que sabe
cómo debe ser el poema
yo
ni sé
cómo me gustaría
que fuera
porque yo cambio
el mundo cambia
y la poesía irrumpe
donde menos se espera
a veces
oliendo a flor
a vecs
desatada en hedor
de fruta podrida
que en lo podrido se abisma
(cuanto más cerca de la noche
más grita
el aroma)
a veces
en un moler
de silencio
en un pequeño armario del Estácio
por la tarde:
tazas llenas de polvo
en una caja de cartón
mientras los camiones pasan ruidosamente
por la puerta
y allí
dentro del silencio
de la tarde menor del comercio
del pequeño comercio
de Rio de Janeiro
en la tienda de Kalil
¿estaría naciendo
el poema?
¿florecería
el poema
en medio de esas mercancías
en un tallo invisible?
¿aquella tarde
y cerca del hospital de la Policía Militar?
Tal vez yo no le di tiempo
– es que Amilcar estaba ansioso
y ya se acercaba el autobús Rio Comprido-Leblon
Así me fui
y el poema quedó tal vez
innaturo
parte en el aire de la tienda
parte como polvo
en mi cabello
La verdad no obstante
es que
donde la poesía sopla
por un átimo de tiempo
(de todo el tiempo gastado en el gas
de las galaxias
rugiendo)
por un átimo de átimo
aunque sea
vibra el corazón se enciende
algo dorado
en la piel
y no importa si es
en una tienda
del Estácio por la tarde
-- una tarde cualquiera perdida en la ciudad--
en fin
donde ella sopla
(la poesía)
transmuta el tiempo
en cosas
eternas:
tazas
estanterías
carretes
de hilo
que habremos de cargar
o más bien
de flotar
con ellas
fuera de la gravedad
y de la muerte:
las ta-
zas las
peras podridas las
alas del palomo
(el fragor
de las alas) las casas
los patios las aves
los huevos las
flota el poeta
preñado del poema
Teníamos que tomar aquel maldito autobús
y volver a casa
que ya casi anochecía
Pero
Aunque me hubiera yo quedado ahí
(eso fue
en 1955)
ni así
el poema habría nacido
sino ahora en este
hoy en esta
página
pues
la poesía
tiene su propio tiempo y modo
de nacer
yo de cualquier manera
tendría que irme
y no volver jamás
a la tienda de Kalil
para que el poema naciera
algún día
tendría
que vivir tardes y noches
de exilio en Santiago
de Chile en Moscú
(madre
e hija
bajo una sombrilla azul
a las tres de la tarde
en la Prospekt Lenina)
lejos de la tienda
Kalil sentado junto a la barra
como una fotografía
(al margen del pesado tráfico
de la calle Haddock Lobo)
y dejarme llevar
más y más lejos
más allá de los Urales
más allá de Cheliábinsk
con sus campos de trigo
verde y la moza
de ojos verdes y la poza
de de lodo verde y la plaza
de hierba verde
hierba
verde hierba
verde
lejos
cada vez más lejos
de la tienda del Estácio, del ruido
de autobuses del Estácio
porque el poema
nadie sabe cómo nace cómo
lo engendra la vida
qué pétalo
entra
en su composición
qué voz
qué ladrido de perro
nadie
sabe
el ruido de avión
sobre la casa
¿entra en el poema?
¿un batir de alas?
la panocha el botijo el mocotó la imbasa
¿entran
en el poema?
entran
y no entran
que todo acepta y rechaza
el poema
pero no se sabe cómo
ni dónde
ni cuál es la receta
ya que la musa es sorda
y muda
y el poema
hostil a toda ayuda.
Por eso mismo
de nada serviría
haber perdido ese autobús
para quedarme en el armario
en espera del poema
hasta que éste explotara
(la estrofa)
bajo mi saco
como un palomo
o
de nada serviría
pues un poema
no nace antes de su momento (de siete
meses, de siete
siglos).
A menos que me quedara allá
(en la tienda)
de pie durante treinta y dos años
(ya que estábamos
En 1955)
o que
todo este tiempo durara
aquella tarde (de abril
a abril)
y como una nave
(o ave)
se posara ahora
en la ciudad
y aún así
no nacería
porque el tiempo no es el mismo
por dentro que por fuera
de aquel armario
si pura idea o sucio
de la materia de los días
porque
¿qué son de hecho
los días?
¿los años? ¿los
minutos?
Imposible medir el tiempo de la vida
que fluye desigual
en cada cuerpo:
líquido
en los líquidos lento
en los cabellos
soplo
en el viento
rubio en la orina
¿cómo medir
el olor
de la mandarina
que es
resplandor
en la boca y sueño
en la selva?
¿cómo?
No,
no había por qué
dejar de tomar el autobús Rio Comprido-Leblon
aquel atardecer.

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