochero o era mudo o no hablaba. La curiosidad se me salía hasta por las orejas; fui a una tienda de la esquina con la intención de averiguar quién vivía en la pobre casucha. Me dijeron que una familia indigente. Recordé mi sueño, adiviné que había encontrado a mi hermosa soñada, y de un salto fui a tocar, y entré en la casa de la pobreza.
“Hice todo esto con tal rapidez, que la joven quiso esconderse, pero no tuvo tiempo, así que la hallé sentada al lado de una pobre anciana. Seguía con el rostro cubierto por el largo e impenetrable velo. A mí no me importó el velo; me parecía hermosísima. Hice como los poetas, me enamoré como ellos.
--Sigue, sigue.
--Le hablé y no me respondió; no me molesté, y no se enfrió por eso mi pasión; intenté acercarme a ella, pero se levantó inmediatamente y con tal prisa que dejó caer una bolsa de seda.
--¡Ah, la bolsa de seda!
--Exacto: una bolsa que sin duda estaba tejiendo y que aún no estaba acabada.
--¿Y qué más?
--La anciana la recogió y se la entregó a la joven. Pude ver su mano... quedé abatido.
--¿Y luego?
--La joven me indicó un cuartito oscuro y triste, donde gemía un niño; corrí a ver al infeliz. Era un pequeño de cuatro años. Condolido por sus sufrimientos y su pobreza, comencé a examinarlo, cuando escuché rodar un carruaje...
--¡Qué chasco!
 --Así es: salté hacia la sala, pero la anciana me dijo con una sonrisa triste:
“--¡Demasiado tarde! Ya se fue.
“--Pero ¿quién es ella?
“--Un ángel de la caridad, señor.
“--¡Exactamente! --exclamé. --Era eso lo que yo estaba buscando; puedo considerarme un hombre casado. ¿Cuándo volverá aquí?
“--No sé, aparece como la Providencia, siempre que se le necesita.
“--Y ¿qué viene a hacer?
“--¿Que qué viene a hacer? ¡Ah, señor! Viene a vestirme a mí y a mis hijos; viene a arrodillarse a los pies de esa cama vieja y a bañar, con sus manos tan finas y tan mimosas, los pies de mi hijo enfermo, viene a decirle palabras de amor y a hacer que tome medicinas sin llorar ni retorcerse; viene a avivarnos la fe y a encendernos la esperanza, y siempre encuentra el modo de dejar, sin que nadie la vea, una buena suma de dinero debajo de mi almohada.
“--¿Y cómo se llama?
“--Ella dice que se llama mi hermana.
“--¡Hermana de los pobres! En efecto: estoy definitivamente casado.
“--¡Ah, señor!
“--¿Dónde vive esa joven?
“--No me lo ha querido decir.
“--¿Es hermosa?
“--¡Vaya si lo es! ¡Qué gracia... qué voz... qué ojos...!
“--¡Exactamente! Tal y como la soñé.
“--¿Cómo, señor?
“--Así, tal como es, ¡qué pregunta!
“--Pero ¿sabe usted cómo es?
“La pregunta de la anciana me dejó mudo; como no tuve qué responder, eludí la pregunta.
“--¿Y vos quién sois, buena mujer?... --contadme vuestra historia.
“--Mi historia es muy simple --dijo la anciana--; siendo una muchacha pobre, tuve la fortuna de casarme con un hombre excelente; era un buen carpintero, que ganaba con su serrucho lo suficiente para sostener a su familia; había sido voluntario de la independencia, se batió noblemente por ella y ganó una medalla en la campaña de Bahía. Hace cinco años enfermó y tuvo que permanecer en cama algunos meses. Se consumió más por la miseria que por la enfermedad. ¡Nadie se acordó de él! ¡Si yo hubiera tenido una bandera nacional para amortajarlo...! Pero no la tenía; envolví su cadáver en la última sábana que nos quedaba y colgué de su cuello la medalla de la independencia; la Misericordia se encargó del resto, enterrando el cuerpo del antiguo soldado. Creo que nadie notó la medalla, y eso fue bueno.
“--¿Por qué?
“--Porque los vivos se avergonzarían del muerto.
“La anciana, aunque pobre, hablaba como un diputado.
“--¿Y después? --pregunté.
“--Después, señor, viví y mantuve a mis cuatro hijos como pude. Dios me ha protegido hasta hoy y sigue protegiéndome siempre; pero le confieso mi gran pecado: cuando brotó esta peste maldita y vi caer enfermos a dos de mis hijos ¡casi caí en la desesperación! Afortunadamente, un ángel de la caridad entró en mi casa y trajo consigo la esperanza y el valor.
“--¿Y ese ángel...?
“--Acaba de salir de aquí.
“--Sí, lo sé, pero, buena mujer, yo tengo una necesidad absoluta de saber quién es ese ángel, cómo se lama y dónde vive...
“--¿Cómo podría yo decírselo?
“--¡Es esencial...! yo debo casarme con aquella señora; es cosa decidida.
“--¡Y posible, señor!
“--Sólo falta que la conozca...
“La anciana me miró asombrada; sin duda pensó que estaba frente a un loco. No obstante, temiendo ofenderme con su mirada, inclinó la cabeza y, recogiendo un hilo de seda que había hallado a sus pies, comenzó a enredarlo entre sus dedos.
“¡Bien se dice que a veces la fortuna pende de un hilo! Yo vi mi felicidad pendiendo de ese hilo de seda.
Me acordé de la bolsa de seda.
“--Mi buena anciana, creo que el hilo que enredáis entre vuestros dedos era de la bolsa que vuestro ángel de la caridad estaba tejiendo.
“--Es verdad.
“--Entonces esa hermosa señora, cuando viene a esta casa, suele traer alguna labor para entretenerse, ¿no?
“--Ah, no, señor: a veces pasa aquí una, dos y hasta tres horas, según le parece necesario, para prestarnos auxilio, y apenas hace algunos días que trae esa bolsa que está tejiendo, según dice, para obsequiársela a una amiga que la donará el domingo.
“--¿El domingo? ¿Pasado mañana?
“--Sí, señor.
“--¡Bravo! Voy a saber quién es ese ángel de la caridad: el domingo es el día de la subasta a favor de la pobreza, y la bolsa de seda no se destina a otro fin; ya conozco el color de la tal bolsita... ¡voy a encontrar y a conocer a mi mujer!
“La anciana volvió a verme con sorpresa y quizá con piedad; y yo, que no tengo ni la delicadeza ni la gracia de las señoras, en vez de deslizar algún dinero debajo de la almohada de la anciana, le lancé mi cartera en el regazo y salí de la casa, medio aturdido por las bendiciones y agradecimientos de la pobre mujer.
“En vez de ir al teatro me encaminé directamente a mi casa, donde encontré a mi madre y mi hermana que, desde que comenzó la cólera, no van ni a la ópera lírica, ni a los bailes, ni salen de noche por temor al sereno.
“Les conté lo que me había sucedido y ellas, burlándose, acabaron, como es costumbre, dándome el gracioso título de loco.
“Pero mañana es domingo, y la bolsa de seda vendrá a probar que soy un joven muy juicioso.
Mi amigo Constancio puso el punto final y me miró.
--¿Y qué más? --pregunté.
--Por ahora nada más: dejarás la novela interrumpida en este punto, y prometerás concluirla en el próximo número de la Semana.
--Bueno, pero debes aclararme al menos un punto.
--¿Cuál?
--El color de la bolsa de seda.
--De ninguna manera: el color de la bolsa es mi secreto; todavía no estoy casado y, mientras no me case, no le daré a nadie los medios para descubrir quién es la bella de mi sueño. Espera hasta mañana, que es domingo.
--Pero tú confías demasiado en tu perspicacia. ¿Cómo descubrirás en la subasta de mañana quién tejió la bolsa de seda, si los objetos subastados no llevan los nombres de las dignas señoras que los donan?
--Todo se sabe en este mundo, querido: y la diligencia es la madre de la buenaventura. Lo que espero es ver la bolsa de seda en la subasta de mañana. De lo demás me encargo yo.
--Bien, pero mira que estás obligado a darme la continuación y el desenlace de esta novela.
--Eso se sobrentiende.
--¿Me lo prometes?
--¡Palabra de honor! --dijo Constancio, extendiendo teatralmente la mano derecha.
--¿Y cuándo...?
--En el día y a la hora que tengas que comenzar a escribir tu semana para el próximo domingo.
--Excelente: el sábado a medio día.
--El sábado a medio día: cuenta conmigo.





II

El sábado siguiente, alrededor de las once de la mañana ya estaba yo ansioso, esperando a mi amigo Constancio. Esperé inútilmente una hora, y di un salto de alegría al escuchar las campanadas del medio día en una iglesia cercana.
Era la hora marcada.
--¡Finalmente! --dije.
Sonó el décimo segundo repique y aparece, vivo y alegre, como siempre, mi amigo Constancio.
--¿Cuál es el desenlace de la novela? --grito, corriendo hacia él.
--Soy un necio --me responde el pobre Constancio.
--¡Ah, amigo mío, lo que quería es que me dijeras alguna novedad!.
--Escucha: me comprometí a contarte mi aventura hasta el fin. Heme aquí, pero no sé todavía si estoy a la mitad.
--Sea como fuere, refiéreme qué ha sucedido.
--Fui a la subasta, o más bien a la exposición del domingo: corrí, examiné uno a uno todos los objetos.
--¿Y bien? ¿Qué viste?
--Nada, porque no estaba ahí mi suspirada bolsa de seda: mi ángel de la caridad había adivinado mi plan, y no quiso exponer su delicada obra. Me puse furioso y me vengué protestando contra la mezquindad con que apenas si correspondieron a los esfuerzos tan caritativos de tantas y tan respetables señoras.
--¿Y después?
--Esperé hasta el fin de la fiesta. Esperé mucho tiempo más, incluso, hasta que el portero de la academia me mostró con toda delicadeza la puerta de la calle, y finalmente salí. Apenas había dado algunos pasos, cuando se acerca a mí una pobre anciana envuelta en una mantilla. Yo estaba de mal humor y le dí la espalda.
“--¡Piedad, señor! ¡Una limosna, por el amor de Dios! --recordé a mi desconocida. Metí la mano en el bolsillo y saqué una moneda de plata.
“La anciana extendió las manos y abrió una bolsa para recibir la limosna.
“¡Oh! ¡Era la bolsa de seda! La reconocí de inmediato por el color: era mi bolsa. Me aferré de ella.
--¿De quién, hombre, de la vieja?
--No, de la bolsa.
--Menos mal.
--¿Cuánto quiere por esta bolsa? ¿dónde la consiguió? ¿quién la tejió? ¿quién se la dio?
“La anciana se asustó y me respondió temblando:
“--Esta bolsa... una señora que me socorre se la obsequió a una nietecita mía.
“--Pues yo la quiero: se la compro.
“--Esta bolsa no se vende --dijo la anciana.
“--En ese caso, la tomo gratis-
“--¡Oh! De ser así déme usted lo que quiera por ella, pero mire que no se la estoy vendiendo, se la estoy intercambiando, como una reliquia.
“Sin ser hidalgo, dí por la bolsa más de lo que... pero sigamos: nada de malas lenguas.
“--¿Cómo se llama y dónde vive la señora que le dio esta prenda a su nieta?
“--Se llama hermana de los pobres, según dice ella, y debe vivir ciertamente en una casa que no dice dónde está.
“--Me deja en las mismas: ¿y dónde vive usted?
“La anciana me dijo el nombre de la calle y el número de la casa en que vivía, y desapareció ligera como un conejo. Yo estaba entusiasmado: no conocía aún a la bella misteriosa, pero al menos tenía ya la bolsa de seda.
“Corrí a casa y, lleno de ardor, con el fuego de la felicidad en los ojos y el anhelo de la más tierna esperanza en el corazón, les mostré la bolsa de seda a mi madre y a mi hermana.
“--¿Qué les dije? --exclamé-- ¿conseguí o no conseguí la bolsa?
“--Pero, ¿de qué sirve una bolsa? --preguntó mi madre.
“--¡Esa es buena! ¿De qué sirve una bolsa? ¡Pregúnteselo al mundo, madre mía! Un hombre que tiene una bolsa tiene el secreto de la felicidad en el amor.
“--¿Aunque esté vacía? --me dijo mi hermana riendo y sacudiendo la bolsa.
“--¡Sacrílega! --exclamé.
“--No obstante hay que confesar que está bien hechecita --continuó ella examinándola. --Aquí hay una mancha...
“--Es de mis besos --repliqué.
“--Veámosla por adentro --prosiguió mi hermana, que es como el demonio, volviendo la bolsa al revés.
“Yo estaba en éxtasis.
“--¡Oh! --exclamó ella soltando una carcajada.
“--¿Qué pasa?
“--Constancio --me preguntó la cruel muchacha-- ¿tu desconocida es costurera en alguna casa de modas de la Rua do Ouvidor?
“--¡Envidiosa!
“--Esta bolsa vino de París: mira aquí al fondo la marca de la casa de la Rua do Ouvidor.
“La vi... la vi y, cosa extraordinaria, ¡no me desmayé! En aquel momento sentí lástima por no ser mujer; si lo fuera, habría inventado un desmayo a propósito.
“Mientras mi madre y mi hermana se destornillaban de risa, salí y corrí desesperado hasta la casa de la anciana de la mantilla. Recordaba perfectamente la calle y el número. Cuando llegué, el corazón se me salía por la boca y... me avergüenza decirlo...
--¿Qué pasó?
--El número que la anciana me había dicho era de una casa de loterías.
--¡Bravo! Engañado por la joven y por la anciana... ¿y luego?
--¡Ah! ¿Luego? Lo que pasó luego es que fui víctima durante cinco días enteros de las burlas de mi terrible hermana, que no para de ridiculizar mi pasión y, lo que es peor, a mi adorada.
--¿Pero sigues enamorado?
--El sábado pasado lo estaba hasta el nivel de los ojos. ¡Ahora lo estoy hasta los cabellos! ¿Qué quieres? El hombre es esclavo de la mujer que más martirios lo hace sufrir.
--¿Y así quedó la historia?
--No. Hasta aquí el ridículo, hasta aquí la desesperación, la rabia, y no sé qué más. De aquí en adelante, una lucecita de esperanza.
--Enciende de prisa los ojos de mis lectores, Constancio.
--Todas las noches de la semana fui a la casa de la familia pobre donde había encontrado por primera vez a la desconocida. Una noche, a las diez; otra, a las nueve; otra, a las ocho; y otra, a las siete. Desde el domingo hasta el jueves.
--¿Y la bella misteriosa?
Fue todas esas noches, también, pero siempre salía diez minutos antes de que yo llegara, como si alguien la previniera. Además de hermosa, porque por fuerza ha de serlo, ¡es, por añadidura, hechicera!
--También te engañan en esa casa, Constancio. La desconocida no volvió ahí.
--¡Claro que volvió! Siempre deja rastros de su visita --dijo Constancio, sacando un paquete de su bolsillo--. ¡Mira!
Miré. Constancio desató el paquete que estaba amarrado con un listón verde; pude ver cinco paquetitos más pequeños. En el primero estaba escrito “domingo”.
--Aquí están los pétalos de una rosa que deshojó la noche del domingo al pie de la cama de la anciana. Este es el paquete del lunes: un guantecito de niño que olvidó sobre la silla; en el paquete del martes, una agujeta que se le rompió; en el paquete del miércoles, tres alfileres y una aguja con la que estuvo tejiendo; y en el del jueves, finalmente, un pañuelito bordado, que no trae, sin embargo, marcadas las iniciales del nombre de su dueña, cosa que lamento.
--¡Ah, Constancio! ¡Esta vez me empacaste toda la semana!
--Y además la bella misteriosa me conoce; habló de mí, dijo mi nombre, el de mi madre y el de mi hermana, sabe dónde vivimos y aseveró que me ama enormemente desde hace mucho tiempo...
--¡Bravo! ¿Y la bolsa de seda?
--Fue un timo de la anciana de la mantilla; mi desconocida no terminó la bolsa de seda sino hasta el jueves por la noche, y confesó que la destina a la exposición de mañana.
--¡Oh, entonces te felicito!
--Pero lo peor es que ella insiste en no darse a conocer y jura que nunca le veré el rostro: ayer me burló como se burla a un necio: al mismo tiempo, sin embargo, inflamó aún más mis esperanzas.
--Cuéntame eso.
--Uno de los hijos de la pobre mujer a la que socorremos ha estado a punto de morir; ayer fui a hacerle la visita a las siete y media de la noche; hasta entonces había ido allí a las siete, ocho, nueve y diez en puno; el viernes comencé a hacer mis visitas cada media hora a ver si me encontraba con la bella de la bolsa de seda. Entré y, por el suave aroma que flotaba en la sala, supe que la desconocida había salido de allí hacía poco tiempo. No me animé a peguntar por ella, porque vi a la pobre madre llegar a la sala y entrar llorando en la alcoba, con una palangana con agua casi hirviendo en la cabeza.
“--¿Qué sucede? --le pregunté.
“--Mi hijito más pequeño acaba de caer enfermo de cólera.
“Sentí lástima por la pobre madre; me quité la chaqueta me arremangué la camisa y fui a hacerle el lavado de pies al niño. Mi ángel de la caridad me había enseñado a ser caritativo.
“La madre resistió, y yo insistí y vencí: ya había terminado el pediluvio, cuando sentí los pasos de alguien que huía: miré hacia atrás... era la bella misteriosa que, saliendo del interior de la casa, desaparecía por la puerta de la calle, arrojándome un papel.
“En mangas de camisa, como estaba, no podía seguirla por l acalle. Tomé el papel suspirando, mientras la infeliz madre envolvía a su hijito en colchas de lana.
“El papel contenía un cartuchito con una violeta, símbolo de la modestia, y dos líneas con letras escritas probablemente con la mano izquierda, que decían lo siguiente: ‘La caridad no se ostenta; por eso me escondo. Tú me ves todos los días y no me reconoces, ni me reconocerás. Me amas y yo te amo’. Me volví loco de alegría. No dormí en toda la noche: me vi obligado a escuchar las burlas y bromas de mi hermana desde el desayuno hasta las once de la mañana y, fiel a mi promesa, vine a verte al medio día.
--Pero todavía estás en deuda conmigo.
--El sábado espero pagarte toda mi cuenta.
--¡Excelente! ¿Y mañana?
--Mañana tendré mi bolsa de seda, y ya no me fiaré de las viejas de mantilla.
Dicho esto, Constancio tomó el sombrero y se fue.

III

Confiado en la puntualidad de mi amigo Constancio, yo esperaba que llegara el sábado a medio día para recibir la continuación o la conclusión de la novela de La bolsa de seda, pero sucedió que, casualmente, me encontré con el enamorado de la bella misteriosa dos días antes de la fecha en que esperaba verlo.
Se sabe que últimamente algunos observadores curiosos de la capital descubrieron en el cielo una estrella que brilla a medio día, y hallaron en ese hecho una novedad que los tiene encantados.
Una autoridad declaró que la estrella que se veía era el planeta Venus y que no había nada de extraordinario en el fenómeno; pero, pese a esta declaración, no ha disminuído el número de curiosos que se entregan con vivo interés a observar la estrella del medio día.
Y el jueves, al tocar la campana de San Francisco de Paula el medio día, pasaba yo por la Praça da Constituiçao y he aquí que veo una columna cerrada de astrónomos improvisados, con los ojos clavados en el cielo.
Me acerqué y, ¡cuál no fue mi sorpresa cuando descubrí entre los curiosos a mi amigo Constancio! Me acerqué a él y lo llamé. ¡Tiempo perdido! El muchacho tenía la mente más allá del mundo de la luna.
--¡Diablos! Exclamó al fin; me interrumpiste precisamente en el momento en que Venus empezaba a jugar con las niñas de mis ojos.
--¡Constancio! ¿Te dejas cautivar por los encantos de una Venus que nunca ha de ser tuya, olvidando, quizá, a la bella misteriosa?
Apenas pronuncié las palabras “bella misteriosa”, vi que mi amigo Constancio cambiaba de expresión y ponía una cara de novio engañado, de ministro despedido, de candidato desilusionado, actor fracasado, pues todos tienen la misma cara. Pronto me di cuenta de que el amante de la bella misteriosa había sido víctima de un fiasco.
--Constancio, --le dije-- adivino que llegaste al desenlace de tu novela.
Asintió.
--Pues entonces haz de cuenta que hoy es sábado y vayamos al asunto.
--Infandum, regina, iubes renovare...
No lo dejé terminar el verso de Virgilio.
--Me diste tu palabra: págame lo que me debes.
--Pues sí... estoy condenado por mi palabra... no hay remedio...
--Vamos al asunto: ¿qué tienes que contarme?
--Primero, que te repetiré una vez más lo que ya te he dicho diez veces: ¡soy un tonto!
--Sí, pero tienes consciencia: y eso es un consuelo. Pero la historia, la historia...
--Te reirás, te burlarás de mí.
--¿Cómo? Pues no le dijo la bella a la anciana, y no te escribió después en un papel, que te amaba  enormemente?...
--Sí, se lo dijo, y era verdad, incluso.
--Pues ¿qué más quieres, corazón insaciable? Constancio soltó un suspiro doloroso.
--¡Ah! ya sé: tu bella misteriosa es alguna anciana fea y...
--Al contrario, es joven y bella.
--¿Ya la viste?
--Sí, la vi, y te repito que es joven y bella.
--Pero sin gracia... pretenciosa...
--Tampoco: es espiritual y modesta.
--Entonces acerté: ahora que la viste y la conoces, tu razón, que es tan calculadora como agiotista, te canta continuamente en los oídos aquella vieja canción que acaba así: Casarse con una mujer sin dote es remar contra la marea.
--También te equivocas: es tan rica como yo.
--En tal caso, entrego mis manos a la palmatoria y confieso que no descifro el enigma.
Constancio pensó durante un momento y luego dijo:
--Dado que de cualquier manera tendré que contarte el fin de la historia, lo mismo da que sea hoy o que sea el sábado.
--Te digo que te estás poniendo juicioso, Constancio.
--Paseemos.
Le di el brazo: comenzamos a pasear y él tomó al punto la palabra:
--Creo que no es necesario que te diga que el domingo no falté a la exposición de los objetos ofrecidos por las señoras en favor de la pobreza.
“¡Yo! Yo, que estoy acostumbrado a levantarme a las diez de la mañana, fui el domingo al amanecer a la puerta de la Academia de Bellas Artes: incluso ayuné, y por primera vez en mi vida, pues salí de casa sin acordarme del desayuno. El amor y la política, que le quitan, ambos, el juicio al hombre, tienen una diferencia importante: el amor sacrifica la barriga por el corazón, y la política de mucha gente es un sacrificio del corazón por la barriga.
--No te alejes del tema principal, Constancio.
--¡En fin!... Allá estaba yo... Descubrí finalmente mi querida bolsa de seda entre los interesantes objetos expuestos. La reconocí pronto... inmediatamente: era esa misma, ¡era la bolsa de seda!
--¡Vaya joven afortunado!
--Fue mía, ¡y tenía que serlo por fuerza! Yo habría preferido aquella simple bolsa de seda a la Estrella del Sur o la Montaña de la Luz.
--Parolas de enamorado.
--En una palabra, me hallé en posesión de mi bolsa de seda, y apenas la vi en mis manos, olvidando la exposición y sin querer saber nada más, me lancé a casa a galope.
--¿A galope? Creo que debes retirar esa expresión, Constancio.
--De ninguna manera: la palabra fue admitida hace algunos años en los más brillantes salones: no nadie que pretendiera los honores del buen tono dejaba de galopar en los bailes; en consecuencia, no retiro la expresión y repito: galopé.
--Perfecto.
--Entré a nuestra casa entusiasmado y delirante, gritando: ‘¡Aquí está, aquí está!’
MI madre y mi hermana acudieron al oír mis gritos; les mostré mi suspirada bolsa; era de seda verde (tenía el color de la esperanza) y estaba primorosamente trabajada. A mi madre le pareció perfecta, y mi hermana, después de examinarla cuidadosamente, después de voltearla y volverla a voltear algunas veces de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, volvió a entregarme mi mágica bolsa de seda, contentándose con hacer un mohín.
--¡Un mohín!
--Sí, un puchero. Cuando las muchachas, tras examinar una obra, un trabajo debido a la habilidad y delicadeza de otra joven, no le ponen peros y acaban haciendo un simple mohín es que no tienen nada, nada absolutamente, que decir.
--¡Bravo! Eres un nuevo La Bruyère.
--Yo había jurado no separarme jamás de la bolsa de seda; la guardé, pues, junto a mi corazón, en el bolsillo del pecho de la chaqueta.
--Y fue muy justo que guardaras una bolsa encima del corazón; porque el corazón de los hombres late generalmente debajo del bolsillo, y un bolsillo no es mejor que una bolsa.
--Era por fin dueño de la bolsa de seda, pero todavía me faltaba saber quién era la bella misteriosa: en la exposición había preguntado en vano, intentando descubrir qué señora había ofrecido la bolsa de seda verde. Perdí mi tiempo: nadie sabía, o nadie quiso responder. No me desanimé, en mi galope hacia la casa delineé un plan admirable, que me haría penetrar el secreto que me robaba y escondía el nombre de mi enamorada; me juré a mí mismo que antes de que cayera la noche conocería el nombre de la bella misteriosa y descifraría el difícil enigma. Pero ¡de qué cosa tenían que acordarse mi madre y mi hermana! Decidieron ir a ve el globo aerostático y, pese a todo lo que les dije y a las observaciones que hice, insistieron y me declararon en estado de sitio por el resto del día.
--Sí, pero...
--Fuimos a ver el tal globo: a la hora marcada, nos encontrábamos instalados en nuestros lugares de primera fila, y el diablillo de mi hermana, que pronto se encontró con cuatro o cinco compañeras tan diablillos como ella, se unió con sus amigas y, hablando todas al mismo tiempo, dijeron víboras y lagartos en contra de mi bella misteriosa; pero he aquí que de repente cae la estaca que suspendía el globo, éste se rasga, el pueblo grita y se amotina y...
--Y tú quedas libre y aprovechas la tarde.
--¡Cuál! Espera: en el fervor de aquel desorden, las jóvenes se asustan y mi hermana, con sus amigas, temblando y gritando, me abrazan.
--¡Afortunado Constancio!
--Mi madre las reprende y yo intento serenarlas... pero ellas no me dejan sino hasta que el ruido termina y el pueblo se decide a retirarse. Al fin felicito a mi fortuna cuando me encuentro de nuevo en casa; me despido de mi madre y me dispongo a salir; recuerdo, empero, mi bolsa de seda, y siento deseos de besarla una vez más: meto la mano en el bolsillo y...
--¿Y qué?
--¡Oh! Me habían robado la bolsa de seda...
--¿De verdad?
--Te diré lo que pasó: aprovechando el desorden que sucedió a la catástrofe del globo, una mano sutil me hurtó la bolsa de seda. ¡No sé cómo no morí de desesperación!
--Y con razón. En efecto, el ascenso de ese globo aerostático se frustró por el desorden de la novela.
--¿Y quieres saber quién me robó la bolsa?
--¿Quién?
--Ella.
--¿Ella?
--Sí, la bella misteriosa, ella misma.
--Estás soñando, Constancio.
--¡Hombre! Me dejó una prueba de ello.
--¿Cómo?
--Al robarme la querida bolsa, dejó en su lugar una carta escrita con una letra tan hábilmente distorsionada que ni el diablo sería capaz de adivinar qué manita la escribió.
--¿Y esa carta...?
--Contenía estas breve palabras: “Te robo la bolsa de seda, que recuerda nuestras locuras. Una barrera indestructible nos separa. Adiós para siempre. De ahora en adelante ya no seré tu bella misteriosa.”
--Y se acabó la historia.
--¡Oh, hubiera querido que se acabara ahí! Al menos la guardaría como un hermoso sueño en mi vida.
--¿Entonces continúa?
--Sí; después de reflexionar un poco, entendí que la carta era una nueva trampa, y que la bella misteriosa sólo quería, quitándome la esperanza de volver a encontrarla, alejarme de la casa de la familia para poder ir allí a gusto; determiné, por lo tanto, seguir esforzándome por verla y conocerla.
--Pero, Constancio, ya puedes sospechar quién es: mira, probablemente quien te robó la bolsa fue una de las jóvenes que te abrazaron; la carta habla de una barrera indestructible, lo que quiere decir que la bella misteriosa es casada y, en consecuencia...
--Todo eso pensé yo; y al final recordé que todas las mujercitas que me abrasaron andan locas por encontrar marido, que es lo mismo que decir que todas ellas son solteras.
--Sigue con tu historia.
--Con mi idea en la cabeza, en cuanto anocheció partí hacia la casa de la familia pobre: entré y vi a la anciana y a sus hijitos llorando.
“--¿Qué novedades hay? --pregunté.-- ¿El niño corrió peligro?
“--Al contrario, señor --me respondió la anciana--; casi está aliviado gracias a sus dos benefactores.
“--Entonces ¿por qué lloran?
“--¡Oh, señor! Es nuestra bienhechora, es nuestro buen ángel, que ayer en la noche vino a despedirnos de nosotros y a decirnos que no volverá.
“Sentí que la cabeza me daba vueltas. Le dije adiós a la anciana y salí; estaba sofocado... necesitaba tomar aire.
--¡Pobre Constancio!
--Los obstáculos encendían aún más la pasión que me devoraba; me era indispensable volver a encontrar a la bella misteriosa, a esa mujer singular, cuyo velo quisiera quemar con el fuego de mis ojos, a esa mujer poética, novelesca, vaporosa, que se hacía amar sin mostrar el rostro. Repentinamente me detuve y reflexioné.
“--Tal vez --me dije a mí mismo--, tal vez la despedida de la anciana es tan mentirosa como la de la cartita que me puso en el bolsillo... Tal vez es el mismo sistema empleado para alejarme de esa casa...
“Volví sobre mis pasos, esta vez más cauteloso, buscando las calles y los callejones menos frecuentados, y por donde yo nunca pasaba, volví a dirigirme a la casa de la familia pobre.
“Cuando estuve cerca, me acerqué de puntitas... llegué a la celosía, que, por cierto, se abría hacia adentro, según lo dispuesto por las resoluciones de la cámara municipal.
--¡Caramba, Constancio! ¡Qué resoluciones tan absurdas! Enfriaste con ellas tu relato.
--Tienes razón. Olvida las resoluciones.
--Pues sí, no les hagamos caso... por lo demás nadie las obedece. Vamos a la historia: habías llegado a la celosía.
--Llegué... miré hacia adentro... y vi... ¡oh!
--¿Qué?
--¡Era ella!
--¿Quién? ¿La bella misteriosa?
--Sí; ya no esperaba que yo volviera y había olvidado todas las precauciones que solía tomar. Su velo estaba depuesto sobre una silla al pie de la puerta y ella conversaba con la anciana, sentada de espaldas a la calle...
--¿Y tú?
--¿Yo? ¡Qué pregunta! Yo estaba mirando, y en consecuencia tenía la cara vuelta hacia el interior.
--No te pregunto eso. ¿Qué hiciste?
--Primero respiré profundamente... luego empujé la puerta de golpe, me lancé hacia el interior y me apoderé del velo, gritando:
“--¡Al fin!
--¿Y ella?
--Soltó un grito de susto... se volvió para ver quién era... se topó conmigo y...
--¿Y...?
--Soltó una carcajada.
--¿Una carcajada? Entonces...
--Soy un tonto, ¡soy un pedazo de asno!
--Pero por fin, ¿quién era ella?
--Era... ¡soy un ridículo!... ¡confieso que soy un bobo!
--Pero ella... ella...
--Era mi hermana. 




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