A Oswaldo Alves
I
Éste es tiempo de partido,
tiempo de hombres partidos.
En vano recorremos volúmenes,
viajamos, nos coloreamos.
El momento presentido se desmigaja en polvo por la calle.
Los hombres piden carne. Fuego. Zapatos.
Las leyes no bastan. Los lirios no nacen
de la ley. Mi nombre es tumulto y se escribe
en la piedra.
Visito los hechos, no te encuentro.
¿Dónde te ocultas, precaria síntesis,
garantía de mi sueño, luz
que duerme encendida en el porche?
Pequeñas certezas en préstamo, ningún beso
sube a mi hombro para contarme
la ciudad de los hombres completos.
Me callo, espero, descifro.
Las cosas quizá mejoren.
¡Son tan fuertes, las cosas!
Pero yo no soy las cosas y me indigno.
Hay palabras en mí que buscan un canal,
son roncas y duras,
irritadas, enérgicas,
comprimidas desde hace tanto,
perdieron el sentido, sólo quieren explotar.
II
Este es tiempo de divisas,
tiempo de gente cortada.
Manos que viajan sin brazos,
obscenos gestos aislados.
Cambió la calle de infancia.
Y el vestido rojo
rojo
cubre la desnudez del amor,
al relente, en el valle.
Símbolos oscuros se multiplican.
¿Guerra, verdad, flores?
De los laboratorios platónicos movilizados
viene un soplo que encrespa los rostros
y disipa, en la playa, las palabras.
La oscuridad se extiende, pero no elimina
el sucedáneo de la estrella en las manos.
Ciertas partes de nosotros ¡cómo brillan! Son uñas,
anillos, perlas, cigarros, linternas,
son partes más íntimas,
la pulsación, el jadeo,
y el aire de la noche es el estrictamente necesario
para continuar, y continuamos.
III
Y continuamos. Es tiempo de muletas.
Tiempo de muertos parlantes
y viejas paralíticas que añoran el bailongo,
pero aún es tiempo de vivir y de contar.
Ciertas historias no se han perdido.
Conozco bien esta casa,
por la derecha se entra, por la izquierda se sube,
la sala grande conduce a cuartos terribles,
como el del entierro que no se hizo, el del cuerpo olvidado en la mesa,
conduce a la despensa de frutas ácidas,
al claro jardín central, al agua
que gotea y susurra
el incesto, la bendición, la partida,
conduce a las celdas cerradas, que contienen:
¿papeles?
¿crímenes?
¿monedas?
Oh, cuenta, vieja negra, oh, periodista, poeta, pequeño historiador urbano,
oh, sordomudo, depositario de mis desfallecimientos, ábrete y cuenta,
joven presa en la memoria, viejo lisiado, cucarachas de los archivos, puertas que /rechinan, soledad y asco,
personas y cosas enigmáticas, contad,
capa de polvo de los pianos desmantelados, contad;
viejos sellos del emperador, aparatos de porcelana partidos, contad;
huesos en la calle, fragmentos de periódico, alfileteros en el suelo de la costurera, luto /en el brazo, palomas, perros errantes, /animales cazados, contad.
Todo es tan difícil después de que callásteis...
Y muchos de vosotros nunca se abrieron.
IV
Es tiempo de medio silencio,
de boca helada y murmullo,
palabra indirecta, aviso
en la esquina. Tiempo de cinco sentidos
en uno. El espía cena con nosotros.
Es tiempo de cortinas pardas,
de cielo neutro, política
en la manzana, en el santo, en el goce,
amor y desamor, cólera
blanda, gin tonic,
ojos pintados,
dientes de vidrio,
grotesca lengua torcida.
A esto le llamamos: balance.
En el callejón
tan sólo hay un muro,
sobre él, la policía.
En el cielo de la propaganda
hay aves que anuncian
la gloria.
En el cuarto,
irrisión y tres cuellos de camisa sucios.
V
Escucha la hora formidable de la comida
en la ciudad. Las oficinas, de golpe, se vacían.
Las bocas sorben un río de carne, legumbres y tartas vitaminadas.
¡Salta de prisa del mar la bandeja de peces argénteos!
Los subterráneos del hambre lloran caldo de sopa,
ojos líquidos de perro a través del vidrio devoran tu hueso.
Come, brazo mecánico, aliméntate, mano de papel, es tiempo de comida,
más tarde lo será de amor.
Lentamente las oficinas se recuperan, y los negocios, forma indecisa, evolucionan.
El espléndido negocio se insinúa en el tráfico.
Las multitudes que lo cruzan no lo ven. No tiene color ni aroma.
Está disimulado en el tranvía, por detrás de la brisa del sur,
viene en la arena, en el teléfono, en la batalla aérea,
se adueña de tu alma y saca de ella un porcentaje.
Escucha la hora prolongada del regreso.
Hombre tras hombre, mujer, niño, hombre,
ropa, cigarro, sombrero, ropa, ropa, ropa,
hombre, hombre, mujer, hombre, mujer, ropa, hombre
imaginan que esperan cualquier cosa,
y se quedan mudos, se disuelven paso a paso, se sientan,
últimos siervos del negocio, imaginan que vuelven a casa,
de noche, entre muros apagados, en una supuesta ciudad, imaginan.
Escucha la pequeña hora nocturna de compensación, lecturas, fuga al casino, paseo por la playa,
el cuerpo al lado del cuerpo, al fin distendido,
desvestido, junto con la ropa, del incómodo pensamiento de esclavo,
escucha al cuerpo rechinar, enlazar, refluir,
errar por objetos remotos y, bajo ellos sepultado sin dolor,
confiarse al qué-me-importa
del sueño.
Escucha el horrible empleo del día
en todos los países de habla humana,
la falsificación de las palabras salpicando los periódicos,
el mundo irreal de los notarios donde la propiedad es un pastel con flores,
los bancos triturando suavemente el pescuezo del azúcar,
la constelación de hormigas y usureros,
la mala poesía, la mala novela,
los frágiles que se entregan a la protección del basilisco,
el hombre feo, de mortal fealdad,
paseando en un bote
en un siniestro crepúsculo de sábado.
VI
En domésticos sótanos,
orquídeas y opciones
de compra y desquite.
La preñez eléctrica
Ya no trae deliquios.
Los niños alérgicos
se cambian; se arreglan.
Hay una implacable
guerra a los insectos.
Se cuentan historias
por correspondencia.
La mesa reúne
un vaso, un cuchillo;
la cama devora
tu soledad.
Se salva el honor
Y la herencia del ganado.
VII
O no se salva, y da igual. Hay soluciones hay bálsamos
para cada momento y dolor. Hay fuertes bálsamos,
dolores de clase, de sangrienta furia
y plácido rostro. Y hay mínimos
bálsamos, recalcados dolores innobles,
lesiones que ningún gobierno autoriza,
no obstante duelen,
melancolías insobornables,
ira, reprobación, disgusto
ante este sombrero viejo, esta calle lodosa, el Estado.
Y hay el llanto en el teatro,
¿en el escenario? ¿en el público? ¿en los asientos?
Hay, sobre todo, el llanto en el teatro,
ya tarde, ya confuso,
empaña las luces, se engolfa en el linóleo,
va a minar los almacenes, los callejones coloniales donde pasean ratas nocturnas,
va a mojar, en la siembra madura, el maíz ondulante,
y a secarse al sol, en un charco amargo.
Y dentro del llanto mi rostro burlón,
mi ojo que ríe y desprecia,
mi repugnancia total por vuestro lirismo deteriorado,
que contamina la esencia misma de los diamantes.
VIII
El poeta
declina toda responsabilidad
por la marcha del mundo capitalista
y con sus palabras, intuiciones, símbolos y otras armas
promete ayudar
a destruirlo
como una cantera, una selva,
una larva.

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